Pinceladas de Valladolid: zona 'selfi', duelos y herejes

Territorio de pose turística, la fuente y la estatua de la Plaza de Zorrilla ponen el contrapunto de serenidad al tráfago urbano y la agitación vitalista

Pascual Aranda captó la atmósfera de la Plaza de Zorrilla y el entorno de la fuente y la Academia en este óleo.
Jesús Bombín
JESÚS BOMBÍN

Chac, chac. La Plaza de Zorrilla es zona 'selfi'. Una de las que más disparos de cámaras fotográficas y móviles genera. Ruta aledaña de viajeros de tren, de autobús y demandantes de información en la Oficina de Turismo, el entorno que parece bullir al ritmo del ademán despacioso y sereno dictado por José Zorrilla desde su bronce de 1900 es, para los forasteros, el primer aperitivo visual que brinda la ciudad. Y para vecinos como Pascual Aranda, escrutador de rincones urbanos con caballete y pincel a cuestas, territorio rebosante de matices que funde en trazos: «Hoy parece que lo que no se confunde con una fotografía está inacabado, la pintura no necesita competir con eso», previene quien una jornada rebosante de sol, entre las nueve de la mañana y la una del mediodía, se entregó a atrapar esta atmósfera de agitación urbana amansada por la placidez visual que propagan la escultura del poeta y la fuente de la Plaza de Zorrilla.

El artista llevó al óleo (81 por 122 cm) el tráfago cotidiano crepitante sobre la quietud del agua. El reflejo devuelve desleído el resplandor de la piedra arenisca de Salamanca con la que se construyó la Academia de Caballería, antiguo edificio octogonal que albergaría una prisión antes de ser arrasada por un incendio en 1915. Después reconvertido en acuartelamiento militar, sobre él se levantaría el actual complejo en el que en 1921 la reina Victoria Eugenia colocó la primera piedra.

Entre Renault y los concursos

Habitual en los certámenes de pintura, Pascual Aranda, vallisoletano nacido en 1949, ha pasado buena parte de su vida laboral como delineante en Renault y ha participado en exposiciones en espacios de su ciudad, en Salamanca, Madrid y Santander, llevando también su modo de pintar a París, Aveiro o Alghero, en Italia. Cuenta con 56 premios y con obra expuesta en un centenar de asociaciones, empresas e instituciones.

Ahora, el tono azulenco de un autobús de Auvasa pone visos de actualidad de calendario a esta estampa urbana que sucede en lo que siglos atrás se conoció como Campo de la Verdad, lugar extramuros donde se vivieron quemas de herejes, duelos de honor y ejecuciones de reos por ahorcamiento, ecos de cementerio sobre los que el trasiego de los siglos ha impuesto su última versión: jolgorio de carrueseles y puestos de belenes en Navidad, deambular entre casetas de ferias del libro viejo en primavera y de cerámica al final del verano, algarabía celebratoria de gestas deportivas –'Pucela- es-de-Primera'–... ráfagas de vida cotidiana cuyo pálpito confirma la ciudad como ecléctico espacio de resistencia espiritual.

Efecto lupa

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