Objetivo, salvar la República

El 23 de septiembre de 1934, Niceto Alcalá Zamora pronunció en Valladolid un impactante discurso que llamaba a frenar el avance de las 'dos Españas'

Niceto Alcalá Zamora pasa revista a las tropas frente al Hospital Militar el 23 de septiembre de 1934./El Norte
Niceto Alcalá Zamora pasa revista a las tropas frente al Hospital Militar el 23 de septiembre de 1934. / El Norte
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

«El domingo 23 de septiembre de 1934 pronuncié en Valladolid un discurso que fue el de más resonancia de mi mandato y el de acogida más favorable y unánime». No era un cualquiera el hombre que desde su exilio en Buenos Aires rememoraba lo ocurrido hace hoy 85 años. Se llamaba Niceto Alcalá Zamora y presidió la Segunda República española hasta abril de 1936. Máximo representante, junto con Miguel Maura, del republicanismo conservador español, Alcalá Zamora llegó a Valladolid el 23 de septiembre de 1934 para inaugurar el V Congreso Nacional de Riegos. Pero lo que trascendió de aquel evento, celebrado con toda pompa en el Teatro Calderón, fue sin duda su discurso político.

Para comprenderlo es preciso recordar que las elecciones de noviembre de 1933 habían supuesto una dura derrota para los republicanos de izquierda, y que la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), presidida por José María Gil Robles y partidaria de una revisión constitucional que eliminase el articulado laicista y rectificase la política de Manuel Azaña en un sentido conservador, fue la formación más votada. Este hecho, unido al contexto internacional de avance del nazi-fascismo y de otras fórmulas de gobiernos autoritarios de derecha, por los que el propio Gil Robles mostró en público su inclinación, contribuyeron a radicalizar las posiciones más a la izquierda de la UGT y el PSOE. De hecho, aunque finalmente Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical -el segundo más votado- acató el mandato de Alcalá Zamora de formar un gobierno «puramente republicano» y de centro, la izquierda socialista amenazó con lanzarse a la revolución en el caso de que la CEDA entrase en el gobierno.

«El anuncio socialista de la revolución que siguió a su salida del Gobierno y a la ruptura con los republicanos era una estrategia defensiva para evitar que la CEDA, la derecha no republicana, accediera al poder de una República que ellos, como fundadores, consideraban, igual que los republicanos de izquierda, suya», señala Julián Casanova. La vía insurreccional del anarquismo, la violencia en las calles por parte de falangistas y socialistas, las presiones cedistas para entrar en el gobierno y reformar la Constitución y los graves problemas internos de los radicales (tres gobiernos en cuatro meses) anunciaban turbulencias políticas. Ricardo Samper, que relevó a Lerroux al frente del gobierno en abril, no tuvo más suerte: acuciado por la creciente movilización social, una huelga general campesina, conflictos de competencias con la Generalitat de Cataluña y el progresivo reforzamiento de las fuerzas republicanas de izquierda, a principios de septiembre evidenció estar a merced de la CEDA.

Fue en este turbulento contexto, a un paso de la revolución de octubre, cuando se produjo el histórico discurso de Alcalá Zamora en la ciudad del Pisuerga, a donde había llegado el 23 de septiembre de 1934 para inaugurar el V Congreso Nacional de Riegos en compañía de los ministros de Agricultura, Obras Públicas y Comunicaciones. Según sus propias palabras, lo dicho en Valladolid «era un llamamiento apremiante y alarmado a la conciencia nacional y al empleo exclusivo de los medios legales en sí suficientes y eficaces para las luchas de los partidos, asegurando a todos que, con tal ejercicio de la ciudadanía y de la soberanía, España en cada momento sería tal como ella quisiera».

En efecto, lo que más se escuchó aquel día en el Teatro Calderón por parte del presidente de la República fueron serias advertencias a respetar la voluntad expresada por los españoles en las urnas, defender la Constitución, asumir los deberes de ciudadanía, renunciar a los intereses partidistas en aras de un patriotismo democrático y procurar la concordia. Consciente del abismo en el que se adentraba la República, abocada a una suerte de lucha intestina entre dos Españas, proclamó ante un auditorio a rebosar «que España no tiene más salvación que dentro de la República, y la República dentro del Derecho, del respeto escrupuloso a todas las normas, empezando por las constitucionales».

Con orgullo recordaba que la revolución española que había traído el nuevo orden republicano, aquel 14 de abril de 1931, era «pacífica y ordenada», y que precisamente ése era su timbre de honor; y que, afortunadamente, había dejado «sin explotar el residuo acumulado de las pasiones negativas» que hallan escape en las revoluciones violentas y producen «terribles y compensadoras explosiones de los extremos». Es más, para Alcalá Zamora, en clara alusión a los llamamientos revolucionarios de la izquierda socialista, «un periodo post-revolucionario de ímpetus y pasiones» podría destruir la revolución pacífica en marcha, perjudicando así a una España que, según sus previsiones, «en un plazo cortísimo, inmediato», se adentraría en una «era de prosperidad y de bienestar como hace siglos no la ha conocido (...); una coyuntura histórica que no tenemos el derecho, que no podemos cometer el crimen de despreciar. Economía sana, presupuesto nivelado, poca deuda exterior, con una transformación política en paz y en orden, compensando el antiguo desgaste de las guerras civiles. Por todo eso al alcance de la España de nuestro tiempo se muestra un porvenir de grandeza y bienestar como jamas pudo soñarse».

Sin embargo, aquel republicano conservador no podía estar más equivocado. Como él mismo escribiría años después desde su exilio argentino, «hubo un instante en el cual ante la unanimidad del asentimiento y lo hondo de la impresión podían sentirse esperanzas de sensatez en los partidos. Mas viose pronto que cada uno interpretaba mis palabras a favor de sus intereses o ponía en singular relieve lo que podía ser opuesto a los excesos o a las culpas del adversario». Días después, la CEDA retiraba oficialmente su apoyo al gobierno de Samper y le obligaba a dimitir el 1 de octubre. Alcalá Zamora no podía disolver las Cortes, pues la Constitución solo se lo permitía en dos ocasiones, por lo que accedió a la propuesta cedista y encargó a Lerroux la formación de un nuevo gobierno con la inclusión de tres ministros de la CEDA. Era el 4 de octubre de 1934. Los republicanos de izquierda tildaron de «traición» el «hecho monstruoso de entregar el gobierno de la República a sus enemigos», y los socialistas declararon la revolución.