El Primero de Mayo se celebró el día 4

1.500 obreros vallisoletanos inauguraron en 1890 la manifestación del día del trabajo, que se trasladó al domingo para asegurar la máxima asistencia

Obreros ferroviarios de Valladolid a principios del siglo XX. /Revista 'Adelante'
Obreros ferroviarios de Valladolid a principios del siglo XX. / Revista 'Adelante'
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Salieron a las calles a millares, de manera pacífica pero resueltos a reclamar una jornada laboral de ocho horas y demandar, urgentemente, «el socorro necesario para los infelices que se hallan agobiados de necesidades». Era el primer 1 de mayo de la historia contemporánea, acordado en 1889 por las organizaciones obreras reunidas en París, en la Segunda Internacional, como medio de lograr los anhelados «tres ochos»: ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de recreación. Lo curioso es que aquel 1º de mayo de 1890 tuvo que celebrarse el día 4, domingo, para que tuviera concurrencia; en caso contrario, al corresponder el 1 de mayo a una jornada laboral, muchos proletarios no hubieran podido acudir.

La primera fiesta internacional del trabajo fue un grito unánime de los más desfavorecidos. Y es que a esas alturas, en plena segunda revolución industrial, las condiciones de vida de la mayor parte de la clase obrera rozaban lo dramático. A las jornadas extenuantes, de 12 a 16 horas, se sumaban las insalubres condiciones de vida y de trabajo, los salarios raquíticos y el empleo de mano de obra infantil en condiciones no menos deplorables.

Aunque todavía en Valladolid no se había constituido la Agrupación Socialista local, ya entonces los obreros más concienciados y reivindicativos contaban con organizaciones para hacer oír su voz. De hecho, desde 1868 habían comenzado a movilizarse en sociedades de socorros mutuos, en movimientos cooperativos y también, a partir de 1870, en las primeras organizaciones de resistencia al calor de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). En esos momentos, los obreros de tendencia anarquista monopolizaban la actividad reivindicativa en nuestra ciudad. 

Una bomba lanzada a los policías fue respondida con una brutal represión y la detención de 300 obreros

En ese contexto llegó el 'mandato' del Congreso de la Segunda Internacional, celebrado en Paris a mediados de julio de 1889, de declarar el 1 de mayo como día del trabajo y celebrarlo con manifestaciones, huelgas y otros actos de carácter reivindicativo. Los reunidos en la Internacional retomaban así la campaña promovida en 1884 por la Federación de Sindicatos Americana, consistente en reclamar la jornada de ocho horas a partir del primero de mayo de 1886. Eligieron esa fecha porque, como señaló en su día el catedrático de Historia Contemporánea Manuel Pérez Ledesma, el 1 de mayo era el día elegido por diversos estados de la Unión para fijar o renovar los contratos laborales de numerosos oficios.

La jornada del 1º de mayo de 1886 en Estados Unidos fue un éxito…y también un drama. Hubo más de 5.000 huelgas y los obreros parados superaron los 350.000; pero hubo también mucha represión. Sobre todo en Chicago, donde las fuerzas de orden público extremaron la reacción contra los manifestantes, liderados por obreros de tendencia anarquista. En efecto, los 40.000 trabajadores que salieron a las calles el día 1 decidieron prolongar pacíficamente sus protestas hasta el extremo de citarse otros 15.000, tres días después, en la Plaza de Hymarket. Fue entonces cuando, para sorpresa de los concurrentes, llegaron 180 policías para dispersarlos. Mientras los oradores anarquistas arengaban a los reunidos, ocurrió lo inesperado: una bomba lanzada desde la multitud se cobró la vida de ocho policías y dejó heridos a 50 obreros. La represión posterior fue de tal envergadura, que más de 300 trabajadores acabaron detenidos; entre ellos, los líderes anarquistas Parsons, Neebe, Spies, Fielden, Engel, Fischer, Lingg y Schwab, que serían condenados a muerte tras un juicio amañado en el que no se presentaron pruebas de su culpabilidad. Solo se libraron de la máxima pena Neebe, condenado finalmente a 15 años de reclusión, y Fielden y Schwab, a quienes por su avanzada edad se les conmutó por la de cadena perpetua; Lingg, por su parte, prefirió quitarse la vida antes de ser entregado al verdugo. La pena se ejecutó el 11 de noviembre de 1887. Desde ese momento, los «mártires de Chicago» serían recordados en cada 1 º de mayo.

Arriba, dibujo sobre los sucesos de Hymarket de 1886; abajo, la huelga en El Norte y cartel de la II Internacional.

En Valladolid, fueron obreros vinculados a la AIT los encargados de organizar la movilización; y al igual que en la capital madrileña, decidieron trasladarla al día 4, domingo, para facilitar la concurrencia. El resultado fue un éxito en todos los sentidos. Al día siguiente, El Norte de Castilla publicó un número extraordinario «en beneficio de nuestros suscriptores, con objeto de que satisfagan cuanto antes su natural curiosidad», pues «las manifestaciones y huelgas de obreros tienen tan extraordinaria importancia y han excitado de tal modo el interés del público» que justificaban la publicación.

Insignias amarillas

Al contrario que en Barcelona, donde la manifestación comenzó el mismo día 1 y fue incrementando su radicalidad hasta el extremo de que el gobierno declaró el estado de guerra, las 1.500 personas que salieron a las calles de Valladolid lo hicieron de forma pacífica. La jornada reivindicativa comenzó a las tres y media de la tarde en la calle María de Molina, amenizada por la venta de insignias consistentes «en un triángulo de latón amarillo, que tienen en el centro un 8 de gran tamaño y otros tres menores en el vértice de cada ángulo», en referencia al lema «ocho horas de trabajo, ocho de recreación y ocho de descanso», informaba este periódico. Abría la marcha una bandera con fondo encarnado y una leyenda en negro, que decía: «Asociación de Trabajadores. Reducción de la jornada de trabajo diario a ocho horas». Según la prensa nacional, manifestantes y «curiosos» sumaron, finalmente, 4.000 personas, que, con el mayor orden y silencio, recorrieron la calle de la Pasión, Plaza del Ochavo y calles de Platerías, Cantarranas y Angustias.

Al llegar al edificio del Gobierno Civil, establecido entonces junto al Colegio de San Gregorio, una comisión de doce obreros, encabezada por Laureano Guerra, subió a entrevistarse con el gobernador, Juan B. Ávila. La reunión no pudo ser más educada. Los trabajadores le hicieron entrega de un escrito, firmado por el propio Guerra, Eugenio Gascón y Nemesio Palacios, reclamando las ocho horas de jornada laboral, a lo que el gobernador respondió prometiendo elevarlo al presidente del gobierno, Práxedes Mateo Sagasta.

En ese momento, un conocido jornalero, Agustín Moyano, vestido «con la honrada blusa de trabajador», decidió romper el protocolo y protestar porque el Parlamento «se ocupa de las cosas jurídicas y no del malestar obrero». Luego terció un sombrerero para denunciar que las fábricas en las que trabajaban los de su gremio eran antihigiénicas, por lo que «se inutilizan más de veinte operarios al año». Ante la deriva de los acontecimientos, el gobernador decidió dirigirse a la multitud, felicitó a los convocados por sus muestras de sensatez y cordura y prometió toda su ayuda e influencia ante las autoridades superiores. Al grito de «¡Viva Castilla!», la muchedumbre contestó con aplausos. Eran las cuatro y media de la tarde cuando los manifestantes se disolvían de manera pacífica y sin incidentes.