Estreno republicano con sobresaltos

La I República, proclamada en febrero de 1873, llegó a la ciudad en una atmósfera política enrarecida por conspiraciones cantonalistas

Proclamación de la I República por la Asamblea Nacional, según La Ilustración Española y Americana./
Proclamación de la I República por la Asamblea Nacional, según La Ilustración Española y Americana.
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Lo que España necesita es el desarrollo del sentimiento pacífico, es la convicción general de que en la tranquilidad pública estriba el bienestar de los hombres honrado». Era el llamamiento a la PAZ, así, con mayúsculas, que El Norte de Castilla publicaba en portada el 14 de febrero de 1873. Y es que la situación lo merecía.

Tres días antes había abdicado Amadeo I, aupado al trono del país en noviembre de 1870, de modo que España se había quedado sin monarquía. Los seguidores de esta forma de Estado estaban en retirada. Por eso los republicanos apenas encontraron obstáculos en las Cortes para que prosperase su propuesta a favor de la proclamación de la República. El 11 de febrero de 1873 nacía la primera experiencia republicana española, presidida por Estanislao Figueras.

Y llegaba atenazada por múltiples dificultades internas: a los problemas sociales se unía la desastrosa situación económica y las más que inquietantes tendencias cantonalistas, pero también la incansable amenaza carlista. Para colmo, republicanos de tendencia federal pujaban por imprimir un rumbo más radical a la forma de Estado recién aprobada.

Sabedor de todas estas dificultades, el decano de la prensa española alertaba de que «no hay tranquilidad posible sin respeto á la legalidad; de que ninguna causa, ningún principio en el mundo ha echado raíces, por la razón de la fuerza, sino por la fuerza de la razón, que si es un crimen perturba la patria en busca de personales medros, es una locura en el hombre de buena fe empezar por producir desgracias para buscar la felicidad de sus conciudadanos».

Con alborozo recibió el partido republicano federal de Valladolid la proclamación de la República; presidido por Manuel Pérez Terán, contaba entonces con figuras tan destacadas como José Muro, Francisco Cea, Manuel María Blanco, Marcelino Soler, Eugenio Gascón, Eusebio León, Eladio Quintero, Emiliano Tarazona, José Estrañí, Ramón Liberto, Pedro Solas o Ángel Álvarez Taladriz. En esa fecha presidía el Consistorio vallisoletano Mariano Barrasa Díez, un «liberal de primera hora», según definición de Juan Antonio Cano, que militaba en la facción progresista liderada por Manuel Ruiz Zorrilla. No tardó Barrasa en comprobar la tensión social reinante en aquel momento. Los problemas de orden público fueron azuzados entre quienes aspiraban a implantar en la ciudad las tendencias cantonalistas que enrarecían el ambiente político español.

Dos personajes bien conocidos se encargaron de alterar las sesiones municipales en este sentido: eran José Zabalbeitia y José González, más conocido éste como El Trapero. Sus salidas de tono eran célebres, lo mismo que la inquina que hacia ellos venían mostrando las autoridades y la estrecha vigilancia a que estaban siendo sometidos.

Caricatura que muestra los desgarros de la I República.
Caricatura que muestra los desgarros de la I República. / E. B.

Fueron encarcelados en el mes de abril, después de protagonizar un intento de asalto al Consistorio reclamando uno nuevo, verdaderamente republicano y federal, y no el de tendencia monárquica que, a su juicio, seguía rigiendo los destinos de la ciudad. El del orden público se erigía, de hecho, en el asunto candente del momento.

Las palabras de El Norte de Castilla, aquel 14 de febrero de 1873, parecían premonitorias al recomendar «hacer la propaganda de la paz con fe, con decisión, con energía y pregonar los beneficios que origina, tanto bajo el aspecto moral como bajo el punto de vista económico».

Lejos de mitigar la amenaza, Zabalbeitia y El Trapero, una vez liberados, retomaron las actividades conspiratorias. A mediados de julio regresaron a Valladolid, en compañía de Antolín Sánchez, capitán de Infantería encargado de la batería de Artillería de la ciudad, con objeto de recabar apoyos entre el estamento militar e incluso ayudar a extender la rebelión cantonalista a Madrid capital.

Pero enseguida fueron detenidos por los Voluntarios de la Libertad, una suerte de milicia ciudadana creada para preservar el orden social y proteger el régimen constitucional. De súbito, cuando los llevaban a prisión, en las cercanías del Campo Grande, trataron de fugarse. Zabalbeitia y el capitán perdieron la vida en el tiroteo; El Trapero correría igual suerte días después.

Reproduciendo los ánimos de aquel editorial de El Norte de Castilla, Barrasa no pudo por menos que referirse a los tristes hechos haciendo un llamamiento a la paz, con mensaje incluido a los conspiradores: «Semejante acontecimiento, a la vez que servirá de severa lección a los que mal aconsejados conspiran sin descanso para introducir la perturbación y la anarquía, demostrará a la Nación que en la capital de la Vieja Castilla, tierra clásica de la honradez y la hidalguía, jamás tendrán cabida los que con la tea del incendiario y el puñal del asesino traten de poner en práctica tan desalmados planes que tratan de destruir la sociedad y sembrar el luto y la desolación en el seno de las familias».

Un llamamiento a la paz y contra la conspiración

La portada del 12 de febrero de 1873 reflejaba la abdicación de Amadeo I y el final de la monarquía en España, y dos días después el periódico hacía un llamamiento a la paz, sabedor de que la República llegaba atenazada por dificultades internas y por los problemas sociales y económicos del momento, a los que se unían tendencias cantonistas y también amenazas carlistas.

El Norte de Castilla no solo utilizó sus portadas, sino también sus editoriales para hacer continuos llamamientos a la paz y transmitir que la capital de la Vieja Castilla, tierra clásica de la honradez y la hidalguía, no podía contribuir a destruir la sociedad y sembrar de luto el seno de las familias.