Alfredo Queipo de Llano: el alcalde que no quería serlo

Salen a la luz los diarios del regidor de Valladolid entre 1902 y 1904 y gobernador civil en varias provincias

Visita de Alfonso XIII a Valladolid en 1903; Queipo fue invitado a subir al coche real./Archivo Municipal
Visita de Alfonso XIII a Valladolid en 1903; Queipo fue invitado a subir al coche real. / Archivo Municipal
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

«Nunca tuve afición por la política». En el ocaso de su vida, Alfredo Queipo de Llano y Sierra se mostraba así rotundo al referirse a la actividad que, en contra de todos los pronósticos, le había convertido en una de las figuras más emblemáticas de la capital vallisoletana. Y es que, a pesar de que su vocación era más taurina que política, su trayectoria profesional terminaría jalonada por un buen puñado de puestos conseguidos al albur de su militancia en el partido liberal de Santiago Alba. No solo fue alcalde de Valladolid, ciudad donde nació el 20 de agosto de 1868, sino también gobernador civil de Salamanca, Huesca, Vizcaya, Málaga y de la propia provincia vallisoletana. Y eso que en un principio rechazó de plano la oferta de participar en la política municipal, hasta el extremo de ser incluido en las listas a concejales sin su consentimiento.

Es una de las jugosas confesiones que el ex alcalde comenzó a escribir en 1958, seis años antes de su fallecimiento en Málaga, «como medio de entretener algunas horas en sustitución de las muchas que dedicaba al paseo, casino y diversiones que ya no podré hacer a causa de mi enfermedad». Como señala su bisnieto José Hidalgo Queipo de Llano, que ha traducido y publicado parte de los diarios, Alfredo hizo copias de los mismos y los repartió entre sus nietos. Son varios cuadernos que recogen, de forma amena y plagados de detalles y anécdotas, peripecias que van desde la conformación de su familia y el declive de salud de finales de los cincuenta hasta las principales razones de su entrada en política, el trato con Alfonso XIII, las gestiones en Madrid para sacar adelante proyectos que concernían a la capital vallisoletana, encontronazos con prohombres de la vida política local, su intensa afición taurina y las vivencias durante los primeros días de la Guerra Civil. Los dos primeros cuadernos pueden consultarse en el blog «desmontando rompecabezas».

El historiador Juan Antonio Cano García, profesor de la Universidad de Valladolid y uno de los máximos especialistas en la política local del primer tercio del siglo XX, destaca el valor histórico de estos diarios y, también, «algo que sorprende en estos tiempos: el trato tan formal con el que se refiere a otros políticos de la época, incluso aunque hubiera una relación de íntima amistad o una enemistad declarada».

Arriba, monumento a Colón en construcción; abajo, Queipo caricaturizado como torero, y de gobernador

Así se comprueba, por ejemplo, cuando Queipo desvela la reacción del famoso abogado y político republicano Manuel Semprún y Pombo tras ser derrotado por los liberales albistas en las municipales de 1905: incapaz de contener la ira, sus feroces insultos fueron respondidos por el ya ex alcalde con un enfrentamiento personal tan violento, que ambos no dudaron en retarse en duelo. Nombraron a sus padrinos y se citaron en el Pinar de Antequera. Se daba la circunstancia de que Semprún era «un gran tirador de espada y pistola». Ya tenían vueltas las espaldas cuando, de pronto, aparecieron «veinte Guardias Civiles a caballo escoltando un coche en el que iba el Gobernador Civil, Catedrático de la Universidad de Zaragoza y una excelente persona, que muy emocionado, casi llorando, nos increpó y trato de que nos diésemos la mano». Años más tarde, Semprún ingresaría en las filas albistas y zanjaría sus desavenencias con Queipo invitándole a una jornada de caza en el monte de San Lorenzo.

Poderoso Alba

La figura de Santiago Alba, propietario de El Norte de Castilla y ministro en ocho ocasiones entre 1906 y 1923, aparece en fragmentos importantes de los diarios, no en vano fue quien le ofreció entrar en política. Lo hizo en noviembre de 1901, con ocasión de las elecciones municipales que iban a celebrarse el día 10. Aunque Queipo se negó, cuál no sería su sorpresa al encontrarse, pocos días después, que «figuraba mi nombre como candidato por el Distrito Victoria Puente Mayor». También por influencia de Alba, el 1 de enero de 1902 resultó elegido alcalde de Valladolid, cargo que ejerció durante dos años y que, a juzgar por Cano García, resultó verdaderamente prolífico a pesar de que muchos de sus proyectos solo pudieron ser iniciados.

«Pude hacer varias reformas. La principal, el alcantarillado de la población, reformas y ensanches de muchas calles entre ellas las de Santiago, Duque de la Victoria, ensanche de la Acera y muchas más (…). En mi tiempo se consiguió la concesión del monumento a Colón instalado en el Campo Grande. Estaba destinado para La Habana (Cuba) pero al perderse la guerra nuestro gobierno consintió que fuese instalado en Valladolid. Lo disputó Sevilla. La inauguración (mejor dicho) la primera piedra se puso en septiembre de 1903 y al acto asistió su majestad el Rey D. Alfonso XIII y los príncipes de Asturias Dña. Mercedes de Borbón y su esposo D. Carlos Caserta que pasaron cuatro días en Valladolid en el palacio de la Capitanía General, amueblado por distinguidas familias vallisoletanas de las que recuerdo a la marquesa de Alonso Pesquera y familia Longa», señala el propio Queipo en el primer cuaderno.

También estuvo a punto de acometer la famosa «prolongación de la calle de Platerías hasta la Plaza de San Pablo, que continuaba por Plaza Mayor, Santiago, Campo Grande a la Estación del Norte o Renfe», y que implicaba el derribo de la iglesia de la Vera Cruz: «Tuve conseguido todo. El Ayuntamiento, la mayoría de la Cofradía y la autorización del Excmo. Sr. Arzobispo D. José [María] Cos y Macho. (…) Tan amable estuvo el Sr. Arzobispo que terminó la entrevista de los tres (el tercero fue Santiago Alevesque) diciendo 'no soy partidario de derribos de esa clase pero siendo por causa mayor ... hágase la voluntad...'». Sin embargo, el fallecimiento de la madre de Alevesque, ocurrido en diciembre de 1903, paralizó el proyecto.

Queipo tenía ya aprobada la prolongación de la calle Platerías hasta San Pablo, derribando la iglesia de la Cruz

Relevado poco después de la alcaldía, su estrecha relación con Alba propició que fuera nombrado gobernador civil de Salamanca (1909), Huesca (1912), Vizcaya (1913 y 1916), Málaga (1922 y 1930) y Valladolid (1931). En sus memorias hace gala del trato cariñoso que le dispensó Alfonso XIII, hasta el extremo de invitarle a subir al coche real durante la primera visita oficial a Valladolid, en septiembre de 1903, una vez alcanzada la mayoría de edad, y no olvida el mal trago que le hizo pasar Miguel de Unamuno cuando, a raíz de una conferencia anunciada en enero de 1909 en el Círculo Liberal, que Queipo presidía, amenazó con atacar al entonces presidente del Consejo de Ministros, Segismundo Moret. También incluye un detallado relato de las polémicas elecciones generales de 1910, celebradas en pleno enfrentamiento entre liberales disidentes y conservadores por un lado, y liberales de Alba por otro, y que él, como gobernador interino, resolvió a favor de su «jefe» político recurriendo al auxilio de la fuerza pública.

Guerra y temor

Curioso fue asimismo lo ocurrido la víspera de los comicios municipales del 12 de abril de 1931, que dieron al traste con la Monarquía. Queipo era gobernador de Valladolid desde el mes anterior: «El partido socialista que dirigía [Remigio] Cabello y los republicanos pidieron autorización para celebrar una manifestación dicho día (…). Realmente había motivo para negar el permiso. En ese día es costumbre en Valladolid celebrar la procesión llamada de la Pollinica, a la que asiste el Sr. Arzobispo y seis a siete mil niños. Era el día menos indicado para manifestaciones de aquella clase». Aun así, haciendo un alarde de tolerancia, terminó autorizando la manifestación tras llegar a un acuerdo para que se celebrara media hora antes de 'La Pollinica': «Se dio el caso de cruzarse con el Sr. Arzobispo Doctor Gandásegui, los grupos de manifestantes, y saludarle quitándose las gorras».

Cuando se cruzaron con el arzobispo, los manifestantes republicanos le saludaron quitándose las gorras

La guerra civil le sorprendió en Zaragoza. Aunque ni él ni su esposa, Dolores Buitrón Santana, corrieron peligro alguno, pasaron el peor rato de su vida cuando leyeron en la 'Hoja del Lunes' que uno de sus hijos había muerto a manos de los republicanos en Oviedo, donde estaba destinado como juez; se trataba de Gonzalo Queipo de Llano, que llegaría ser magistrado del Tribunal Central de Madrid y padre, a su vez, de Amparo Queipo de Llano, nieta queridísima de Alfredo. Días después, sin embargo, supieron que el joven estaba sano y salvo, protegido por el general Aranda. También peligró la vida de otro de sus hijos, Alfonso, residente en Málaga y al que varios guardias de asalto protegieron de las acometidas de republicanos e izquierdistas. Para el ex alcalde de Valladolid, la actitud de su hermano, el famoso teniente general Gonzalo Queipo de Llano, que dirigió la sublevación en Sevilla y que «todas las noches (…) hablaba por la radio insultando a los rojos, a los que hacía mucho daño con sus charlas», empeoró la situación de su familia.

Pero la verdadera vocación de Alfredo Queipo de Llano era, como indica en su primer cuaderno, «la fiesta llamada nacional». En efecto, más que a la política, el ex alcalde ambicionaba dedicarse a la lidia. Son varias las páginas donde da cuenta de sus actuaciones como banderillero y «matador de toros» en corridas celebradas a finales del XIX «en la plaza vieja o el cuartel de la Guardia Civil al lado del Palacio de Fabio Nelli» (lo que hoy es el Viejo Coso), muy elogiadas por la prensa, sin olvidar sus relaciones con toreros como Pacomio Peribáñez, Antonio Fuentes, «Lagartijo», Salvador Sánchez («Frascuelo»), «Marantini», «Bombita» y «Machaquito». Una vocación, la taurina, que, de haber fructificado, hubiera privado a Valladolid de un buen alcalde.