50 años de la llegada a la Luna: adiós a la 'Edad de Piedra' espacial

Cuando el 21 de julio de 1969 el astronauta Neil Armstrong pisó el satélite, El Norte de Castilla festejó la hazaña pero sin olvidar las tremendas necesidades del planeta Tierra

El astronauta Buzz Aldrin camina por la superficie de la Luna el 21 de julio de 1969, fotografiado por Armstrong./Nasa
El astronauta Buzz Aldrin camina por la superficie de la Luna el 21 de julio de 1969, fotografiado por Armstrong. / Nasa
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Eran las 3,56 de la madrugada y 20 millones de ojos en España no se apartaban del televisor. La hazaña era imponente: «Un momento histórico que pasará a la posteridad como el día en que salimos de la Edad de Piedra espacial», festejaba este periódico. Y era verdad. Aquel 21 de julio de 1969, hace ahora 50 años, «la fantasía juliovernesca se hace realidad. El planeta que ha servido de inspiración a poetas y escritores, que ilumina pálidamente las noches de nuestro mundo, que parecía inaccesible y enigmático, acaba siendo presa de la audacia del ser humano». Con minuciosidad extrema, este periódico fue desgranando la hazaña norteamericana como si de un dietario fantástico se tratara.

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Los preparativos de la misión, desvelados a partir de las noticias que proporcionaba la Agencia Efe, apasionaban a los lectores. Todo comenzó el 16 de julio de 1969, con Armstrong, Aldrin y Collins «preparados para iniciar su viaje hacia la luna a las 13,32 de mañana miércoles». El objetivo era tan formidable, que «entre un total de 17.000 empresas han construido la totalidad de los instrumentos que harán posible que la misión 'Apolo 11' comience mañana en Cabo Kennedy», informaba este periódico.

En los días previos, los vallisoletanos recibieron algo así como un curso intensivo de estancia lunar: supieron, por ejemplo, que la temperatura que aguardaba a los tres astronautas era de 17,3 grados bajo cero, y que su primer menú, valorado en 200 dólares, se componía de «lacón, duraznos, pastel de azúcar, café y zumo de piña». Tampoco les faltó información sobre las horas dedicadas a descansar, el peso de los trajes, las maniobras necesarias y las prevenciones adoptadas. Supieron que Amstrong, el jefe de la misión, estaba a punto de cumplir los 39 años y tenía dos hijos, que su corazón podía latir a 160 pulsaciones por minuto y que su afición favorita era «volar y planear»; que Buzz Aldrin, coronel retirado de las fuerzas aéreas, era un auténtico glotón que había llegado a zamparse «diecinueve platos de menú espacial»; y que el tercero, Michael Collins, tenía como misión «esperar a sus compañeros en el módulo lunar, en órbita alrededor de la Luna».

Sin hablar

Todo parecía demasiado fantástico. Armando Fernández-Xesta, redactor-jefe de El Correo y enviado especial en Cabo Kennedy, afirmaba que los tres astronautas estaban en plena forma física, dormían más de lo suficiente y apenas hablaban para no desperdiciar energía: «Un periodista norteamericano comentaba con nosotros ayer que el mono 'Bonny' tenía más conversación que los tripulantes del Apolo XI». En el momento de poner el pie en la superficie lunar, Armstrong y Aldrin llevarían «tres trajes superpuestos» y un equipo personal de ochenta y dos kilos de peso, «claro que con la menor gravedad lunar su verdadera equivalencia es de catorce», aclaraba el corresponsal, quien, para mantener al lector en tensión, recordaba lo que Pedro Durán, técnico alicantino que trabajaba en Cabo Kennedy, le había revelado sobre los simuladores: «Hay que tener en cuenta que en ellos se ensayan situaciones que nadie ha vivido… y no tiene que ser precisamente como se prevén». Por eso cuando el domingo, 20 de julio de 1969, a las 21,17 horas, el módulo lunar o 'Águila' alunizaba no sin dificultades en el «Mar de la Tranquilidad», en Houston se quedaron más tranquilos. «Estamos en el interior de un cráter que tiene las dimensiones de un campo de fútbol. El color no es uniforme, las rocas tienen distintos tonos», informaba Armstrong.

Arriba, Collins, Armstrong y Aldrin; abajo, Armstrong huella la luna y Pablo VI observa por el telescopio. / EL NORTE

Pero el momento culminante se vivió seis horas más tarde. Aquel lunes, 21 de julio de 1969, a las 3 horas y 56 minutos de la madrugada, gigantescas pantallas de Televisión en Houston transmitieron en directo el momento soñado: «Armstrong es el primer ser humano que huella la luna (….). Un pie indeciso comenzó a descender lentamente los escalones de la extraña estructura. Al llegar al último escalón, el pie de Armstrong vaciló. Dos veces descendió sin tocar el suelo y volvió a ascender. En el tercer intento, el hombre pisaba la Luna por primera vez. Después, unos pasos vacilantes hasta coger confianza: 'No hay dificultades para andar, esto no es tan bonito como los Estados Unidos, pero también es muy bonito'». Su mítica frase, «éste es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad», pronunciada de manera espontánea, ha quedado para la posteridad.

Aldrin, por su parte, no tuvo tantos reparos como su compañero: «Al llegar al último escalón pegó un salto, luego otro y otro y comenzó a galopar». Eran las 4,16 de la madrugada. Más de 500 millones de personas estaban siguiendo la hazaña en directo alrededor del mundo; diez de ellos en España, atentos y sin pestañear frente a los 3,5 millones de televisores que teníamos entonces. Franco envió rápidamente un mensaje de felicitación al presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, recalcando «el hecho prodigioso de la llegada a la Luna de los tres heroicos astronautas norteamericanos», debido tanto a la ciencia y a la técnica como «a la fe de vuestra gran nación», y Pablo VI hizo otro tanto después de contemplar la Luna a través del telescopio del observatorio de Castelgandolfo: «Gloria a Dios en las alturas y honor a todos los que han hecho posible este audaz vuelo», declaró el pontífice nada más producirse el prodigio espacial.

El Norte de Castilla dedicó un amplio editorial en portada a elogiar «la hazaña norteamericana», aunque sin dejarse llevar por la ilusión desmesurada: la pluma de José Jiménez Lozano estaba detrás de aquellos párrafos que recordaban que había sido el cristianismo el que «otorgó al hombre por primera vez la convicción de que el universo entero es real y modificable, que carece de toda entidad divina, que es criatura», al tiempo que alertaba, en aquel contexto de Guerra Fría y amenaza nuclear, sobre el peligro que acechaba la humanidad: «Ese cohete que ha llevado a los hombres a la Luna puede mañana por la mañana destruir ciudades enteras y sumir en una astral desolación a todo el globo». Por eso lamentaba que ese gran avance científico no se hubiera producido «en una tierra en paz que hubiese superado ya todos los atavismos ancestrales del hombre de la caverna: los odios, las opresiones, la guerra, los orgullos de raza y de casta o de tribu, el hambre y el sufrimiento gratuitos, y tantas y tantas injusticias», pues «el hombre de cualquier rincón del mundo vale más que la Luna».

El poder de dos gigantes
Neil Armstrong.AMVA

Detrás de la hazaña de Armstrong, Aldrin y Collins no solo había esfuerzo técnico y curiosidad científica; había también, y sobre todo, una encarnizada lucha entre Estados Unidos y la Unión Soviética por exhibir su respectivo poderío. En efecto, ambos países, líderes de cada uno de los dos bloques en los que se escindió el planeta tras la Segunda Guerra Mundial, empleaba la carrera espacial como símbolo de prestigio y liderazgo científico.

Primero 'golpearon' los soviéticos, que en 1957 pusieron en órbita el primer satélite artificial y cuatro años después lograron enviar a Yuri Gagarin al espacio. Los estadounidenses contestaron con el lanzamiento del cohete Explorer y, sobre todo, con el desarrollo del programa Apolo XI a partir de 1960. Su meta, pisar la Luna, la alcanzó Neil Armstrong aquel 21 de julio de 1969.

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