Nosotros, los San José

El apellido más genuinamente vallisoletano hunde sus raíces en una cofradía de niños expósitos de 1540

VÍCTOR M. VELAVALLADOLID.
Libro de cuentas de la casa de expósitos del año 1804, en el Archivo Provincial. ::                             A. QUINTERO/
Libro de cuentas de la casa de expósitos del año 1804, en el Archivo Provincial. :: A. QUINTERO

Ganan los García, los Martín y los González, los apellidos que más veces se repiten en los registros oficiales, en el padrón, en las páginas blancas... pero no solo de Valladolid, sino en el conjunto de toda España. Somos un país de Rodríguez y de Pérez, de Sanz y de Sánchez... pero la provincia es de los San José. San José es el apellido más genuinamente pucelano, un patronímico que hunde sus raíces en el siglo XVI, que está emparentado con la llegada del teatro a Valladolid y que, además, goza entre su patrimonio con una talla de Gregorio Fernández y un recuerdo especial del escritor Miguel Delibes.

San José es el vigésimo apellido más común en la provincia. Aquí no solo viven la mayor parte de los españoles que tienen este como su primer apellido, sino que su presencia es casi residual en los registros del resto del país. Por ejemplo, en Guipúzcoa, ocupa el puesto 385 entre los patronímicos más comunes. En Madrid es el 703. En Vizcaya, el 985. En Asturias cae hasta el 1.097. El 1.140 en Barcelona. El 1.671 en Alicante... Y el número 20, Valladolid. ¿Por qué? ¿Qué hace de Valladolid el paraíso de los San José? ¿Por qué hay tantas personas en la ciudad que tienen un apellido tan exótico en el resto del país? Las respuestas a estas preguntas se comienzan a fraguar hace casi 500 años. Y las empezamos a contestar en el próximo párrafo, en el que arranca esta pequeña excursión por la historia vallisoletana en busca de los orígenes de los San José.

Teófanes Egido, cronista de Valladolid, nos sirve de guía. Estamos en el año 1540. Un grupo de vallisoletanos -«viendo el daño que las malas mujeres hacían en echar los niños en los ríos, muladares y otras partes», contaban los documentos de la época- decidió agruparse para dar solución al problema de los niños abandonados. Crearon para ello una cofradía -la tercera de este tipo impulsada en España- que se encargaría de recoger, criar y educar, bajo la protección de San José, a los niños abandonados en Valladolid. Egido lo cuenta en 'La cofradía de San José y los niños expósitos', una publicación de 1973 que ahora recuerda: «El índice de abandono de niños en aquellos años era altísimo fruto, sin duda, de la pobreza. Los padres no podían mantener a todos sus hijos y por eso los abandonaban. Y a eso habría que sumar que el amor filial, que la devoción de los padres por sus hijos, no se empezó a dar hasta el siglo XVIII», asegura Egido. ¿Quiénes eran estos altruistas vallisoletanos? Muy poquito se sabe sobre ellos, porque «la documentación que ha sobrevivido no nos permite deducir nada concreto sobre el número ni sobre la extracción de estos vallisoletanos», aunque previsiblemente se tratara de nobles. Sí se sabe, en cambio, el número de niños a los que atendía. En 1574, por ejemplo, llegaron a ser 130, alojados todos ellos en las instalaciones del hospital, ubicado junto a la iglesia de San Lorenzo, con uno de sus accesos principales (allí estaba, por ejemplo, el torno donde se dejaba a los niños) en la plaza de Martí y Monsó, en los terrenos que después ocuparía el cinema Coca... y no por casualidad.

Estábamos en que eran 130 niños. Un número demasiado elevado para las arcas de la cofradía, que por aquel entonces aseguraba que tan solo podía hacer frente al mantenimiento de la mitad. O sea, que crecía el número de niños, pero no el de las aportaciones económicas. ¿Cuál podría ser la solución? Más ingresos. ¿Cómo? La cofradía consiguió el derecho exclusivo para la representación de autos y comedias. El dinero obtenido de la taquilla del teatro -llegó a ser el único que durante décadas hubo en Valladolid- servía así para sufragar la crianza de los expósitos.

El historiador y poeta Narciso Alonso Cortés publicaba el 20 de enero de 1929 un artículo en EL NORTE DE CASTILLA donde resaltaba la importancia de los corrales de comedias en la capital del Pisuerga. No en vano, «en Valladolid se estableció el más antiguo corral de comedias de que hay constancia en España». Fue en 1558 (diez años antes que el corral de la calle del Sol, en Madrid), después de que el dramaturgo Lope de Rueda solicitara un terreno para levantar un espacio donde llevar a cabo las representaciones que, desde hacía años, se ponían en escena en Valladolid.

El 8 de octubre de 1574, nuestra cofradía de San José solicitó y obtuvo del gobierno local «aprovechamiento exclusivo de las representaciones teatrales». Para ello construyó otro corral de comedias, pronto sería el único, auspiciado por el cómico Alonso de Cisneros, que con el tiempo (en 1760 el corral pasó a propiedad municipal) se convirtió en el Teatro de la Comedia-el público al principio estaba distribuido en tres tipos de localidades: aposentos, mujeres y bancos- y más adelante aún, el 14 de marzo de 1930, en los cines Coca (abiertos hasta el año 2003). Durante años, el Teatro de la Comedia fue el único existente en Valladolid, antes de la construcción del Lope de Vega, el Calderón de la Barca y el Teatro Zorrilla.

Apoyo del telón

Esta vinculación de los niños expósitos con el teatro fue fundamental para que se mantuviera la tradición de los escenarios y las tramoyas en la historia española. Así, en 1646, el Consejo de Castilla recordaba la «inconveniencia de seguir con la prohibición de las comedias, porque de ellas dependía el Hospital de San José de Valladolid que había acusado su interrupción con la muerte de cerca de la mitad de los 500 niños que pasaron por él el año anterior», tal y como recogía Alonso Cortés en 'De cómicos', publicado en 'Miscelánea vallisoletana'.

«La primera preocupación que tenía la cofradía era el bautizo de los niños. La mortalidad infantil era muy alta y esa era la forma de garantizarles la vida eterna», recuerda Teófanes Egido. El archivo general diocesano conserva los libros de bautizos que esta cofradía tenía en la cercana iglesia de San Lorenzo, el más antiguo con registros entre 1606 y 1656. «En la parroquia del señor de San Lorenzo de la ciudad de Valladolid, a 19 de abril de mil seiscientos y seis, bauticé a Juana, que es de los expósitos de la cofradía del señor de san Ioseph desta dicha ciudad», asegura la fórmula con la que fueron bautizados, además de Juana, ese 19 de abril de 1606, dos niñas más, que recibieron por nombre Jerónima. Y un día después, otras tres féminas, con nombres Elena y dos María Josefas. Ese año 1606 se cerró con 89 bautizos. En 1776, último año con registro de bautizos en la cofradía, 66 menores recibieron el sacramento. En ese tiempo, se bautizó a 17.488 niños expósitos (casi uno de cada cinco niños nacidos en ese periodo en Valladolid).

Eso, respecto a los bautizos. ¿Y qué pasaba con los entierros? La cofradía compró en el año 1606 (por 300 ducados) una capilla en la iglesia de San Lorenzo que desde 1621 tendría especial resalte gracias al grupo de la Sagrada Familia que para ella talló el maestro Gregorio Fernández y que se sacaba en procesión, precisamente, tal día como hoy, 19 de marzo (San José).

Esta enorme actividad de la cofradía hizo que en Valladolid los niños expósitos recibieran el sobrenombre de 'los sanjosé'.

Carlos Alcalde es el jefe de servicio del Archivo de la Diputación, que en su sección Obras Pías conserva los libros de cuentas y toda la documentación (434 legajos) no solo de esta, sino también de las cofradías y fundaciones que «fueron agregadas a la Real Casa de Misericordia entre 1773 y 1803», que ocuparía desde finales del siglo XVIII el palacio de los condes de Benavente (el antiguo hospicio es hoy la Biblioteca Pública de Castilla y León, en la plaza de la Trinidad). Entre 1850 y 1870, con la nueva ley de Beneficencia, las diputaciones se hicieron cargo de estos servicios (en 1955, por ejemplo, en el hospicio provincial había 409 acogidos), y es así como esta administración es la que custodia los tesoros documentales de una cofradía (desde las actas del cabildo hasta libros de cuentas, pasando por el registro de expósitos y la relación de las amas de cría) que ha dado origen al apellido con más sabor pucelano.

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