El estío infinito

En Puebla de Lillo llegué a pensar que la niñez se podía apurar en dos etapas: la del verano y la del invierno, sin un lugar para medias tintas o divagaciones temporales

Con mi hermana, primas y amigas en una de nuestras excursiones desde Lillo./
Con mi hermana, primas y amigas en una de nuestras excursiones desde Lillo.
Liliana Martínez Colodrón
LILIANA MARTÍNEZ COLODRÓN

Existen diferentes teorías del tiempo, todas ellas muy sesudas y diligentes, en las que se combinan términos tan poco amigables como la gravedad cuántica, los bucles temporales, la velocidad de la luz o la curvatura del espacio. De todas ellas, y a mi tan escaso científico parecer, la conjetura más acertada es la que asevera que el tiempo no existe más que en la mente de cada uno. Solo así es posible inferir una solución más o menos lógica al hecho irrefutable de que el tiempo mueve los hilos de nuestras vidas a una velocidad diversa y caprichosa según las velas ya apagadas. No encuentro otra explicación al hecho de que los veranos de mi infancia fueran deliciosamente largos, mientras que, ahora, los meses se empeñan en correr tan precipitados que rozan la descortesía.

Esos meses estivales se me antojaban tan dilatados que, de alguna forma, llegué a pensar que se trataba de un solo verano, de un estío infinito que comenzaba en junio y finalizaba en septiembre con un salto mortal hacia adelante que enlazaba unos años con otros dejando en otro plano del espacio-tiempo el resto de meses y estaciones, como si la niñez se pudiera apurar en dos etapas: la del verano y la del invierno, sin que existiera un lugar para las medias tintas o las divagaciones temporales.

Ese bucle loco fue poco a poco hilvanando un agujero de gusano por el que se coló mi infancia y mi adolescencia, devolviendo (demasiados) buenos recuerdos para ser ciertos en su conjunto, porque el tiempo no solo se expande y se contrae a su antojo, sino que es capaz de variar la intensidad, el estado de ánimo y hasta los olores de aquellos momentos que tan fielmente (o no) se han quedado tatuados en la memoria.

Arriba, con mis primas en una calle del pueblo. En la segunda foto, en el pantano del Porma. La última imagen es de mi abuelo Modesto, un gran pescador y una persona excepcional.

Tenía más dominado el tema del espacio, por lo que ese estío infinito en el que bailaba el tiempo logró asentarse en un lugar determinado: en Puebla de Lillo, un pequeño pueblo de la montaña oriental de León. Allí, en la casa de mis abuelos –donde nació mi madre– disfruté de los mejores veranos, entre los riscos del Susarón y la aguas del río Silván. Las truchas que regalaba este afluente del Cabrera eran tan asalmonadas, tan enormes y tan deliciosas que su solo recuerdo me impide actualmente disfrutar de esta familia de peces en su versión contemporánea e insípida. De las truchas me gustaba su sabor, pero no el hecho de capturarlas. Solo una vez mi abuelo Modesto me llevó con él a pescar cuando yo no contaba más de diez años. Mis continuas dudas, preguntas y curiosidades sobre el antiguo arte de atrapar peces terminaron poniendo fin a lo que se conformó como mi primera y última aproximación al mundo de la pesca: «aquí o se está en silencio o no pican las truchas», zanjó mi abuelo antes de iniciar el regreso a casa con la cesta vacía, pero el conocimiento repleto a rebosar.

En Puebla de Lillo aprendí a recolectar moras y frambuesas que mi abuela Rosa transformaba en rica mermelada. Tengo que reconocer que, de toda la familia, mi lechera era siempre la que menos frambuesas portaba; su contenido mermaba de forma inevitable cuando más cerca estaba de mi casa. Aprendí que la manzanilla no nace de la bolsa, a no tocar los nidos de los pájaros y a no dejar demasiado patente la huella de nuestra estridente humanidad. Nunca olvidaré las paellas, parrilladas y excursiones con mis padres (papá, cuánto te echo de menos) y mis dos hermanas, mis tíos y mis primos en La Cervantina, en Pegaruas o en el pinar autóctono (joya botánica de la zona).

Con una trucha pescada junto a mi casa.
Con una trucha pescada junto a mi casa.

Los niños mayores acabábamos en el coche escuchando algún casete de El Último de la Fila, Terence Trent D'Arby (le encantaba a mi prima Inés), Madonna o The Doors (¡Ay, JimMorrison!, ¿es posible escuchar más veces 'Riders On The Storm' en el mismo verano?).

Ese sabio verano peleó con uñas y dientes para no morir y se hizo fuerte en el ayer, ocupando un lugar predominante en mi memoria donde, de alguna manera, se mantiene inexpugnable y eterno, como si el tiempo hubiera cedido de alguna forma a preservarlo con la única condición de confinar en el pasado, bajo siete llaves, ese estío infinito e irrepetible.

Bonus: la banda sonora del estío infinito...