Leer a Machado con ojos de artista

La exposición que reúne en La Cárcel a veinte creadores en torno al poeta es un atractivo catálogo de experiencias y lenguajes

Visitantes de la exposición contemplan uno de los montajes./A. T.
Visitantes de la exposición contemplan uno de los montajes. / A. T.
Angélica Tanarro
ANGÉLICA TANARROSegovia

No es fácil armonizar veinte miradas distintas tanto en lenguajes artísticos como en referencias generacionales en torno a un tema tan cerrado como el que propone 'Don Antonio. Las vidas de Machado', exposición que ha prorrogado su estancia hasta el 2 de junio en La Cárcel. Centro de Creación de Segovia y que se enmarca en los actos conmemorativos de la llegada del autor de 'Campos de Castilla' a la ciudad. Y más difícil aún conseguir un nivel medio tan alto en cuanto a sus resultados. Lo primero que destaca en la visita a este espacio (que ha sabido aprovechar sus duras connotaciones históricas para convertirse en un atractivo contenedor de creación) es lógicamente la diversidad. Y no solo la derivada del hecho de reunir a veinte artistas en activo de edades y prácticas tan diversas, con el denominador común de su vinculación a Segovia, sino otra más sutil derivada de una constatación: en el arte hay quien decide que la edad, o los intereses iniciales no deben ser un freno para la experimentación. Entre las edades de los artistas presentes hay un margen de unos cincuenta años y todo tipo de experiencias, desde el collage a la escultura, desde la pintura digamos tradicional al arte más conceptual, desde la fotografía al libro de artista. Gina Aguiar es la comisaria de esta iniciativa (y la que arriesga, pues este tipo de acciones colectivas son complicadas desde el punto mismo de la selección) en la que ha contado con la colaboración del Maribel Gilsanz y Ana San Romualdo.

Sería largo hablar aquí del encargo como motor de la creación (en este caso la 'lectura' personal de fragmentos de Machado que recorren su vida y su obra,) pero resumiremos diciendo que suele ser un punto de partida interesante para intentar descubrir cómo influye en el artista y cómo modifica o no su práctica de ese otra más libre y cotidiana en el estudio. No hay dudas, por ejemplo, en torno a la autoría del potente 'mon montoya' que se exhibe en el capítulo de 'Machado caminante' y sorprende en este sentido la instalación de Domiciano Fernández en el de su infancia, precisamente por ese no ponerse límites del que hablaba en un principio. En dos polos distintos de edad, destaca la energía que muestran en sus obras tanto Fuencisla Francés con su collage en torno al Machado espiritual, como Sona (Marta Troya) con una de sus instalaciones textiles de gran formato, en el de la guerra y el exilio. O la sensibilidad y frescura al interpretar las distintas ciudades que acogieron al poeta de Henar Montoya. Alberto Reguera es otro de los que se reconocen sin dudas, aunque ha ennegrecido la tela más de lo que en él es habitual para hablar del desgarro amoroso, mientras que tanto Luis Moro como Amadeo Olmos, también plenamente reconocibles, se diría que han suavizado su discurso en aras de la adecuación al fragmento seleccionado de la obra machadiana. Juan Carlos Gargiulo detiene su objetivo en un ejercicio meditativo, tan cercano al poeta, y en otro extremo de la sala Tondo Smiling (Lucía Cristóbal y Ramón López de Benito) mantienen ese aire meditativo en su vídeo instalación.

No es esta una exposición para ver de una rápida pasada ni en una sola visita. Es recomendable, por ejemplo, detenerse a pasar las hojas del libro de artista de Kuska (Alejandra Corral) que interpreta al Machado profesor. Y dedicar el tiempo del reencuentro con la obra de José Orcajo, Paolo Damiani, Sofía Madrigal (aún con la impresión en la retina de su magnífica retrospectiva en el Esteban Vicente) Carlos Costa, Nela Sánchez Alonso, Lucía Huerta y Maribel Gilsanz. Dejo para el final la impresionante intervención de Gonzalo Borondo en una de los 'muros' de entrada a la galería. Este especialista en arte púbico y rastreador de los más variados soportes suele llegar a eso que en el arte no debe buscarse, pero conviene lograr: que el espectador contenga unos segundos la respiración para asimilar lo que capta una primera mirada. Que la monumentalidad no esté reñida con la esencia del mensaje es sin duda un logro.