El policía de Palencia que alquiló un piso franco a ETA

La crónica de sucesos en la capital palentina en la década de los años 80 recoge casos dignos de un guion de ficción

Comisaría de Policía Nacional en los años 80, por entonces ubicada en la actual Subdelegación. /J. Ruiz
Comisaría de Policía Nacional en los años 80, por entonces ubicada en la actual Subdelegación. / J. Ruiz
Ricardo Sánchez Rico
RICARDO SÁNCHEZ RICOPalencia

Si hubieran tenido eco en los medios de comunicación en su día, si hubieran trascendido a la opinión pública en aquel momento, hubieran sido 'trending topic' en versión arcaica, virales a través del boca a boca. Se habrían devorado en bares, pescaderías y peluquerías. Con el morbo que dan los sucesos en este país, oiga. Afortunadamente para la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de Palencia, la letra pequeña quedó camuflada, los entresijos de los casos no salieron a la luzque habría dejado a 'Blade Runner' en el Mesozoico. De inverosímiles pueden calificarse algunos de los casos que salpicaron la crónica policial de los años 80 en Palencia, recogidos en las siguientes líneas de este reportaje. Vayamos con la precuela.

Los robos por encargo del chófer de la Brigada Judicial

Un conductor de la Brigada de Policía Judicial hizo que en la Comisaría de Policía muchos sudasen a chorros en 1984. «Era muy correcto y serio», apunta un policía que le tuvo bajo su mando. Pero el conductor en cuestión provocó un terremoto interno con su 'afición' oculta. «Aquello fue un escándalo», recuerda uno de los policías que, sin saberlo, empezó a tirar de ese hilo que se convirtió en madeja con una visita a un ratero de poca monta.

«Habíamos oído que el hijo de un guardabarreras que estaba en una caseta en la carretera de Burgos vendía radiocassettes robados. Nos fuimos para allí y, en efecto, había en la caseta tres aparatos, pero nos dijo que nos estábamos colando esa vez, que eran legales y que se los había dado un policía. Le llevamos a Comisaría y comprobamos que los tres radiocassettes eran robados, pero él insistía en que se los había dado un policía, el conductor que teníamos en la brigada. Llamamos entonces al conductor y le dijimos lo que nos había dicho. De repente, nos espetó que sí, que era cierto eso, y muchas otras cosas más», recuerda el policía, que se quedó alucinado con la declaración del conductor.

El hombre era muy demandado en la Comisaría de Policía porque decía que tenía un primo en Vitoria que trabajaba en decomisos y siempre que se lo encargaban, traía ruedas de coche, lavadoras, frigoríficos... «En realidad robaba por encargo. Iba por la noche a los concesionarios y robaba ruedas, volantes... También iba a las obras en construcción y se hacía con sanitarios, con bañeras... Montaba todo en el coche policial, por eso habíamos tenido llamadas de donde habían robado en las que nos decían que habían visto por allí ya un coche de policía. Vendía en la Comisaría, en la Comandancia de la Guardia Civil, en la Policía Local... Nosotros, por ejemplo, los aparatos de radio que teníamos en los coches nos los había regalado él», incide uno de los policías que participó en la investigación y que acompañaba en ocasiones a Antonio del Río, jefe de la Brigada Judicial por entonces, a ver a su hermano Rafael a Madrid, que era director general de la Policía.

«Nos llevaba él como conductor, iba con unos paquetones enormes en el coche que entregaba en Madrid a unos 'quinquis' que él decía que eran primos suyos. Por el camino, parábamos a tomar un café y él no entraba nunca con nosotros, decía que se quedaba fuera. Lo que hacía era 'limpiar' coches que había en el aparcamiento y luego metía lo que robaba en el nuestro. Si alguien llega a verle y avisa a la Guardia Civil...», recuerda el policía.

«Se le expedientó y suspendió de empleo y sueldo, empezó a trabajar como camionero pero se mató en un accidente. Respiró un montón de gente en Comisaría, decían que si le habían cortado los frenos.En el juicio condenaron a un subinspector y a otro policía, libraron todos los demás, porque decían que tenía compinches», asegura el policía.

Marzo del año 1979. Una llamada desde la Comisaría de San Sebastián alerta en Palencia de que han sido detenidos unos integrantes de ETA que han confesado disponer de un piso franco en la capital palentina. No dan dirección concreta, pero sí la zona del piso, en los entornos de la Plaza de España. Rápidamente, a alguien se le enciende la bombilla en la Comisaría de Palencia. Por allí ha desfilado muchos días un grupo de hombres que tienen alquilado un piso a un subcomisario y que van a pagarle allí la renta o a dar cuenta de algún problema doméstico en la vivienda. ¿No serán esos inquilinos los de la ETA? Desde la Comisaría vuelan hacia el piso varios coches, pero cuando llegan allí, un vecino les alerta de que acaban de irse en un vehículo en dirección hacia la carretera de Santander. Les llevan mucha distancia, pero los policías tienen suerte. Ven detenido en una gasolinera de Monzón un coche que corresponde a la descripción que les ha dado el vecino, dan marcha atrás y logran detener a las tres personas que viajaban a bordo. En efecto, eran tres terroristas de la banda ETA y los que habían alquilado una vivienda en la Plaza de España a uno de los responsables de la Comisaría.

Un «cachondeo»

«Aquello fue un cachondeo, pero también sembraron la sospecha y la duda en la Comisaría, a saber qué podrían saber de nuestra vida, de nuestros coches...», recuerda uno de los policías que participaron en la detención de los etarras, operación en la que también se desarticuló una 'cárcel del pueblo', un lugar en el que la banda confinaba a secuestrados.

A finales de 1980 tuvo lugar otro suceso en Palencia que daría para llenar un libro. Por aquel entonces no existían los módulos de custodia, y desde la antigua prisión provincial se llevó a un preso autolesionado al Hospital San Telmo. Se le ingresó en una de las habitaciones del centro, custodiado por dos policías. El preso en cuestión era integrante de una banda de atracadores de Bilbao, y en el Hospital San Telmo se personaron tres compinches que, disfrazados con batas de médico, inmovilizaron al policía que se hallaba en la habitación y esperaron a que volviera el otro para hacer lo mismo con él. Acto seguido, dos de ellos salieron por la puerta principal del hospital con los dos policías encañonados a la espalda, mientras que el preso y el tercero de sus compinches huyeron por la habitación, descolgándose a través de sábanas.

Los delincuentes se llevaron a los dos policías secuestrados en un coche y les dejaron abandonados en Puente la Reina (Navarra), tras quitarles sus armas y uniformes. «Salimos en dos coches en cuanto nos avisaron, nos habían dicho que se habían ido en dirección a Bilbao. Un compañero iba con medio cuerpo fuera del coche con una metralleta, gritando a todos los vehículos para que dejar el paso libre. Se detuvo a los delincuentes en Bilbao tiempo después, a catorce en total, y se intervinieron un montón de armas», apunta uno de los policías que participó en la persecución de los atracadores, a los que se acusó de 32 robos en bancos.

Si este suceso resulta curioso, más lo es el hecho de que uno de los dos policías secuestrados fuera víctima de nuevo años más tarde, el Miércoles Santo de 1985, de otro secuestro. Sí, lo que leen. Estaba de patrulla por la estación de trenes e identificó con un compañero a dos hombres, uno de los cuales tenía pendiente una reclamación judicial. Se les iban a llevar a Comisaría, que por entonces estaba en la actual Subdelegación del Gobierno (a escasos metros de la estación), pero los identificados les invitaron a los policías a ir hasta allí en el coche de que disponían. Se montaron todos en el vehículo, pero en vez de detenerse en Comisaría, el conductor siguió adelante. Junto a él, en el asiento de copiloto, iba uno de los hombres, y el otro se sentó atrás con el otro policía. Cuando se quisieron dar cuenta, uno de los dos policías, el de atrás, fue desarmado por el delincuente, y el de delante, obligado a entregar su arma.

Un tiro a los 'pockets'

«Como nos habían dado datos de ellos por la emisora para identificarles, teníamos algo por donde empezar. Les dejaron abandonados cerca de Villamartín de Campos, le habían pegado un tiro a los 'pockets' y les quitaron los uniformes. Eran unos tíos de Barcelona», asegura uno de los policías que tomó parte en la búsqueda de sus compañeros.

El caso no quedó ahí, porque el policía secuestrado por segunda vez y su compañero, reconocieron por error a unos detenidos como los autores de su secuestro, y después de pasar una temporada en prisión, la investigación demostró que no eran ellos los autores del secuestro, que los policías habían realizado un reconocimiento erróneo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos