Víctor de Andrés, una referencia en ciclismo en pista y en salud

Víctor de Andrés posa en el paseo del Salón. /Antonio Tanarro
Víctor de Andrés posa en el paseo del Salón. / Antonio Tanarro

El segoviano despunta con su bronce en el campeonato de España júnior tras superar problemas de sobrepeso

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

A Víctor de Andrés Miguel el ciclismo le ha enseñado en la adolescencia dos lecciones que a veces no se aprenden en una vida entera: salud y tolerancia. Cuando cogió por primera vez la bicicleta, hace cuatro años, tenía un grave problema de peso. «Al principio estaba muy obeso y me costó mucho. Casi me tocaba la barriga con la potencia», recuerda sonriente este segoviano, de 16 años. «Fui perdiendo peso y me iba encontrando cada vez mejor, lo notaba en mi propia salud. Y pasó de ser algo para perder peso a engancharme». Y así ha logrado este año el bronce en el campeonato de España júnior de ciclismo en pista en la modalidad de Keirin.

El médico le dijo que debía adelgazar; ahora su imponente planta avisa del potente corredor que es. «Antes comía muchísimas gominolas o bollería, y es muy duro decir que no. Pero no quería estar así. Tampoco quiero ser una servilleta, pero sí cuidarme». El primer día que salió con la bicicleta recorrió el carril bici, ida y vuelta. «Empecé poco a poco con un amigo de mi padre. Al principio íbamos por montaña y los caminos de El Sotillo [donde sus padres tienen un taller] y luego por carretera, Torrecaballeros, Trescasas o San Cristóbal. También subía andando a la sierra. Y me moría, de ir llorando. Subíamos el puerto del Reventón, y a media hora de coronar recuerdo que no podía más». Con un encomiable esfuerzo, en un verano perdió más de 15 kilos y su peso está equilibrado desde los 14 años.

De la salud a la competición, Víctor se apuntó al Club Ciclista 53x13 y corría los fines de semana en los campeonatos de escuelas. «Le empecé a coger el gustillo, pero era de los últimos. Y no me desmotivaba. Un día ataqué, me destrocé entero y me pillaron, pero me quedé contento. Y así hacía en casi todas las carreras». No tardó en descubrir el ciclismo en pista y en participar en los campeonatos de Castilla y León. «A mí me gustaba más porque tengo mucha potencia y ahí la puedo desempeñar. En una carrera de montaña no brillo». La temporada de pista es muy corta, apenas dura desde diciembre hasta Semana Santa con carreras sueltas como San Sebastián, en el velódromo de Anoeta. Su primer año de cadete fue una toma de contacto y en el segundo alcanzó un gran pico de forma. Fue al campeonato de España, pero sus puestos fueron discretos. «Ahí dije, el año que viene tengo que volver». Y como júnior, se llevó el bronce.

El grueso de su temporada es ciclismo en carretera. En su segundo año cadete, con el Segovia Ford, acabó con nota: de 30 carreras apenas se perdió tres. «Me toca tirar muchísimo, soy gregario total». En la provincia no hay equipo de juveniles y se alistó en el Artepref, un equipo de Aranda de Duero. Su familia le acompaña a las carreras y le costea sus viajes a Valladolid para entrenarse. En Segovia, la preparación con Pablo Sanz le permitió subir un nivel más. «Me ayudó mucho para coger musculatura para la pista y me empecé a encontrar muy bien. Fue clave para los campeonatos». Tras el bronce en los nacionales, este verano se ha vuelto con una buena colección de los autonómicos: dos bronces en persecución individual y en kilometro y una plata en velocidad.

Víctor convive con la incómoda rutina de la seguridad vial. Este año tuvo una lesión que le mantuvo tres meses sin competir. «Venía un coche de frente y para salvar la vida me eché a la cuneta. Iba después de la carrera en León con un compañero. Adelantó y veía que nos llevaba». El conductor se fue impune.

Otro coche atropelló a un amigo que apenas puede hablar o moverse por las secuelas. Y cuando volvió a coger la bicicleta, al lado de la antigua estación de tren, un vehículo se llevó a otro compañero. «Yo iba detrás y le vi cómo volaba. No le pasó nada, pero esa noche no dormí. Es que ves a tu amigo caer encima de una isleta por un coche que se mete por dirección prohibida... Yo iba a apretar para cogerle, y quizás esos segundos me salvaron la vida». Aun así, insiste: «No hay que tener miedo porque te mata psicológicamente. Pido a los conductores que nos respeten, detrás de nosotros hay una familia».

La lección de la tolerancia la aprendió por su peso. «El colegio era un problema, se metían mucho conmigo. El deporte ha sido un respiro para mí, la bicicleta me ha ayudado mucho, y lo que yo hago ahora es ayudar a gente que tiene problemas en el instituto». Buen estudiante, se llevó incluso amonestaciones en el colegio por defenderse de los insultos. «No hay un motivo para meterse con nadie, seas alto, bajo, gordo, flaco, feo, guapo... Este año veía a un chico, se metían con él por su peso, y conseguí que le dejaran en paz; simplemente le defiendes y pones ea los abusones en ridículo, agachan las orejas y se van». Todo un ejemplo, dentro y fuera del velódromo.

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