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Cinco rutas por la Ribera Soriana

Panorámica de Gormaz desde la fortaleza califal. / Javier Prieto

Vides, historia y arte a la vera del Duero, en el corazón de una tierra mágica

JAVIER PRIETO

No es exagerado decir que el Duero es mucho más que un río. En el pasado fue, ante todo, una raya en el suelo cuya dificultad para saltársela la convirtió durante siglos en la frontera que marcaba el límite entre dos formas de entender el mundo: la del Dios cristiano, hacia el norte, y la de Alá, hacia el sur. Hoy sirve de referencia, en una buena parte de su largo recorrido, para enmarcar un territorio próspero en viñedos y famoso por la calidad de sus vinos. Lo bueno es que, tanto por lo uno como por lo otro, resulta también una estupendísima excusa para pegarse a sus orillas y disfrutarlas en todo lo que tienen para ofrecer. Así que, puestos a ello, hemos escogido la ribera del Duero soriana para darnos un largo baño de kilómetros, fortalezas legendarias, arte del mayúsculo, pueblos con sabor y vides, muchas vides. Estas son algunas de las paradas imprescindibles.

1 GORMAZ.

La ribera del Duero en la provincia de Soria se abre pasado Berlanga y cede el testigo a la vecina provincia de Burgos al tocar el monasterio de La Vid, en La Vid. El paisaje adusto, vestido de pino y serrijones, se transforma poco a poco en regadíos y viñedos. También en asiento para un puñado de localidades y enclaves cuyas piedras son vestigios de un tiempo en el que la historia dejó por aquí escritos algunos de sus más importantes capítulos.

Así debe mirarse esa cerca amurallada y medio desdentada que campea sobre lo alto de una meseta desde la que se divisan casi por entero las Tierras de Berlanga y la Ribera soriana. Son los restos de una fortaleza legendaria: Gormaz, la más importante –y soberbia– fortaleza califal de su tiempo de toda Europa. Este cincho amurallado de 828 metros de longitud, diez metros de altura y casi cuatro de grosor, armado de cubos defensivos cada pocos metros y enmarcado por cuatro poderosas torres almenadas, albergó en su interior al poderoso y avanzado ejército musulmán encargado de frenar, en torno al siglo X, la imparable Reconquista cristiana hacia el sur.

Estuvo en manos musulmanas hasta el año 1010, cuando pasa a las del conde castellano Sancho García. Dos más tarde, Alfonso VI se la cede al Cid Campeador. Tras el avance de la Reconquista hacia el sur pierde su valor estratégico y comienza su decadencia. Pero lo que no ha perdido ni un ápice es la capacidad de ensimismamiento que proporcionan sus vistas: hermosas en cualquier época del año, pero impagables –aunque gratuitas– con las luces del atardecer o la salida del sol. El acceso al recinto es libre.

2 CARACENA.

Merece la pena, y mucho, sacudirse el ensimismamiento al que empujan las vistas desde la fortaleza califal alejándose algo de las orillas del Duero hacia el sur para visitar otro de los rincones olvidados de Soria. Importantísima población del ayer, vive desde hace tiempo, debido a su aislamiento geográfico, la agonía plácida de tantos pueblos de la España desierta. Pero Caracena, en medio de un paisaje descarnado de vegetación y sombras, alberga joyas arquitectónicas en cada una de sus cuatro esquinas. Por ejemplo, su rollo jurisdiccional, del siglo XVI, o la iglesia de San Pedro, en la parte alta de la población. A decir de los expertos, una de las más perfectas galerías porticadas de Soria y una de las más maduras de cuantas complementan a las iglesias románicas de la zona del Duero. El otro templo de Caracena es el de Santa María, casi a la entrada. También románico, aunque mucho menos espectacular.

De la importancia que Caracena tuvo como plaza fuerte en la Edad Media habla su imponente castillo, alzado sobre un peñasco un kilómetro y medio más allá del pueblo, siguiendo el camino de tierra que se abre hacia lo alto por encima de la iglesia de San Pedro. Situado en un rincón espectacular, habla del tiempo en el que esta población fuera posición estratégica de primera para controlar el paso del camino que unía San Esteban de Gormaz y Atienza, y plaza fuerte vital en la disputada frontera del Duero durante la Reconquista.

Mención aparte merece el recorrido por el recoleto cañón que media entre las localidades de Tarancueña y Caracena. Corto en recorrido –3 kilómetros–, pero lleno de rincones entrañables, alberga además el interesantísimo yacimiento arqueológico de Los Tolmos en el lugar que escogieron como casa hombres de la Edad de Bronce.

Galería sur de la Iglesia de Santa María del Rivero.
Galería sur de la Iglesia de Santa María del Rivero. / Javier Prieto

3 ATAUTA.

De regreso hacia las márgenes más próximas al Duero resulta imprescindible una parada en esta pequeña localidad para contemplar, desde lo alto, el conjunto de bodegas tradicionales más grande y mejor conservadas de toda la Ribera del Duero. Tanto, que sus 141 bodegas inventariadas fueron declaradas en 2017 bien de interés cultural con categoría de conjunto etnológico. La singularidad de este conjunto, ubicado en el paraje El Plantío, estriba tanto en el grado de conservación de todos los elementos que lo componen, formado también por lagares, lagaretas y palomares, como por su antigüedad y cantidad. Un auténtico barrio de bodegas que se remonta a principios del siglo XIX y evidencia las hondas raíces de una tradición vinícola con solera.

4 SAN ESTEBAN DE GORMAZ.

El apellido del topónimo revela la vinculación de este asentamiento con la fortaleza califal, como oponente cristiano al enclave defensivo musulmán que cambió mil veces de bando por el empeño de unos y de otros. Alberga dos espectaculares templos románicos entre sus calles. San Miguel es el más antiguo de este estilo de toda la provincia. Sus hechuras algo toscas revelan la antigüedad de una construcción llena de encanto. En la base de uno de los muros exteriores se descubren piedras de construcciones romanas reutilizadas para levantar la iglesia. La otra maravilla románica de San Esteban es Santa María del Rivero –también en alto pero más cerca del Duero–, que es algo posterior. En ambas aparece ya el pórtico de galería abierto en uno de sus costados que se convertirá en una de las señas de identidad de los templos románicos segovianos. En alto sobre la población quedan los restos del que fuera un importante castillo y en la parte baja, prácticamente como acceso a la plaza Mayor, la única puerta que se conserva del largo muro defensivo que rodeó la población. Interesantes son también las visitas al Ecomuseo del Molino de los Ojos (ecomuseo.sanesteban.com) y el Parque del Románico, ambos ubicados en el mismo paraje, a 2,5 kilómetros de la población (Oficina de Turismo: teléfono 975 35 02 92).

5 LANGA DE DUERO.

También en alto sobre la población, una solitaria torre vigila los últimos kilómetros del discurrir del Duero antes de entrar en la provincia de Burgos. Es el único resto del castillo, al que seguramente sirvió como torre del homenaje. Pueblo de pasear despacio, ofrece buenas muestras de arquitectura tradicional y añejos soportales de madera. La vinculación de esta localidad con el vino se manifiesta en la visita a cualquiera de los tres lagares que han sido restaurados: Casa Lagar, Tambores y Pablinches.

 

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