Don Juan vuelve a echarse a la calle

Laura Peláez (Inés) y Pilar Redondo (Brígida) en el escenario de Solanilla. /Henar Sastre
Laura Peláez (Inés) y Pilar Redondo (Brígida) en el escenario de Solanilla. / Henar Sastre

Amigos del Teatro consolidan con una segunda edición su viejo deseo de ofrecer un Tenorio itinerante

José María Cillero
JOSÉ MARÍA CILLERO

Ni el ruido, el de las campanas que sonaron para celebrar el Corpus. Ni el silencio, al que condenaron un rato los problemas del micrófono de doña Inés, pudieron con ellos. Don Juan Tenorio, don Luis Mejía, doña Inés de Ulloa y su padre, don Gonzalo, criados, monjas y el resto de personajes volvieron ayer a echarse a las calles de Valladolid para revivir el drama romántico de siete actos distribuidos en dos partes publicado en 1844 –apenas diez años antes de que El Norte echara a andar– y que elevó a José Zorrilla a lo más alto de las letras españolas.

En esta segunda edición de Tenorio callejero, la plaza de la Universidad y la calle de la Solanilla tomaron el relevo de las plazas de Federico Wattenberg y de San Pablo que acogieron en 2018 el estreno de esta iniciativa. Ayer, como el año pasado, la Casa de Zorrilla fue el escenario de las partes finales de las representaciones. Se cumplía así uno de los objetivos iniciales del proyecto, que las localizaciones vayan cambiando cada año y que el Tenorio no se quede en el centro y llegue también a los barrios.

«¡Cuál gritan esos malditos!». Media hora larga del comienzo de la obra, decenas de personas esperaban ya en la plaza de la Universidad y algunos aprovechaban la presencia de los actores, muy bien caracterizados, para fotografiarse con ellos, lo que hacía que la situación estuviera, por momentos, más cerca de una gala de fin de curso que del homenaje a la obra cumbre de Zorrilla. Pero tal sensación se disipó desde las primeras escenas. La solvencia de Pedro J. Medina como el mesonero Buttarelli; la gravedad de Pedro Martín y de Nacho García, Gonzalo de Ulloa y Diego Tenorio, respectivamente, favorecieron bien pronto la entrada en harina. De menos a más, Álvaro Téllez, Don Luis Mejía, y sobre todo, Carlos Barrientos, que según le iba tomando la medida a las tablas creó un más que convincente Tenorio.

Con la puesta en escena de ayer, la asociación Amigos del Teatro dio un paso importante en su afán por convertir en tradición anual aquella vieja aspiración de transformar plazas y calles en escenario de las andanzas del galán sin escrúpulos. Un afán que expresó abiertamente el actor vallisoletano Fernando Cayo en septiembre de 2014 ante las autoridades municipales (el Ayuntamiento estaba gobernado entonces por el Partido Popular) y provinciales (en la Diputación estaban los que están, poco más o menos), pero hubo que esperar a 2018, tras los fastos del bicentenario de José Zorrilla (1817-2017), para que se hiciera realidad.

Destacó también ayer el papel de Pedro Ojeda, profesor de la Universidad de Burgos y experto en Zorrilla, como presentador del espectáculo y también como improvisado conductor del mismo, para ayudar con sus descripciones cuándo tocaba esperar en cada uno de los tres escenarios en los que se desarrolló la obra, y para llenar los tiempos muertos a los que obligaban los cambios de escenario.

Acierto pleno

La consolidación de esta tradición nacida hace solo un año supone un acierto pleno, al tratarse de un proyecto en la ciudad que vio nacer al poeta que escribió el Tenorio y que cuenta con una honda tradición teatral en salas y, desde hace veinte años y gracias al TAC, en la calle. Una iniciativa, en fin, pertinente, pero no original. Como señalaba Fernando Cayo en su reivindicación del Tenorio callejero, Alcalá de Henares, ciudad natal de Miguel de Cervantes –pero que no se toca en nada con el Tenorio, cuya trama transcurre en Sevilla, ni con su autor, Zorrilla, vallisoletano con raíces en la palentina Torquemada y vínculos con la burgalesa Lerma– acoge todos los noviembres desde 1984, 35 años ya– representaciones en la Huerta del palacio Arzobispal de la villa complutense de la obra cumbre del autor que nos dejó también sus 'Recuerdos del tiempo viejo'. Si bien, a favor de la representación pucelana, que en 2020 cumplirá su tercera edición, este Tenorio es fiel a la 'versión original en sentido estricto' de la obra.

Una producción cuidada hasta el mínimo detalle

Un total de 18 actores para 180 minutos de representación, amén de algunos extras en el papel de máscaras del Carnaval de la primera escena de la obra. Esas cifras explican casi por si solas lo ambicioso del proyecto. La dirección corrió a cargo de Pedro Martín, asistido por José Luis Martín. Para el magnífico vestuario que lucieron los actores, un clásico: la madrileña y legendaria Sastrería Cornejo –solo comparte apellido, no parentesco, con el empresario teatral vallisoletano Enrique Cornejo–. Las armas utilizadas como atrezzo, suministradas por Armería Mateos. La versión de 'Don Juan Tenorio', el texto íntegro de la obra original. Carlos Barrientos, en el papel de don Juan; y Álvaro Téllez, en el de don Luis debutaron en la calle, después de que el pasado noviembre tomaran ya el relevo en sala –en el escenario del Teatro Zorrilla, gestionado, este sí, por Enrique Cornejo– a Vidal Rodríguez y Jesús Cirbián.

Como guinda, unas localizaciones que tienen poco que envidiar a la trendingtópica 'Juego de Tronos' y además, sin los filtros de la digitalización. A saber, la primera escena se representó ayer en la plaza de la Universidad, junto a los restos de la Colegiata de Santa María, que por su construcción –entre los siglos XI y XVI– es coetánea del tiempo en el que transcurre la trama, 1545, en pleno reinado de Carlos I. El segundo escenario elegido, la calle Solanilla, discurre a la sombra de la iglesia de Santa María de la Antigua, cuyos pórtico norte y torre ya estaban ahí mucho antes del tiempo en el que el intenso Juan Tenorio cruzaba apuestas con otros caballeros para ventilar quién sabía obrar peor.

Las escenas centrales, que se representaron a los pies de la Antigua, pusieron de manifiesto que si Zorrilla no se lo puso fácil a doña Inés al crear el personaje, la técnica tampoco se lo habría de poner a Laura Peláez, la actriz que lo encarnaba. Pero las dificultades no arredraron a la intérprete, que en compañía de una más que soberbia Pilar Redondo como Brígida, protagonizaron algunos de los momentos cumbres de la obra. El pasaje amoroso al que siguió a ese dúo novicia-criada, «¡Ah! No es cierto, ángel de amor...», fue recibido por el ya numeroso público –que superó al de la primera edición– como el 'Born to run', en un concierto de Springsteen: Miradas cómplices, sonrisas evocadoras, «esta me la sé»... y por la calle Solanilla, un par o tres de autobuses de la línea 1 y otros dos de la 2, valga la redundancia de la movilidad urbana, para constatar que si don Juan llegaba puntual a su cita del solsticio del verano, Auvasa también sabe cumplir sus obligaciones con el usuario.

Y de la sombra de la torre de la Antigua, al jardín de la casa del poeta, donde la fragancia del azahar sevillano mutó en aroma a jazmín, con un público ya entregado, que soportó sin rechistar la media hora larga que tardó en llegar la obra desde las tablas de la calle Solanilla. Tiempo quizá necesario para recrear los cinco años que han pasado de unas escenas a otras y que marcan el triunfo del bien y la redención por amor del villano en medio de un apoteosis celestial con el sello indubitable del romanticismo. Y fin.

Y que no haya dos sin tres.