20 años sin Kubrick

Su periodo más feliz como creador quizá sea el que va desde '2001…' hasta 'El resplandor', aunque todas sus obras interesantes

20 años sin Kubrick
Luis Marigómez
LUIS MARIGÓMEZValladolid

A pesar de haber fallecido en 1999, mientras finalizaba su última película, la influencia y la presencia del director norteamericano afincado en Londres no disminuye. Si el año pasado se conmemoraba el 50 aniversario de '2001, Una odisea del espacio' (1968) y volvía a exhibirse en cines de todo el mundo sin perder un ápice del asombro que produjo en su estreno, este año se habla de sus escenografías, expuestas en el Museo del diseño en Londres, o los objetos que aparecen en sus filmes, en el CCCB, de Barcelona. En el próximo festival de Cannes, se repondrá 'El resplandor' (1980). Han aparecido documentales sobre su manera de rodar, cuidadosa hasta la exasperación, y sus manías y obsesiones. Sigue resultando, como director, un personaje fascinante, quizá solo por detrás de Hitchcock.

Una de sus características más singulares es su versatilidad en cuanto a temas y su apuesta extrema por los últimos medios para hacer visibles en la pantalla sus ensoñaciones, sus ideas. Hace cine negro; antimilitarista; películas de romanos; de astronautas; distopías sociales; de terror… Ningún asunto le era ajeno siempre que pudiera entrar en él con la suficiente profundidad. Como tenía un gran conocimiento técnico de las posibilidades de expresión cinematográficas –fue fotógrafo en su juventud– intervenía en todos los procesos de la producción de una película, desde el guión a la puesta en escena, controlando de una manera meticulosa todo lo que aparece en la pantalla en sus filmes. Eso, al no necesitar técnicos extra, reducía muchísimo el coste de sus rodajes, algo que luego compensaba con un perfeccionismo que sacaba de quicio a sus colaboradores, y de presupuesto a sus películas. Él exigía tener la última palabra en todo lo concerniente a su obra, incluidos los doblajes a otras lenguas.

Su periodo más feliz como creador quizá sea el que va desde '2001…' hasta 'El resplandor', aunque todas sus obras son, como poco, interesantes. Pero ese control y meticulosidad no siempre dan lugar a obras redondas. Hay que tener una cabeza fría por encima de todo el proceso, y que los distintos elementos que componen una película no sean solo una máquina de precisión y se alimenten unos a otros . Puede que donde esto se dio en mayor grado fue en 'Barry Lyndon' (1975); el fresco de la Europa del S. XVIII donde se narra el ascenso y la caída de un irlandés al que la suerte le favorece durante una buena parte de su vida para luego darle la espalda. Los personajes, los decorados, la trama, el ritmo, la música y la luz componen una obra en la que todo ese cuidado, que el director imponía hasta extremos inverosímiles, da lugar a una pieza a la que el tiempo, a menudo tan cruel con el cine, no ha restado un ápice a la seducción que suscitó desde su estreno. En otras obras, en cambio, el engranaje que genera esa meticulosidad le quita gracia al producto

Kubrick a menudo tomaba temas candentes, polémicos, como asunto central de sus obras. 'Lolita' (1962) fue una novela muy discutida cuando apareció en 1955, tachada de pornográfica y de incitación a la pederastia. En el cine, la nínfula es bastante mayor, pero la tragedia del deseo de un adulto por una muchachita (y de la fascinación de ella por otro) se mantiene incólume. 'La naranja mecánica' (1971) escandalizó hasta al autor de la novela, Anthony Burgess, quizá asustado de lo que el director encontró en ella, y fue prohibida en muchos países, llegando a ser retirada de las pantallas británicas hasta 1980. El análisis y la exhibición de la violencia inherente a la sociedad occidental contemporánea sigue siendo difícil de digerir. La fuerza de la puesta en escena de Kubrick es incuestionable. A veces, como aquí, golpea las tripas del espectador; pero nunca lo hace sin una razón de peso. La visión de la película hoy sigue siendo perturbadora.

Parece que exigía a sus colaboradores una entrega total al proyecto en el que trabajaban y el trato era bastante agobiante, con exigencias desmedidas y horarios interminables. Podía repetir una toma cientos de veces hasta darla por buena. Estos excesos no siempre parían obras maestras. '¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú' (1964) es una comedia sobre la locura armamentística rodada poco después de la crisis de los misiles, que estuvo a punto de provocar una guerra directa entre USA y la Unión Soviética. Sin duda, fue una apuesta arriesgada y llena de interés, pero quizá no una pieza indiscutible. Lo mismo ocurre con su interpretación de la guerra de Vietnam, 'La chaqueta metálica' (1987). La escenificación del país asiático a las afueras de Londres resulta desvaída, por más que la crítica a la vida militar, que ya había realizado con singular virulencia en 'Senderos de gloria' (1957), sea contundente. Vivir y rodar en el Reino Unido le permitía estar lejos del control de Hollywood, le proporcionó una libertad artística que casi ningún director puede permitirse.

Otra característica que lo identifica es la de partir de textos importantes para la elaboración de sus guiones. Con él no vale el lugar común de que de una mala novela puede hacerse una gran película. Le gustaba lo bueno desde el primer momento; aunque luego trabajaba obsesivamente para mejorarlo en lo que de él dependía.

Hay dos proyectos importantes que no pudo llevar a cabo, 'Napoleón', un filme tan espectacular que nunca consiguió el dinero necesario, e 'Inteligencia artificial', un guión que al final llevó Spielberg a la pantalla.

Su última obra, 'Eyes Wide Shut' (1999), podría ser un compendio de sus logros y limitaciones. Arriesga al llevar la novela de Schnitzler de la Viena en la decadencia del imperio austrohúngaro, al Nueva York de finales del S. XX con apenas cambios. Los temas de fondo se mantienen sin problemas: crisis de pareja, pulsiones sexuales y de muerte…, pero las situaciones resultan a veces poco verosímiles. Las distintas secuencias tienen una densidad característica en el autor, aunque puede que no estén lo bastante trabadas. Es sin duda una película admirable, pero no conmociona como 'Barry Lyndon', '2001…' o 'La naranja mecánica', sus tres joyas.