Al médico, ni loco

Acudir al galeno, que en muchos casos no pasaban de curanderos, se convertía en la última opción sanitaria para las clases más pobres en la época cervantina

Aparejos médicos antiguos/
Aparejos médicos antiguos
DANIEL ROLDÁNMadrid

Los viajeros europeos que atravesaban los Pirineos hacia el imperio español se sorprendían mucho de las prácticas habituales de los profesionales sanitarios de entonces. El siglo XVI apura sus últimas décadas para adentrarse en una nueva centuria, pero en España se sigue abusando de una práctica muy frecuente hasta entonces: las sangrías. Los médicos de fuera se quedaban muy sorprendidos de la cantidad que hacían aquí los cirujanos barberos. En sus países de origen era casi la última opción, explica Pedro Gargantilla, médico, escritor y divulgador científico. Además, esta actuación se hacía a las bravas: si había una sanguijuela que chupara la sangre, perfecto; si no, ahí se dejaba al pobre paciente a que se desangrara solo.

Con esta fórmula se pretendía poner en su sitio al humor descolocado. Porque en este siglo se seguían las directrices que Hipócrates planteó en el siglo V a. C. y que todavía estaban vigentes durarían unos siglos más. El griego habló de los cuatro humores (sangre, bilis, negra, bilis amarilla y flema) y que si uno de ellos se descompensaba, provocaba la enfermedad. Si están en equilibro, estamos sanos, resume Gargantilla, que también es profesor de Historia de la Medicina en la Universidad Europea de Madrid. En caso de enfermedad, se acudía al libro sobre plantas y hierbas de Dioscórides para buscar soluciones. En caso de fracaso, se aplicaban las sangrías.

Una práctica que al pueblo le provocaba pánico. Solo las clases más bajas se atrevían a someterse a esta práctica, que tenía una alta tasa de mortalidad y que era aplicada por los llamados cirujanos barberos. Te quitaban un diente o te hacían una sangre. Pero como el dinero no les llegaba, también se dedicaban a cortar el pelo o hacer de barbero, apunta Gargantilla. A esta profesión se dedicó el padre de Miguel de Cervantes, que también tiene su espacio en la obra magna de don Miguel.

Además de los cirujanos barberos se encontraban los cirujanos de toga larga, que se ocupaban de las grandes operaciones y a los que el pueblo llano jamás podrían llegar. Pero a los primeros sí y se vio ese negocio como un filón. Se apuntó demasiada gente, lo que lo convirtió en un problema público. Hasta las autoridades reales tuvieron que intervenir: «Un órgano proto medicator, compuesto por cirujanos de verdad, se encargaban de que pasaran un examen y de dar las licencias», añade Gargantilla.

Estudio de las plantas de América

Pero, además de esta picaresca 'sanitaria', las universidades comienzan a moverse. «Alcalá de Henares y Valencia, por ejemplo, tienen a médicos muy buenos que comienzan a investigar cosas nuevas», explica Pilar León, profesora de Historia de la Medicina en la Universidad de Navarra. Por ejemplo, comienzan a estudiarse las plantas que provienen de los nuevos territorios americanos. «Nicolás Monardes esperaba en el puerto de Sevilla a que los barcos descargasen nuevas plantas para catagolarlas y estudiar sus propiedades farmacológicas», explica León. De esta manera nació 'Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales', publicado en tres partes entre 1565 y 1574. El tabaco, la canela o la pimienta tuvieron su primera descripción gracias a este médico sevillano.

Es una época de tradición y de estudios constantes de nuevos condimentos que llegan de Oriente y de América. «Los médicos fueron los que introdujeron algunas de las drogas de América», señala León, quien destaca también los estudios botánicos de Andrés Laguna. También se avanza mucho en la anatomía, con los trabajos de Francisco Valles (médico de cámara de Felipe II) o Andrés Vesalio, doctor flamenco que escribió 'De humani corporis fabrica' (Sobre la estructura del cuerpo humano).

«También es la época en que se descubre la sífilis y comienzan a preocuparse por las epidemias», señala la profesora de la Universidad de Navarra. Entre estos estudios promovidos desde las universidades, es «muy interesante» el trabajo de Alfonso López de Corella. El investigador navarro realizó uno de los textos más importantes sobre el tabardillo tras una epidemia tras la dispersión de los moriscos.

 

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