Blas Bombín: «El colmo de la desfachatez es que nos estén diciendo: 'Bebe con moderación'. ¡Es un gran contrasentido!»

El doctor Blas Bombín posa para la entrevista. /Ramón Gómez
El doctor Blas Bombín posa para la entrevista. / Ramón Gómez

Psiquiatra experto en rehabilitación de adicciones sociales. Su buen hacer de decenas de años de profesión ha marcado un antes y un después en el tratamiento y rehabilitación

J. I. Foces
J. I. FOCES

He aquí una autoridad mundial en el tratamiento y la cura de las adicciones. El doctor Blas Bombín. Su buen hacer de decenas de años de profesión ha marcado un antes y un después en el tratamiento y rehabilitación de quienes caen atrapados por una adicción. Sus terapias han hecho escuela. Publica nuevo libro, 'El vuelo del cautivo' (Editorial Azul), noveno en su dilatada trayectoria profesional.

–Tantos años en esto, distingue a simple vista a un adicto de alguien que no lo es, ¿verdad?

–Tanto como a simple vista... Se puede intuir. La precisión del diagnóstico no se puede confiar a la intuición nunca, pero sí por lo menos tenemos un acercamiento.

–Estaré entonces tranquilo después de haberle saludado...

–¡Tranquilísimo, tranquilísimo!

–¿Se dan casos de desarrollo de algún tipo de adicción sin que el sujeto activo lo sepa?

–Sí, sí. Es muy común que esto ocurra. El adicto tiene muchas defensas para evitar el reconocimiento de su propia adicción no solo ante los demás, sino ante sí mismo.

«La ludopatía no existe para la Administración pública. Y eso que se ha cuadruplicado la población que reclama tratamiento»

–¿Cómo se traspasa esa barrera?

–Nosotros, precisamente, en este punto hemos introducido un concepto que nos ha servido de mucho en la práctica para el diagnóstico de las adicciones y para que los adictos tomen conciencia real de sus padecimientos: el 'insight', que es la visión interna, objetiva. Hasta que el adicto no alcanza el nivel de 'insght' no se reconoce, no hay en él toma de conciencia.

–Por como habla usted hay que deducir que el adicto se hace, no nace. ¿De quién es la culpa de que se haga?

–La adicción es una mezcla de una raíz genética, científicamente demostrada en alguna de las adicciones, hacia la búsqueda de sensaciones, de emociones, de evasiones. Y luego ya la circunstancia vital, biográfica de la persona, es la que confiere el tipo de adicción que va a sufrir.

–¿No previene nadie, nadie alerta ?

–Es más alertar que prevenir.

–¿Quién alerta?

–La alerta la da la familia, normalmente, que es la que empieza a sufrir los cambios del adicto.

–¿Cómo se distingue lo que solo es gusto y placer de lo que es adicción? ¿Dónde terminan unos y empieza otra?

–Hay que poner mucha más atención al diagnóstico y la detección precoz de las adicciones sociales, más que de las adicciones tóxicas, que vienen ya configuradas por una vivencia de extrañeza respecto a lo que se está haciendo. El toxicómano sabe muy bien que lo que está haciendo no entra bien en los parámetros de la normalidad. En cambio, una persona que bebe o fuma, acogiéndose a normas, usos y tradiciones de la sociedad es mucho más difícil de deslindar. Se invierte el sentido de la relación: jerárquicamente, en el hábito domina la persona al consumo y en la adicción es la sustancia o la conducta la que domina a la persona.

–Usted ha ayudado a crear asociaciones para la cura de adicciones como Ajupareva (juego), Cetras (adicciones sociales), Atra (alcoholismo)...

–En realidad, mi primera vivencia en cuanto a deseo de ayudar a los demás en este terreno de las adicciones nace en 1948.

–¡Ha llovido!

–Yo tenía 5 años...

–¡¿Cómo?!

–Tenía cinco años y contemplaba como una persona cercana a la familia transformaba su personalidad según hubiera bebido o estuviera sobrio. Esa persona hizo daño a la familia, mucho daño. Y yo me preguntaba como una persona de suyo tan buena y tan cercana, tan entrañable y bondadosa podía tener esa otra versión verdaderamente maligna de su comportamiento. Y me chocó aquello tanto, me impactó tanto, que me dije a mí mismo que algún día tenía que llegar a poder tratar a personas como mi tío que tuvieran ese padecimiento para entenderlo, primero.

–¿Se empieza a ayudar a curar por ahí?

–Es lo que hacemos normalmente en nuestro trabajo: primero, entender a la persona, conocer la enfermedad, la adicción, que es lo que es una adicción, una enfermedad, y para conocer la enfermedad es necesario el 'insight'. Pues bien, quien primero tiene que reconocer que está ante una enfermedad es el profesional. Pero es importante que el profesional, a través de una serie de estudios, que nosotros hacemos de forma sistemática, sepa luego traducir ese estudio al paciente, porque la aclaración al paciente del origen de sus alteraciones de conducta depende también de que él adquiera ese 'insight' que es necesario como punto de partida.

«Todo lo que engancha por placer o evasión fácil de la realidad es lo más peligroso porque crea adicción»

–¿Por qué incidió en el 'insight'?

–El 'insight' era un fenómeno que se aplicaba al mundo de la psicosis, de los trastornos mentales endógenos. En la psicosis es muy común que si el paciente mental no tiene conciencia de su enfermedad no colabore en su tratamiento. Es muy común que lo interrumpa. Esa traslación que yo hice del 'insight' me permitió elaborar una escala para medir el nivel de 'insight' que el enfermo trae respecto a su enfermedad y, con ella, hacer incluso un pronóstico sobre la evolución que va a tener: a mayor nivel de 'insight', mayor facilidad de evolución clínica y terapéutica.

–Decía que Cetras, Ajupareva, Atra son asociaciones que usted ha ayudado a crear y con las que colabora de forma altruista, además. ¿Le sobra tiempo, ingresos...? ¿Dónde termina en usted el profesional, el médico, y dónde empieza el quijote?

–Fui 30 años el jefe del Gabinete de Salud Mental de Renault y todas esas actividades fundacionales las hice coincidiendo con una etapa en la que no necesitaba ingresos suplementarios y me dije que mi actividad tenía que ser pura y limpia desde el punto de vista de no tener una retribución complementaria. Yo vi que las personas valoraban este gesto, porque desde mi ejemplo muchos de los pacientes que he tratado se convirtieron a la vez en agentes de motivación y servicio en favor de otros adictos. Digamos que he predicado con el ejemplo y la palabra altruismo es moneda de uso común en nuestro ámbito asistencial. Tuve una etapa en mi vida que yo califico de fiebre fundacional: tenía necesidad de poner en marcha organizaciones no gubernamentales para complementar las carencias de la sanidad pública. La sanidad pública ha tenido ahí unos agujeros asistenciales que nosotros hemos tratado también de cubrir.

–Habla en pasado. ¿Ya no tiene la sanidad pública esos agujeros?

–Sigue teniéndolos. Por ejemplo, la ludopatía no existe para la Administración.

–¡¿De verdad?!

–¡No existe! Es un ente raro, un ente que no obedece a ningún patrón adictivo clásico...

–¡Si no hacen más que abrir locales de apuestas!

–Pero aún habiéndose cuadruplicado la población que acude a organizaciones asistenciales reclamando tratamiento, jóvenes que vienen de las casas de apuestas deportivas o que apuestan online, la Administración no nos cubre absolutamente nada de las necesidades de Ajupareva.

–'El vuelo del cautivo' es su nuevo libro. Llega después de más de 90 publicaciones que llevan su firma. ¿Qué busca?

–¿Sencillamente? Transmitir mi experiencia y que los jóvenes profesionales al menos la tengan en cuenta. He aportado a lo largo de mi vida conceptos como el 'insight' y en el nuevo libro aporto el concepto de considerar a las adicciones como malas, pero buenas.

–Entenderá que le pida que se explique.

–Literariamente hablando, eso es un oxímoron que nos permite considerar a las adicciones como malas, por un lado, pero buenas por otro.

–Qué quiere que le diga: gran paradoja, ¿no?

–Tiene su explicación.

–Le escucho.

–Las adicciones funcionan como despertador de una anomalía que hay en la personalidad y que ha llevado al individuo a la adicción. Una persona no llega por casualidad a su adicción, tiene un algo previo, un desajuste, una carencia un desequilibrio, un exceso, una demasía, un impulso, una falta de sentido del riesgo o una afición demasiado fuerte al riesgo y al placer. Eso forma parte de una mente enferma y las adicciones son el despertador que le permite no solo despertarse de su objeto de adicción sino también iniciar un proceso terapéutico que le va a permitir sanear a fondo su personalidad.

–Pero usted en 'El vuelo del cautivo' define la adicción como «una casa de misterio con sus puertas herméticamente cerradas no solo a la introspección del exterior, sino con frecuencia también a la de la propia persona». ¿Misterio? ¿Es algo inescrutable?

–No, no, no. Es lo que precisamente tratamos de solucionar. Ese misterio que es la adicción lo exploramos para entender qué es, que es explicable, como todo, a la luz de la ciencia y la razón. Lo que hacemos es desentrañar y desvelar el misterio, buscar sus raíces, mediante el proceso diagnóstico de cada persona. Por eso digo que la adicción contribuye en gran medida a solucionar ese enigma que es para el adicto lo que le está pasando.

–«El gran pecado del adicto es no haber sabido prever ni prevenir esa transformación demoníaca, la perversión maligna de su adicción», dice en el libro. Según esto, ¿el adicto es culpable?

–El adicto no es culpable de tener una adicción. La responsabilidad del adicto no está en padecer la adicción, está en no haber sabido entender que el hábito podía derivar en adicción. Pero claro, de eso no solo es responsable él, sino también la sociedad que alienta ese tipo de conductas.

–¿Por ejemplo?

–El colmo de la desfachatez es que nos digan: 'Bebe con moderación'. ¿Pero cómo puede beber con moderación una persona que tiene unas carencias personales y que gracias al hecho de beber quedan compensadas? Por eso nosotros incidimos en que las personas deben saber que cuando ganan con un objeto de consumo están empezando a perder.

–¡Otra paradoja!

–Cuando ganan es que empiezan a perder y la gente no lo sabe. Por eso el adicto no tiene la culpa de serlo, sino de no haber sabido entender ese tránsito que siempre prácticamente es automático. Ahí la frontera es casi inapreciable.

–No se advierte el peligro...

–Exactamente. Y la sociedad está contribuyendo a ello. La persona es responsable en la medida en la que lo es también la sociedad, que alienta a beber, a fumar y a jugar con responsabilidad. Es un contrasentido. Fomentar el consumo de alcohol, tabaco y juego es poner a la persona a los pies de los caballos.

–Usted destaca en el libro que por muy tormentoso que sea el camino hay que hacer sitio «a un rayo de esperanza para no vivir muertos». O sea, que es usted positivista...

–¡Por supuesto!

–¿Alentado por su experiencia?

–Tan positivista que considero que las adicciones en lugar de ser algo malo son algo bueno.

–Pero la adicción es, por definición, mala.

–La tesis de mi libro es que las adicciones despiertan a la persona para concienciarla de la anomalía que hay en su vida, le permiten aclarar el motivo por el que están siendo perversos en su consumo de lo que sea, compras, tabaco, tecnologías, juego, alcohol, sexo... Todo eso dicho, claro, si se pone en clave de tratamiento, lógicamente.

–¿Ah! Habla de buenas y malas en esa clave.

–¡Claro! Las adicciones son malas, pero buenas llegado el punto de que la persona tome conciencia de que su conducta es anómala. Cuando toca fondo y decide que no puede seguir así, ahí se demuestra que las adicciones son buenas porque hacen que la persona pueda sanearse a fondo, terapéuticamente hablando, con la ayuda de un profesional y un centro asistencial.

–Usted ha visto curarse a muchos adictos.

–Miles.

–¿Y recaer?

–También. Las recaídas son malas, pero también buenas...

–De vuelta al contrasentido...

–Es que es así. Una recaída puede dar una lección de humildad: es otro despertador que le permite a la persona tomar conciencia de que no puede haber contacto con el objeto de adicción. Hasta cierto punto, como sucede en la adicción, es pedagógica.

–El ser humano no tiene remedio, ¿no?

–¿Por qué lo dice?

–Avanzamos en las tecnologías y nace una adicción, la de las pantallas.

–Todo aquello que engancha por su condición placentera o que permite evasión fácil y discreta de la realidad es lo más peligroso, porque hace la adicción.

–Lleva más de medio siglo como profesional, ha tratado a miles de pacientes, es una referencia mundial en la cura de las adicciones y patologías psíquicas. A sus 76 años sigue en activo... ¿Cómo creer­ que usted no es un adicto al trabajo?

–Jajajaja. ¡Me esperaba esa pregunta!

–¡Vaya por Dios!

–Cuando estaba en el Gabinete de Salud Mental de Renault, mis compañeros, con una cercanía y un cariño que lo justificaba todo, me decían que yo tenía que estar drogándome para alcanzar el rendimiento que tenía, que de dónde sacaba fuerzas. La única droga que hay para mí es la motivación, la vocación, les decía. Es para mí el motor que llevo dentro, entonces, ¿para que voy a necesitar yo una sustancia externa? La sustancia te da un plus de rendimiento inicial, pero luego te lo quita y te añade problemas. Sin embargo, el motor motivacional y vocacional que tengo dentro no le lo quita nadie y no me perjudica. ¡Soy feliz en mi trabajo! Atender pacientes y escribir son aspectos sagrados en mi vida.

–¿Qué quiere ser usted de mayor?

–¡Lo estoy siendo! Soy mayor desde hace muchos años: hago lo que siempre he querido hacer, atender pacientes, liberar esclavos, ayudar a personas a realizarse, a sanearse desde el punto de vista de su estado emocional y su vida. Para mí eso es tan importante que no puedo pedir más.