El Norte de Castilla

Así regresé del infierno

Así regresé del infierno
  • Una víctima de malos tratos relata como fue su existencia y como es ahora, en que lleva siete años sin ver a su agresor y cinco con una nueva pareja, trabajo y una existencia tranquila

Es hispanoamericana y llegó con tan solo 20 años y mucho valor a una ciudad de Castilla y León. Buscaba, y necesitaba, emprender una vida donde hubiera trabajo y oportunidades. Llegó sin conocer a nadie, dejando atrás a su familia, el amparo de los suyos, para trabajar en la hostelería y «ayudar en casa». Apenas llevaba unos días cuando quiso el destino que un cliente se fijara en ella. Ocurrió. La miró y sería una obsesión. Una cárcel que duraría nueve años.

Al principio «todo era maravilloso, se portaba muy bien, estaba pendiente de mí para todo, me enseñó la ciudad, me cuidaba... no sé cuánto tiempo duró lo bueno,pero fue muy corto. Visto desde aquí no es que me quisiera tanto, eran celos; ahora sí que lo veo. Entonces me parecían atenciones, yo estaba muy sola, no conocía a nadie...». Y el «individuo», como lo llama ella, llenó sus ausencias, acaparó su juventud y la inmadurez de aquella mujer de carácter abierto, generosa y guapa que había llegado a su vida y él creía que era suya. «A los ocho meses o un año, más o menos, nos fuimos a vivir juntos. Él se había separado y tenía un hijo, bueno, luego supe que dos, que tuvo una pequeña cuando yo ya estaba con él». Cuando la verdad quiso llegar hasta ella ya estaba perdida: «Cuando escuché rumores de que podía haber maltratado a su primera mujer, ya estaba atrapada. No sé bien qué ocurre; pero no quieres creértelo, no lo piensas y sigues junto a él... pensando, tal vez, que ya no es así, que la gente exagera, o que va a cambiar. No lo sé». años

Psicológica y física

Nueve años vivió con él, y siete ya sin él. Nunca volvió a verlo. La violencia es progresiva: «No llega un día y te pega un bofetón. Pienso que si fuera tan de golpe una se marcharía, no lo soportaría. La destrucción es más lenta. Al principio es solo psicológica, es verbal y busca que te sientas indefensa sin él. Frases como ‘qué vas a hacer sin mí’, ‘quién te va a querer como yo’....» cerraban las discusiones. El espacio emocional que la rodeaba se hacía cada vez más estrecho, comenzaba a ahogarla. No podía llamar a su madre, a Hispanoamérica, o no mucho, «porque controlaba todo lo que hacía, lo que gastaba, él ganaba bien de dinero pero siempre se las apañaba para coger del mío, ‘que si se me ha olvidado la cartera’, ‘que si no tengo suelto’», o directamente la presionaba para que no gastara, no comprara, no saliera... e, incluso, que abandonara el trabajo. Simplemente logró que dependiera de su agresor por completo, una manera de control absoluto de cada paso que daba. «Para comprar el pan o rellenar el bonobús, tenía que acudir a él y a su permiso».

«No era un borracho», pero «se tomaba sus copas» y le encantaba salir. Creo que a mí me sacaba por ahí en cierto sentido para lucirme. Jamás me pegó en la cara, nunca nada visible».

Así, las horas, los días, los meses, los años junto a aquel hombre once años mayor que ella. «‘Cámbiate de ropa, pareces una puta, vieja, gorda...». Palabras que acompañaban sus días, que la minaban y relegaban, que le hacían dudar de sí misma, de su aspecto, de sus emociones... «¿Yo provocaba? Y me cambiaba de ropa».

Y en la rutina del maltrato psicológico diario, él dio un paso más. El recuerdo ya no es trágico para esta mujer que es capaz de soltar carcajadas en medio de su relato, de ponerse seria para intentar entenderse a sí misma hace ya tantos años, de buscar palabras que acercar a otras mujeres hundidas en este infierno. «De esto se sale. Se puede, sin duda; hay muchos recursos, mucha ayuda, pero hay que pedirla, dar ese paso. Hay que quererlo de verdad. Ahora sí tengo una vida. He estudiado un grado medio, trabajo, me he sacado el carné de conducir, he hecho cosas que nunca pensé que podría hacer, yo creía que era vieja, gorda, fea, inútil.... Ahora me quiero, me veo guapa y joven y tengo a mi lado a un hombre que me quiere, sin problemas».

Y él dio un paso más. «Salimos con varios amigos de él, yo era la única chica y entre ellos había un guardia civil. De pronto, por debajo de la mesa, comenzó a hacerme daño, mucho, me presionaba con su mano el muslo –el moratón me llegó hasta la rodilla y me duró un mes la marca–. Después me sacó del bar, me acusó de provocar a sus amigos, que ‘quién me creía que era para avergonzarlo’... Me arrastró al coche y, ya dentro, me arañó el cuello con una navaja. Creo que no quería matarme ni hacerme mucho daño, solo asustarme con lo que era capaz de hacer. Ninguno de sus amigos hizo nada. ¿Cómo pedir ayuda si un guardia civil lo ve y no hace nada?».

Los pensamientos reiterativos volvían cada día a su cabeza: «¿Dónde voy a ir sin dinero, sin trabajo y era inmigrante ilegal, sin papeles?, no tenía amigos de confianza...». Y pasaron los días. Y pensé «incluso tonterías», tonterías como quitarse la vida para huir. El cerco se estrechaba. La llamaba por teléfono para comprobar que estaba en el domicilio y, para ello, le hacía poner determinado canal de televisión para oír el sonido... me lo llevaba al baño por si llamaba, lo tenía que coger antes de que sonara dos veces. Salía al balcón a fumar y a ver pasar los coches, porque tantas horas encerrada en casa y viendo la televisión... ya no aguantaba, y desde el balcón pendiente de cualquier ruido o llamada».

Cuando todo pasó, «quienes lo conocían no lo comprendían, lo tenían por alguien muy bueno». «Sí puedo decir que con sus hijos lo era realmente. Era un buen padre. Al principio pensé incluso que un hijo lo solucionaría todo. No sé por qué se piensa eso. Y él no quería tenerlo. Después, fui yo la que no quise en aquel ambiente».

Con el tiempo, y la libertad, ha comprendido que «él era un ser débil, con una autoestima muy baja, y por eso tenía que dar un golpe en la mesa, por eso levantaba la voz, por eso insultaba».

El agresor cuidaba bien lo que hacía. Nunca la cara, mucho en el cuello ahogándola y en los muslos hasta la rodilla, más no, para que no se viera. Y el pelo, arrastrarla por el cabello. Después, jerséis de cuello alto, faldas hasta la rodilla o pantalones taparían las señales del maltrato. Antes de cerrar esa puerta de la violencia al amparo de su propio hogar, ella intentaría abandonarlo en dos ocasiones.

Repitió sus pasos ambas veces. Hacía las maletas. Llamaba a un taxi y las metía en él y esperaba a su agresor para despedirse de él. ¿Por qué? No lo sabe. Entonces él llegaba, lloraba, prometía cambiar, buscaba dar pena con sus hijos que adoraban a su víctima –era ella quien los cuidaba, «a la pequeña la crié yo»– . «Y yo, yo era boba, o ingenua. Yo volvía, él recogía las maletas, pagaba al taxista y me hacía la cena. Un día, cuatro o cinco duraba el cambio...».

El miedo

«Sería miedo no sé... era una permanente sensación de ansiedad, como cuando te vas a presentar a un examen o a una prueba... Ese nudo en el estómago, pero de forma permanente». Así se sentía. Siempre. Cada día, la comida a punto y a su hora. Ella, perfecta, maquillada, vestida para salir y en tacones. Ella lo peinaba, le preparaba la ropa. Siempre. En el bar habitual tenía su sitio. Él la escondía detrás de una columna y como si estuviera reservado, ese lugar nadie lo ocupaba nunca. Era el de ella. Donde nadie la viera ni charlara con ella. Si bebía cerveza normal, no con gaseosa o mosto como las demás mujeres, «es porque era una puta», si lo hacía por la botella, «era poco fina...». Y llegó la anorexia. Vomitar, no comer porque la llamaba gorda. «Llega un momento que, de tanto oírlo, te lo crees. Vieja, fea, obesa...». La familia, lejos, y cómo decirle que todo va mal. Cómo hablar de fracaso a una familia al otro lado del Atlántico.

Y llegó el detonante. Lo decisivo. Ella había tenido pequeñas rebeldías, lo retaba bebiendo lo que él no quería o vistiéndose como estaba prohibido. Su madre enfermó, un cáncer de mama, y la víctima decidió que ya le daba todo igual. «Saqué 50 euros y se los envié. Él no dijo nada. Subió en el coche para ir a tomar una copa con los amigos y pisó el acelerador. Conducía más y más deprisa. Más y de pronto, sin dejar de pisar el acelerador, me cogió del pelo», volcó toda su agresividad y rabia en tirarle del cabello. «No sé –recuerda ella– no sé de dónde saqué las fuerzas y le hice lo mismo. Si nos matamos, nos matamos los dos y esto se acabó. Me soltó. Estaba pálido. Yo tomé mi cerveza sin vaso y no me dijo nada. Me senté donde quise y no me dijo nada. Llegamos a casa y no me dijo nada». Después pidió ayuda a una amiga que tenía contactos en Servicios Sociales. «Dos policías de paisano fueron a buscarme un día señalado».

Ella le dejó una carta. Comida en el frigorífico para una semana. La casa limpia y la ropa lavada;pero no esperó para despedirse. Esta vez no. Tenía miedo de que la convenciera. Casa de emergencia y después, de acogida y tutelada. Psicólogos, ayuda para encontrar trabajo. Funciona. «La ayuda funciona».

La denuncia no fue posible por falta de pruebas claras y evidentes. De testimonios efectivos. Casi dos años le llevó su recuperación. Hace siete que lo dejó y cinco de ellos que tiene vida propia, un destino dibujado por ella. Nunca volvió a verlo.