La joya del teatro vallisoletano

La inauguración, en septiembre de 1864, del Teatro Calderón de la Barca terminó con el monopolio que venía disfrutando el Lope de Vega

Teatro Calderón./
Teatro Calderón.
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Por la grandiosidad de su sala, por la profusión de sus riquísimos adornos, por la numerosa y escogida concurrencia que anteanoche asistió á la primera representación, y por los reputados artistas que forman sus compañías, puede competir con los primeros teatros del reino, y acaso con ventaja con todos los de Madrid». Así saludaba EL NORTE DE CASTILLA la inauguración, el 29 de septiembre de 1864, del Teatro Calderón de la Barca.

No eran pocos quienes anhelaban la construcción de un teatro de tales magnitudes; de hecho, como demostró en su día María Antonia Virgili, a poco de construido el Lope de Vega, en 1861, varias personas objetaron graves inconvenientes derivados, primeramente, del lugar escogido, pues lo consideraban demasiado frío por las noches por hallarse en un margen del Pisuerga, con lo que, además, lo juzgaban excesivamente apartado del centro capitalino.

También se quejaban de lo insuficiente de su cabida y demandaban del Ayuntamiento la construcción de un local más digno. De hecho, desde 1856 se venía planteando la adquisición, a tales efectos, del Palacio del Almirante, posibilidad que, sin embargo, topaba con una traba insalvable: la reiterada negativa de su propietario, el Duque de Osuna, «removido por consideraciones particulares». De ahí que se llegara a barajar la ubicación del teatro en otros lugares, incluidos los terrenos del antiguo matadero, alternativa descartada en febrero de 1861.

Dos circunstancias vinieron a favorecer la operación: la puesta en marcha de una Sociedad Anónima para llevar a cabo la construcción del teatro, y el cambio de dueño del palacio en la persona de Diego Morales. Con él acordó la Sociedad la compra del inmueble por 55.000 duros, y, una vez efectuada, encargó el proyecto al arquitecto Jerónimo de la Gándara, artífice igualmente del Teatro Lope de Vega. La ejecución corrió a cargo de Jerónimo Ortiz de Urbina.

Pero en 1863, cuando parecía que todas las dificultades habían quedado atrás, surgió una imprevista: la oposición acérrima del arzobispo, quejoso por la cercanía del teatro respecto de la iglesia de las Angustias y del Rosarillo, pero también por el hecho de que la parte accesoria se encontrase frente al Palacio Arzobispal, con la consiguiente posibilidad de que la actividad teatral pudiera generar desórdenes que incomodasen a la Iglesia, contradiciendo así lo dispuesto en el Concordato con la Santa Sede.

El Ayuntamiento, como era de esperar, hizo caso omiso de tales objeciones, puesto que el teatro respetaba la separación exigida entre los templos y los edificios. Además, a los capitulares les parecía inconcebible aventurar desórdenes «en una reunión compuesta de lo más escogido de la población y presidida por una autoridad que puede disponer de la fuerza pública».

De ahí que decidiera seguir adelante con el proyecto y que en la sesión del 15 de junio de 1863 informara favorablemente del mismo al Gobierno central. Las razones esgrimidas eran que la Sociedad formada contaba ya con más de 80 vecinos, por lo que existía un importante respaldo económico, y que el Lope de Vega, por sí solo y habida cuenta de las inconveniencias que presentaba, no cubría las necesidades de la población en este terreno.

El Calderón, en El Norte

El periódico recogió desde 1856 en sus páginas el sentir de los vallisoletanos que reclamaban un nuevo teatro, ya que el Lope de Vega se quedaba pequeño, y más tarde la polémica del Arzobispado, que se oponía a la construcción en el antiguo Palacio del Almirante por la cercanía con su sede y la posibilidad de que hubiera desórdenes. Una de las noticias más importantes que recogió el periódico en 1864 fue la inauguración del Teatro Calderón. Tuvo lugar el 29 septiembre, con la representación de 'El alcalde de Zalamea' y a la gala acudió lo más granado de la sociedad vallisoletana del momento deseosa de ver la joya arquitectónica y de dejarse ver por sus vecinos, luciendo lo mejor de su vestuario.

La Real Orden de aprobación está fechada el 7 de julio de ese mismo año; la construcción se llevó a cabo con brío, pues el 29 de septiembre de 1864 se verificó la inauguración oficial. Ésta consistió en la representación de 'El alcalde de Zalamea', «un bailable por todo el cuerpo coreográfico, y el proverbio «Huyendo del perejil»». Según EL NORTE, «el aspecto que presentaba la sala del teatro, era verdaderamente fascinador; al rico adorno de todas las localidades, se unía el encanto de nuestras lindísimas paisanas que lucían elegantes y costosos trajes y caprichosos prendidos».

«A donde quiera que se dirigía la vista había algo que admirar, del edificio, o de la concurrencia, que era extraordinaria, ocupando no solo todas las localidades, sino las puertas, pasillos y cuantos sitios permitían ver algo de lo que sucedía en la escena». La siguiente reforma de importancia tendrá lugar entre 1876 y 1878, cuando el turinés Egidio Piccoli, célebre maquinista y constructor de teatros, lleve a cabo el diseño de una nueva tramoya, la cual, según ha escrito José Miguel Ortega, constituye «la maquinaria escénica más moderna de Europa».