Una construcción de vanguardia para sortear la barrera del Pisuerga

El mal llamado Puente Colgante fue inaugurado el 19 de abril de 1865 y era pionero en España por su técnica constructiva

Una construcción de vanguardia para sortear la barrera del Pisuerga
Archivo Municipal de Valladolid
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Era una necesidad muy sentida en la ciudad, sobre todo cuando las crecidas del Pisuerga terminaban por inutilizar el Puente Mayor, único paso existente en ese momento. Precisamente para que el río no siguiera erigiéndose en barrera infranqueable, Valladolid necesitaba un nuevo puente.

De ahí que en 1851 el alcalde elevara una exposición al Ayuntamiento sobre la necesidad de poner en comunicación la ciudad «en todo el término de la misma, con las cercanías del barrio de San Ildefonso». Los trámites se vieron facilitados por el hecho de hallarse al frente del Ministerio de Fomento el rico propietario vallisoletano Mariano Miguel Reinoso. El primer proyecto, un puente colgante a cargo del ingeniero Andrés de Mendizábal, terminó cayendo en desgracia debido a los múltiples problemas que venían generando este tipo de estructuras.

Tras rechazar la llamada «solución Vergniais», de origen belga, la comisión de estudios creada al efecto se decantó por un puente de hierro forjado. Era ya el año 1860. Se trataba de un arco superior o «bow-string», pionero en España, proyectado por Lucio del Valle, inspector del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Con una longitud total de 71,80 metros, la estructura metálica se fabricó en Birmingham, en los talleres de John Henderson Porter. El proceso de montaje se llevó a cabo sobre un puente provisional de madera de cuatro tramos apoyados en los estribos y en tres palizadas intermedias.

Dirigieron las obras los ingenieros españoles Carlos Campuzano y Antonio Borregón. El coste corrió a cargo del Estado y la prueba de carga se realizó los días 11 y 12 de abril de 1865: «Consiste la prueba en cargar el piso del puente á razón de 400 kilogramos (34,70 arrobas) por metro superficial de tablero, resultando una carga total de 14.832 arrobas», informaba El Norte de Castilla. El resultado fue satisfactorio: «La flexión observada durante la carga ha sido insignificante, y ha correspondido a lo que prácticamente viene observándose en esta clase de puentes», informaba el decano de la prensa. Lo cierto es que el puente vallisoletano no era una construcción cualquiera: se trataba del primer arco «bow-string» que se hizo en España (hasta 1868 no se utilizará en Madrid el hierro forjado para este tipo de construcciones), y en él se emplearon las técnicas más modernas de la época. Llamado oficialmente Puente de Prado, curiosamente se sigue conociendo como Puente Colgante a causa del primer proyecto que no se llevó a cabo.

El Norte, testigo de la prueba del puente

Como cronista de la vida de Valladolid, El Norte de Castilla fue testigo del día a día de la construcción del Puente Colgante y en vísperas de su inauguración asistió como testigo a las pruebas realizadas a la nueva estructura que permitía a la ciudad cruzar la barrera natural del Pisuerga. El periódico detallaba la estructura del puente proyectado por Lucio del Valle: «Es de hierro forjado, a excepción de los pedestales de entrada, que son fundidos consta de dos cuchillos longitudinales, circulares en la parte posterior, los cuales terminan inferiormente por una larga viga horizontal, sobre la que se apoya una serie de viguetas que sostienen el tablero del piso».

El Norte de Castilla no reparó en elogios hacia la nueva construcción: «El puente colocado sobre el Pisuerga, frente al presidio de esta capital (?), es de hierro forjado, á excepción de los pedestales de entrada, que son fundidos, y consta de dos cuchillos o cerchones longitudinales, circulares en la parte superior, los cuales terminan inferiormente por una larga viga horizontal, sobre la que se apoya una serie de viguetas trasversales, colocadas de metro en metro, que sostienen el tablero del piso».

A la inauguración, celebrada a las cinco y media de la tarde del miércoles 19 de abril de 1865, acudieron las máximas autoridades civiles, religiosas y militares de la ciudad, así como representantes de todas las corporaciones del Estado. La bendición del arzobispo se llevó a cabo en un altar ubicado en uno de los extremos. A continuación, el gobernador civil se colocó en el centro y, «con voz sonora y en muy buenas formas, pronunció un breve discurso, encareciendo la importancia que tienen en nuestro país estas obras que, sobre ser un testimonio elocuente de los adelantos que él mismo hacen, reportan grandes ventajas a los pueblos».

En una de las riberas se ofrecieron refrescos, dulces y helados; los ingenieros Borregón y Campuzano, por su parte, «atendieron con exquisita urbanidad a todos los convidados».