Jóvenes, religiosos y rebeldes

Cartas de voluntarios que murieron en el frente de guerra revelan la motivación religiosa de la sublevación y detallan la secuencia de los acontecimientos en la ciudad

Jóvenes falangistas en el primer día de la sublevación./
Jóvenes falangistas en el primer día de la sublevación.
ENRIQUE BERZAL

César asistió a las concentraciones de Falange hacia los días que precedieron al 18 de julio. La tarde de este día y cuando se fijó que estallaría definitivamente el glorioso movimiento nacional, fue a confesarse, según dijo, «para estar preparado por lo que pudiera ocurrir». El testimonio, en ocasiones trágico y conmovedor, recrea la movilización juvenil que provocó el golpe militar del 18 de julio de 1936. Pero el párrafo anterior es solo un pequeño extracto de uno de los muchos documentos procedente de un grueso archivo familiar que recopila las vivencias de jóvenes voluntarios que murieron en el Alto del León luchando contra la República. Cedido amablemente a El Norte de Castilla, a través de esta documentación conocemos mejor las motivaciones de aquellos muchachos de 20 años que se enrolaron en las milicias antirrepublicanas porque consideraban que la religión, y con ella España, corrían serio peligro.

También José María Moreno, muerto igualmente en el Alto del León, llevaba siempre colgado el escapulario de la Virgen del Carmen, mientras que Eduardo Alonso Pérez Hickman, hijo de Rafael Alonso Lasheras, militante de Acción Popular educado en los jesuitas y fallecido en ese mismo día y lugar, «pasaba muchas noches de guardia en conventos para defender a las religiosas en caso de necesidad, caso que no se presentó, dígase en honor a Valladolid». Por eso para estos jóvenes, que apenas tenían más de 21 años, acercarse a la muerte suponía entregarse al martirio, al supremo sacrificio por la religión y por España, que eran lo mismo: «Con sangre generosa y con dolor cristiano como este, no hay duda, no puede haberla, de que España se ha de salvar. Y al llegar aquí yo pienso si Dios querrá aceptar el sacrificio que yo desde el principio le hice en mi corazón, de mi sangre y mi vida por la salvación de España. Yo también, desde hace tiempo, comprendí que España, para salvarse, necesita mártires y decidí ser, si el caso llegaba, mártir de la salvación de España», confiesa en su Diario de Guerra Jacinto Valentín, fallecido en el 30 de agosto de 1936 en la toma de Cueva Valiente.

Las cartas que contiene este archivo familiar reflejan otros muchos aspectos de la guerra en la ciudad; el más inmediato, la atracción que Falange Española, minúsculo partido de inspiración fascista que apenas sobrepasaba los 500 militantes y cuya fuerza electoral se reducía a un raquítico 2% de los sufragios obtenidos en el mes de febrero, ejercía en todos los que, aun sin militar en ella, querían participar en la sublevación al lado de las tropas rebeldes. José María Moreno, por ejemplo, militaba antes del conflicto en la monárquica Renovación Española, pero se afilió a Falange debido a «su espíritu combativo y en sus conversaciones decía que solo por entender que era partido de más lucha»; y aunque Eduardo Alonso se significó durante el periodo republicano en las Juventudes de Acción Popular, al estallar la guerra decidió enrolarse en Falange «por parecerle que allí podría ser más útil».

En Valladolid, como en el resto del país, la sublevación llevaba planificándose antes del 18 de julio de 1936. Había, a este respecto, dos tramas, una militar y otra civil, como ha escrito el profesor Jesús María Palomares. En la segunda se significaron los hermanos Cuesta, que en su finca de Mucientes aguardaban días antes al general Andrés Saliquet, líder de la sublevación en la ciudad, pero también otros muchos jóvenes falangistas, de Acción Popular y de Renovación Española, que actuaron en varios pueblos de la provincia. El detonante de su indignación fue, tal como indican las cartas, el asesinato del diputado derechista José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936: «El lunes día 13, a las altas horas de la madrugada, era cobardemente asesinado el diputado monárquico, jefe del Bloque Nacional, Don José Calvo Sotelo. La noche anterior había sido muerto violentamente el teniente de Guardias de Asalto, Castillo, instructor de las milicias socialistas (). El asesinato de Calvo Sotelo no fue, sin embargo, represalia, aunque haya quien afirme lo contrario, pues este crimen se ha demostrado que venía preparándose desde mucho antes», escribe Jacinto Valentín. «Me acuerdo mucho, madre mía, del día que mataron a Calvo Sotelo, cuando me dijiste que hiciera lo que tenía que hacer. Sí, madre mía y hermanas queridísimas, eso es lo que he hecho», puede leerse en la carta de otro joven muerto en el Alto de los Leones, fechada el 13 de septiembre de 1936. «Eran frecuentes las reuniones con otros jóvenes de las JONS [Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas], pero a partir del asesinato del gran Calvo Sotelo se hicieron diarias, pareciéndonos muy cambiado pues se le veía muy exaltado», reconocen los familiares de José María Moreno.

Desde Sardón

Eduardo Alonso, por su parte, estaba en Sardón de Duero cuando se presentaron sus primos, Antonio y Fernando Alonso Pimentel, con la noticia del asesinato de Calvo Sotelo: «Entonces se unieron todos definitivamente, comprendiendo que esta sería la gota que haría desbordarse la indignación popular». En este mismo relato se pone en evidencia el clima prebélico de conspiración que existía en Valladolid y provincia; en Sardón, se nos dice, estaban «preparados por si pasaba algo», y ya el día 11 «se presentaron su primo Antonio y su amigo José Guzmán, porque creían que el movimiento se aproximaba». José María Moreno, por su parte, pasó la noche del día 17 «con otros en casa del señor Calero en espera del golpe».

Sin embargo, los planes de los principales conspiradores, con Saiquet a la cabeza, tuvieron que adelantarse al tener noticia, el mismo 18 de julio, a la una de la tarde, de que una amplia dotación de guardias de Asalto se había negado a obedecer las órdenes del gobernador civil, Luis Lavín, de desplazarse a Madrid. Desde el Cuartel de la Plaza de Tenerías la noticia corrió como la pólvora, de modo que a las cinco de la tarde estalló de manera repentina la rebelión de los guardias de Asalto, quienes, arengados por el capitán Julián Perelétegui, se sublevaron al grito de ¡Viva España! De inmediato se lanzaron al centro de la ciudad.

Jóvenes falangistas y otros como los que aparecen en las cartas de este archivo familiar acogieron la noticia con entusiasmo y salieron raudos a las calles más céntricas para colaborar con los rebeldes. En poco más de 48 horas caerán en poder de los sublevados los centros neurálgicos del poder político y militar, Capitanía general, Gobierno Civil, Ayuntamiento y Casa del Pueblo, lo mismo que Correos y Telégrafos. Incautados estos últimos en la misma tarde del 18 de julio, por la noche cayó Capitanía y fue detenido el general Molero; a primeras horas del día siguiente se hizo otro tanto con el Gobierno Civil, presidido por Luis Lavín, quien, acompañado por su secretario Casanova, fue apresado cuando trataba de huir. El Ayuntamiento no resistió a las balas de un regimiento de Farnesio, mientras que la Casa del Pueblo, donde resistían cerca de 500 hombres, fue finalmente tomada en la mañana del día 19, para lo cual los rebeldes tuvieron que emplear una ametralladora apostada en la torre de la Catedral y una pieza de artillería situada en la calle de la Galera Vieja. 448 obreros resultaron detenidos: «19 domingo. Al bajar a misa a las 8 de la mañana, supimos que Valladolid estaba en poder de Falange Española desde las 10 de la noche anterior refiere Jacinto Valentín, después de cierta lucha. Los Guardias de Asalto simpatizantes con el Fascismo se habían negado a detener a las directivas fascistas. La caballería de Farnesio se había unido al Movimiento antigubernamental. El gobernador civil, al verse rodeado, huyó subterráneamente (¿alcantarilla?), pero fue alcanzado en las Moreras resultando herido de tres balazos () El Gobernador militar también estaba herido o muerto. Los marxistas se resistieron en la Casa del Pueblo, abriendo fuego desde la azotea contra las tropas del Regimiento de Farnesio, que les tenían situados y que tuvieron necesidad de emplazar un cañón para rendirla».

Los jóvenes que días después irían al frente no dudaron en echarse a la calle para auxiliar a las tropas rebeldes: «Varios muchachos, entre ellos Eduardo y su hermano José María, se dedicaron a cachear a los obreros sospechosos en los lugares más céntricos, quitándoles las armas (). Estuvieron cooperando con las tropas y las distintas milicias en la toma del Gobierno Civil, de la Casa de Correos y de la Telefónica (). Al día siguiente se dedicaron principalmente a buscar pacos [tiradores emboscados en los tejados] que escondidos hacían disparos que causaban más alarma que daños».

«Los niños de los ricos andan con las armas en la mano»

Días antes de que estallara la sublevación militar contra la República, varias milicias de Falange venían preparándose en Tierra de Campos con objeto de culminar el golpe. Uno de los relatos más impactantes de la inmediata conquista del poder municipal por los sublevados procede de una carta autógrafa fechada en Cuenca de Campos el 20 de julio de 1936, firmada por Isidro Pardo, pastor de la localidad, que puede consultarse en el Archivo Histórico Provincial. En ella, Isidro escribe a sus hermanos, que se encuentran en Madrid, para preguntarles por su situación ante las noticias que llegan del golpe militar, y de paso les cuenta lo ocurrido en su pueblo natal. En Cuenca de Campos, como en prácticamente todas las localidades de la comarca, los leales al gobierno apenas pudieron organizar una resistencia eficaz al golpe, el cual vino acompañado de una durísima represión política contra las autoridades locales, militantes republicanos y sindicalistas: «No me decís nada de lo que pasa en Madrid y nosotros estamos intranquilos, porque aquí se a declarao la guerra civil y an tomao el Ayuntamiento los de antes, los del fascio y barios que se an asumido () están en la calle con escopetas y pistolas, y oy mismo an apresao a los del Ayuntamiento y a la directiva de la sociedad obrera, y piensa apresar a otros barios, así que niños de siete años de los ricos andan con las armas en la mano, asta hora no abido tiroteo por que los obreros no se mueven por que no hay fuerza, pero con todo esto estamos aterrorizaos, por que por menos de nada te ponen el arma al pecho, estos pueblos de al rrededor están todos tomaos por el fascio, así que a vuelta correo me escribís y me contáis lo que pasa».

«El 18 por la tarde con otros al grito de Viva España recorrieron las calles céntricas y al anochecer en el Regimiento de San Quintín les dieron fusil, estuvo tirando contra los de la CNT que se hicieron fuertes en su domicilio detrás de la Plaza del Val y después contra el Ayuntamiento y el 19 en varios tejados contra los pacos en Portugalete y la Plaza de San Miguel y después el 20 en la estación y el 21 en varios pueblos», refieren los familiares de José María Moreno.

Y de la ciudad, a los pueblos: «Los fascistas que la noche antes eran perseguidos, ahora montaban en autos para marchar a los pueblos que presentasen resistencia: Olmedo, Laguna, etc.», refiere Jacinto Valentín, mientras César Sanz, al tiempo que se trasladaba con voluntarios a Ávila para rescatar de la cárcel a falangistas como el propio Onésimo Redondo, aprovechaba el viaje para tomar Alcazarén, «habiéndose enterado de que los marxistas se habían hecho fuertes» en el pueblo. A Valladolid llegó pronto la noticia, el mismo 19 de julio, de la inminente llegada de una columna compuesta por 2.500 mineros asturianos que se dirigían a defender Madrid del asedio de los sublevados. Eduardo Alonso se trasladó a Benavente, donde pararon el día 20, para hacerles frente, pero no pudo encontrarles porque ese mismo día los mineros partieron hacia su lugar de origen al conocer que el general Aranda se había sublevado en Oviedo: «Veinte muchachos se coocaron en la avanzada con la orden de disparar hasta que se acabasen las municiones y después se defendieran con las bayonetas. Esto era ir a una muerte segura. Pero no dudaron un momento». La muerte, sin embargo, les aguardaba en otro sitio, concretamente en el mítico paraje del Alto del León.

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