El vallisoletano que negoció con Hitler

Testigo de la famosa entrevista de Hendaya de octubre de 1940, de la que se cumplen 75 años, Antonio Tovar intervino en varias reuniones preliminares para fijar la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial

ENRIQUE BERZAL

«Querido Führer: En el momento en que bajo su guía los ejércitos alemanes están finalizando victoriosamente la mayor batalla de la historia, deseo manifestarle la expresión de mi entusiasmo y admiración, así como la de mi pueblo que conmovido contempla el glorioso desarrollo de una lucha que siente como propia y que llevará a término las esperanzas que ya alumbraron en España cuando vuestros soldados compartían con nosotros la guerra contra los mismos enemigos».

Era finales de junio de 1940 cuando Franco expresaba de esta manera a Hitler su admiración por lo que consideraba un imparable avance triunfal de Alemania en la Segunda Mundial. La misiva, desvelada en su día por Jesús Palacios en el libro Las cartas de Franco, preparaba el camino de un encuentro para negociar la entrada de España en el conflicto. Era el preludio de la célebre y finalmente fracasada- entrevista en la estación de Hendaya, de la que hoy se cumplen 75 años y sobre la que tantos ríos de tinta se han derramado.

Uno de los testigos de aquella histórica jornada, que tan traumática resultó para los intereses del Caudillo, fue el eminente filólogo Antonio Tovar Llorente, cuyo concurso como intérprete y hombre de confianza de Ramón Serrano Suñer se reveló vital para la preparación del encuentro.

Nacido en Valladolid en 1911, cuando estalló la guerra mundial Tovar ya había dado el salto desde la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de Falange hasta la dirección general de Enseñanzas Generales y Técnicas. Tras licenciarse en Derecho, Historia y Filología Clásica viajó a París con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios, pero fue en Berlín, en 1936, donde lo cautivó el nacionalsocialismo. Pergeñó entonces su teoría de la necesidad de restaurar el Imperio español de Carlos V y al estallar la conflagración mundial barruntó la posibilidad de que España entrara en el club de las grandes potencias que se repartirían el mundo, junto a la Alemania nazi y la Italia fascista.

Íntimo de Dionisio Ridruejo y de Ramón Serrano Suñer, militó en el bando más radical y nazificado de Falange y por eso acogió con entusiasmo, el 16 de junio de 1940, la entrada de tropas alemanas en París, ocasión que España aprovechó para ocupar Tánger. Dos días antes, por cierto, nuestro país había superado la previa declaración de neutralidad al modificar su estatus al de «país no beligerante», lo que equivalía a una beligerancia moral al lado de las potencias del Eje.

Viaje a Berlín

Dominador ya de buena parte de Europa, Hitler fiaba la derrota de Inglaterra a la llamada «Operación León Marino», que planteaba el desembarco en las islas a base de la supremacía aérea. Sin embargo, a mediados de septiembre, la heroica resistencia de la Royal Air Force le obligó a posponer el plan y cambiar de estrategia. Fue en ese momento cuando la «Operación Félix», consistente en cerrar el Mediterráneo a los buques ingleses, colocó a España en el punto de mira de los intereses del Führer: con objeto de forjar un gran frente anti británico junto a la Italia de Mussolini, la Francia de Vichy y la España de Franco, el líder nazi aceleró las conversaciones.

Ramón Serrano Suñer, en ese momento ministro de la Gobernación y encargado de facto de Asuntos Exteriores (el 15 de octubre relevará a Beigbeder en esta cartera), se lanzó a ello y desde principios de septiembre emprendió junto a Tovar una importante gira de entrevistas con los principales líderes políticos de la Alemania nazi y la Italia fascista. El objetivo, negociar la entrada de España en el conflicto al lado de las potencias del Eje, cuyo concurso, por cierto, había sido determinante para que la guerra civil se decantara del lado franquista. Pero era menester hacerlo en condiciones lo más ventajosas posibles para nuestro país, devastado por los tres años de guerra y repleto de carencias de todo tipo, especialmente de combustibles y materias primas.

Las exigencias españolas no eran otras que las fijadas por Franco en la carta que el general Vigón, jefe del Alto Estado Mayor, entregó a Hitler el 16 de junio: España entraría en guerra contra Reino Unido a cambio de Gibraltar y siempre que se le asegurara, además de ayuda material y militar, todo el Marruecos francés, la región de Orán en Argelia, el avance del Sahara español hasta el paralelo 20º Norte y la ampliación de la Guinea española en detrimento de la antigua colonia alemana del Camerún.

Con tales bases de partida Serrano Suñer, acompañado en todo momento por Antonio Tovar, emprende su periplo internacional, que del 12 al 19 de septiembre discurre en Berlín. Las entrevistas que mantienen los días 16 y 17 con Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores, y con el propio Hitler no deparan buenos presagios: en previsión de que la guerra se prolongara y terminara convirtiéndose en un enfrentamiento entre el continente europeo y americano, los líderes nazis no solo insisten en la ocupación alemana de Gibraltar para bloquear la amenaza británica, sino también en la instalación de tropas en Marruecos y en la cesión, por parte española, de una isla de las Canarias para convertirla en base aérea y naval.

Aunque en tales planteamientos no falta una vaga promesa de entregar a España, previo tratado de paz con Francia, su zona de Marruecos excepto las bases de Agadir y Magador, Serrano no puede por menos que oponerse a tales extremos. Al igual que Franco, ve con buenos ojos la ocupación alemana de Gibraltar pero no así la instalación de bases nazis en Marruecos y Canarias, parte exclusiva del «Imperio español».

Recompensado a mediados de octubre con la cartera de Asuntos Exteriores, Serrano no tarda en nombrar a Tovar subsecretario de Prensa y Propaganda del Ministerio. Como tal lo incluyó en el imponente séquito que el 23 de octubre de 1940 acompañó a Franco a la estación de Hendaya para entrevistarse con Hitler y acordar la entrada de España en la guerra.

Aquel encuentro, sin embargo, no pudo ser más frustrante para las expectativas de Franco; también, dadas las circunstancias, para los apremiantes planes de Hitler. Las exigencias españolas de partida ayuda militar, suministros de trigo y petróleo y, sobre todo, cesiones territoriales a costa del imperio francés en el Norte de África- lastraron sin remedio el resultado de aquel encuentro.

Condiciones imposibles

Era comprensible: Hitler, que un día antes se había entrevistado con Pierre Laval y al día siguiente lo haría con el mariscal Petain para afianzar el compromiso francés en la contienda, no estaba en condiciones de asegurar unas cesiones que, consecuentemente, serían mal recibidas por la Francia de Vichy.

Convertida en un diálogo de sordos pese a sus más de tres horas de duración, la entrevista de Hendaya no contó con la presencia activa de Tovar, que por imposición alemana fue excluido de las conversaciones, mantenidas en el vagón Erika de Hitler, junto al embajador español, Espinosa de los Monteros; a ambos no les quedó más remedio que aguardar paseando por el andén de la estación. Los intérpretes fueron Gross por parte alemana y el barón de las Torres por parte española.

Al salir del vagón, el fracaso era evidente; tanto, que el barón de las Torres acertó a oír el comentario airado de Hitler: «Con estos tipos no hay nada que hacer». En el lado español, Tovar y demás miembros del séquito acompañante asistieron sobresaltados al estallido de ira de Franco: «¡Esto es intolerable! ¡Quieren que entremos en guerra a cambio de nada! No nos podemos fiar de ellos si no contraen el compromiso formal de cedernos desde ahora los territorios que nos pertenecen por derecho».

El Norte de Castilla, como el resto de la prensa española, ventiló la entrevista con la escueta nota de prensa enviada esa misma tarde-noche: « El Führer ha tenido hoy con el Jefe del Estado español, el Generalísimo Franco, una entrevista en la frontera hispano-francesa. La entrevista ha tenido lugar en el ambiente de camaradería y cordialidad existentes entre ambas naciones. Tomaron parte en la conversación el ministro de Relaciones Exteriores del Reich, von Ribbentrop, y el ministro de Asuntos Exteriores de España, señor Serrano Súñer».

Tras el improductivo encuentro, Ribbentrop exigió a Serrano la firma de un protocolo en el que España se comprometía a entrar en la guerra cuando Alemania determinase; para colmo, le conminaba a entregarlo a la mañana siguiente. En su lugar, se le hizo llegar una versión reducida en la que España se comprometía a adherirse al pacto tripartito (Alemania, Italia y Japón) y a entrar en la contienda en una fecha futura, sin determinar, tras consultar con Alemania e Italia.

Pero no todo quedó ahí. Tal y como ha escrito el propio Serrano Suñer, «tan pronto llegamos a Madrid, [Franco] me pidió que buscara con urgencia a Antonio Tovar porque quiero escribir la carta que aquel hombre se merece». Fechada en El Pardo el 30 de octubre de 1940, la misiva redactada por el vallisoletano reconocía que «ante la necesidad por Vos expresada de acelerar la guerra, incluso llegando a una inteligencia con Francia, que eliminase los peligros resultantes de la dudosa fidelidad del ejército francés de África al Mariscal Pétain, fidelidad que con toda certeza desaparecería si de cualquier modo fuera conocido que existía un compromiso o promesa de cesión de aquellos territorios, me pareció admisible vuestra propuesta de que en nuestro pacto no figurase concretamente lo que es nuestra aspiración territorial».

Acto seguido, sin embargo, Franco insistía en las demandas: «Con arreglo a lo convenido, por esta carta Os reitero las legítimas y naturales aspiraciones de España en orden a su sucesión en África del Norte sobre territorios que fueron hasta ahora de Francia. Con esto España no hace sino reivindicar lo que le corresponde por un derecho natural suyo. ()

Reitero, pues, la aspiración de España al Oranesado y a la parte de Marruecos que está en manos de Francia y que enlaza nuestra zona del Norte con las posesiones españolas Ifni y Sahara».

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