Valladolid estrena cárcel

Inaugurada el 20 de julio de 1935, la prisión que sustituía a la terrible de Chancillería encarnaba el ideal humanitario que propugnaba El Norte de Castilla. Hoy es el Centro Cívico ‘Río Esgueva’

Celda de la 'Cárcel nueva' de Valladolid en los años 60./
Celda de la 'Cárcel nueva' de Valladolid en los años 60.
ENRIQUE BERZAL

«Es necesaria, porque nuestra ciudad ha tenido hasta hace unos días una cárcel que era sencillamente una vergüenza. La vieja Chancillería, caserón vetusto, antihigiénico y destartalado, no podía decirse sin agravio que fuese un establecimiento penitenciarlo. Era no más que un encerradero de hombres, carente de las mínimas condiciones que al menos por humanidad precisan tener las prisiones». Aquel reportaje, publicado en El Norte de Castilla el 20 de julio de 1935, significaba mucho para su redactor, el periodista Eduardo López Pérez, autor de esas líneas tan sentidas.

Porque él había liderado la campaña iniciada veinte años atrás por el decano de la prensa para, precisamente, conseguir una prisión decente, más humanitaria. No podía entender López Pérez que «la cárcel de Chancillería siguiera funcionando, a pesar de las protestas vivas de cuantos la conocían. Porque no había quien la visitase que no saliera indignado, reclamando la urgente construcción de una nueva prisión». De ahí el expresivo título de aquel reportaje que el 20 de julio de 1935 festejaba la inauguración de la nueva prisión provincial: «¡Por fin se cerró la vieja cárcel de la Chancillería! Una visita a la nueva prisión provincial de Valladolid, que ya está poblada».

Lo cierto es que había tenido que pasar mucho tiempo para ver materializado tamaño deseo. Fue en el primer quinquenio de los años 20 cuando el alcalde Vicente Moliner, azuzado por El Norte de Castilla, inició los trámites necesarios para construir el nuevo presidio; y en 1928 cuando su sucesor, Arturo Illera, formalizó a tal efecto la cesión al Estado de los terrenos que en su día había cedido el Ayuntamiento a la Casa de Beneficencia, en el Camino del Cementerio. Aprobada su construcción por decreto en julio de 1931 su presupuesto ascendía a 1.773.096 pesetas-, las obras, sin embargo, no comenzarían hasta 1932, fecha cargada de significado habida cuenta del nuevo rumbo iniciado en la política penitenciaria por el gobierno republicano.

En efecto, aún pervivía el espíritu humanitario impulsado por Victoria Kent, directora general de Prisiones que introdujo medidas tendentes a mejorar las condiciones de vida de la población reclusa, incrementar sus derechos y acabar con las corruptelas y abusos del Cuerpo de funcionarios. Aunque fallido, el objetivo no era otro que erradicar la tradición punitiva de la política penitenciaria española, esa que, según confesión del propio López Pérez, personificaba cierto presidente de la Audiencia vallisoletana cuando se le alertaba sobre la pésima situación de los reclusos:

«Para quien entra en Chancillería bien está aquello. Lo demás, créame usted, son sensiblerías de ustedes los jóvenes románticos que se dejan impresionar por estas cosas». Levantada según los proyectos del contratista Joaquín del Campo, la nueva prisión se inauguró el 20 de julio de 1935. Todo en ella era revolucionario, a tenor de los pésimos antecedentes.

Constaba de departamento de hombres y de mujeres, 36 celdas, dos dormitorios para 120 reclusos cada uno, patio, comedor, escuela con biblioteca y «servicios de higiene» en los sótanos. Todo ello, insistía López Pérez, para hacer más cómoda la penosa estancia de la población reclusa. Ejemplos no le faltaban:

El patio del departamento mujeres, por ejemplo, era «amplio, soleado, de piso de cemento», con lavadero y una marquesina de uralita para pasear en días de lluvia. En las 36 celdas, convenientemente ventiladas, destacaban las «puertas de madera chapeada, con mirilla y cancela interior de hierro», tenían un servicio en la esquina y lavabo con agua corriente, cama-somier de hierro, banco-mesa y repisa-rinconera para los utensilios y efectos del preso.

Amplios y muy ventilados, de altos techos, eran los dos dormitorios, cuyos grandes ventanales provistos de rejas daban al patio central, mientras que el comedor también destacaba por su gran capacidad y excelentes condiciones de ventilación y luminosidad. El día de la inauguración, por ejemplo, los internos almorzaron arroz con bacalao y patatas, rancho que el plumilla interpretaba como señal de los nuevos modos, más humanitarios, que comenzaban a imponerse en el presidio vallisoletano:

«Voy a decirte, lector, lo que además toman al día. Por la mañana, a las ocho, café con leche y un riche. A las doce, sopa de fideo o de arroz y cocido con patata, tocino y carne, y el rancho a las seis de la tarde [arroz con bacalao y patatas], variado, toda la semana».

En la escuela, que disponía de una amplia biblioteca, se impartían clases a diario de diez a doce de la mañana era obligatoria la asistencia para los menores de cuarenta años-, no faltaban servicios médicos para hombres y mujeres y tampoco podía pasarse por alto la «profusa y perfectamente distribuida instalación de luces eléctricas y servicios de teléfonos internos y externos».

Con capacidad para 600 reclusos, en aquel momento habitaban la nueva prisión 250 hombres y 3 mujeres. El director, Ramón del Campo, «funcionario inteligente, capacitado y entusiasta de la función delicada y difícil», parecía identificado con el ideario humanitario de Victoria Kent, quien le había trasladado a Valladolid después de un largo periplo de 32 años de servicio. De hecho, ya había estado con anterioridad en la ciudad del Pisuerga, pero al frente de la cárcel de Chancillería; siete años después pasó a la Colonia Penitenciaria del Dueso y de ahí a Salamanca antes de regresar a Valladolid.

Le acompañaban el administrador Antonio Tejedor, diez oficiales, dos guardias de seguridad, el médico Julio Martínez, la celadora Mauricia Ibáñez y el maestro Julián Bárcena. En definitiva, una prisión más que adecuada a esa concepción correccionalista y humanitaria que López Pérez defendía con ardor: «Nadie que no haya perdido la libertad por defenderla con dignidad sabe lo que ella vale. Y lo que pesa su falta. No puede seriamente decirse que tienen los presos más de lo que merecen porque duerman en departamentos o celdas ventilados, amplios, higiénicos, puedan lavarse o ducharse y pasear no por galerías chorreantes de humedad y patios lóbregos, sino donde hay ventilación, pleno sol y se ve el cielo».

Las fotos de Cacho, publicadas a toda página ese mismo día, eran buena prueba de aquella «nota viva de color y animación» incrustada en el ya de por sí triste Camino del Cementerio, que pretendía hacer realidad el clásico axioma: «Odia el delito y compadece al delincuente».

Lo cierto es que la cárcel nueva, como empezó a ser conocida desde aquel mismo 20 de julio de 1935, comenzaría a volverse demasiado vieja cuarenta años después. Cuando en junio de 1985 se inauguró la actual de Villanubla, aquel edificio de vanguardia pasó a ser «la cárcel vieja» y a emplearse para albergar eventos culturales. Los vecinos del barrio no tardaron en reclamarlo para sus actividades. El Ayuntamiento, que entonces presidía Tomás Rodríguez Bolaños, solicitó del Ministerio de Justicia el retorno de la cesión; y en marzo de 1990, merced a un convenio con la Universidad, quedó establecida su nueva vida: la parte histórica sería un Centro Cívico el actual Río Esgueva- y el resto serviría para edificar la Escuela de Empresariales, inaugurada e enero de 1994.

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