Dos mil kilómetros en moto hasta Roma

Lo mejor del verano de 2010 no solo fue disfrutar de una inolvidable semana en la ciudad eterna, sino también las aventuras que vivimos durante el camino de ida y vuelta en moto

Frente al Coliseo de Roma, junto a la BMW K75 en la que viajamos./Alejandro Martín
Frente al Coliseo de Roma, junto a la BMW K75 en la que viajamos. / Alejandro Martín
Rebeca Alonso
REBECA ALONSOValladolid

En la película 'Rebeca', del genial Alfred Hitchcock, Joan Fontaine le dice a Laurence Olivier durante un éxtasis de felicidad y enamoramiento que le gustaría embotellar y almacenar los buenos recuerdos y poder volver a abrirlos, intactos, cuando quisiera. Me viene a la cabeza esa escena de una cinta que, curiosamente, es la razón de que yo me llame Rebeca, al recordar el que probablemente fue el mejor verano de mi vida y que marcó el inicio de una nueva etapa.

En primavera del año 2010 comenzó a fraguarse en mi mente una idea que me tentaba y asustaba al mismo tiempo pero que, influida por -¡oh!- el amor y las terribles ganas de aventura, llegó a un punto de no retorno. Mi pareja -motero de toda la vida, de los que pasan frío en Pingüinos- y yo soñábamos con conocer Roma a sabiendas de que eso de ver 'piedras antiguas' es lo nuestro. Me sorprendí a mí misma cuando pensé: ¿Y por qué no ir sobre dos ruedas? La intención era doble: brindarle una escapada a lomos de su fiel compañera y probarme a mí misma en un viaje diferente, libre, sin la comodidad ni la planificación de un avión o un tren.

Así que cuando llegó agosto cargamos las dos maletas laterales de la curtida BMW K75 de mi novio -hoy marido-, además del 'top case' trasero y una bolsa anclada sobre el depósito de gasolina, un espacio a todas luces insuficiente para guardar mi ropa, útiles de aseo y equipamiento de motera, pero al que resignadamente me tuve que ajustar. La primera etapa Valladolid-Irún no fue especialmente dura. Al día siguiente llegamos a un pequeño pueblo de La Provenza francesa donde pasamos la noche. El tercer día fue el más intenso. En la primera parte, toda una delicia para los sentidos, se nos antojó parar unos minutos en Cannes -es lo que tiene la moto- y comer en un mirador de la carretera que dominaba sobre Niza. Pero la Costa Azul se nos acabó indigestando con sus curvas sinuosas y retorcidas que sumaban demasiado tiempo y pocos kilómetros, así que decidimos otorgar una pequeña concesión a nuestras arrinconadas facetas burguesas y proseguir por la autopista. Tras un cansado viaje llegamos a Pisa y su bello perfil nos hizo olvidar esa sensación de espalda oxidada tras tanto tiempo en la misma postura. Aprovechamos nuestras pocas horas de estancia para disfrutar de -cómo no- su torre inclinada, su ambiente festivo y un delicioso 'latte macchiato'. El único problema del corto trayecto Pisa-Roma fue una fina lluvia que, poco después de partir, nos obligó a parar en una gasolinera y enfundarnos en las protecciones pertinentes. Las nubes se disiparon en media hora y conseguimos llegar a Roma secos y con la ilusión intacta ante una semana por delante para disfrutar de la ciudad eterna.

Nuestro apartamento se encontraba en una estrecha callejuela junto a la Piazza Campo di Fiori, que cada mañana se convertía en un bullicioso y colorido mercadillo. En cinco minutos andando llegábamos a la Piazza Navona, donde nos resultaba imposible pasar sin degustar un delicioso helado sentados junto a sus imponentes fuentes barrocas. Nos enamoramos sin esfuerzo del Foro, del desafiante Coliseo y del Castelo de Sant'Angelo y sus vistas. Pero no solo de los grandes monumentos, sino también de los pequeños rincones, de sus gentes y de los bocadillos caprese caseros. El mejor lo comimos en una pequeña tienda de alimentación. Nos hicimos 'amicos' del dueño, quien nos confesó que la elaboración de la mozzarella era su 'cavallo di battaglia' y nos invitó a un helado de 'mela'.

Abandonamos Roma con el propósito de volver a la que posiblemente se convirtió en nuestra ciudad favorita del extranjero -puede que el próximo año, cuando se cumplan diez años de aquella epopeya motera-. Paramos a comer en Florencia con la esperanza de practicar turismo exprés pero, abrumados por sus encantos, nos dimos cuenta de que la ciudad era inabarcable en unas horas así que reanudamos nuestro camino con una espinita clavada que nos quitamos hace unos meses. Y es que Italia tiene algo que nos hace sentir como en casa, conectar con el pasado, parar el tiempo.

Tratamos de alojarnos en Mónaco -¡qué ilusos!- pero era agosto en la Costa Azul y no solo fue imposible allí sino también en el pueblo siguiente y en el de después… por lo que tuvimos que seguir acumulando kilómetros hasta bien entrada la noche. Perdíamos ya la esperanza cuando el recepcionista de un hotelucho de carretera nos dijo 'oui' y pronto caímos rendidos en la cama con el cuerpo entumecido. Al día siguiente, y con picaduras de vaya usted a saber qué bicho, proseguimos hasta cruzar la frontera con España. A esas alturas yo echaba mano de un fiel amigo para una hija única nacida en los 80 como yo: la imaginación. Luchaba contra el aburrimiento de ir 'de paquete' e incluso contra la peligrosa tentación -aunque suene increíble- de dormirme. Paramos en Tárrega donde, irónicamente, comimos la mejor pizza del verano en un restaurante con horno de leña. Por la mañana emprendimos el regreso a casa. Unas horas después, con 4.000 kilómetros a nuestras espaldas, llegamos a nuestra querida Valladolid. Al día siguiente nos mudamos a nuestra nueva casa. Pero esa ya es otra historia.