Las caravanas son para el verano

No recuerdo mejores vacaciones que aquellas que pasé con mi familia y nuestra caravana recorriendo el norte de España

Mis padres, mi hermano y yo en uno de esos veranos de caravana/
Mis padres, mi hermano y yo en uno de esos veranos de caravana
Aythami Pérez Miguel
AYTHAMI PÉREZ MIGUELBurgos

Dicen que mis primeras vacaciones en caravana fueron con tres años. Mis recuerdos de esas primeras vacaciones se ciñen a lo inducido por los relatos de mis padres. Lo que ya no se borrará jamás es la sensación que todos esos veranos de caravana dejaron en mí. Cuando yo tenía tres años y mi hermano uno nuestros padres decidieron comprarse una caravana.

No recuerdo vacaciones de verano en hoteles o apartamentos y sí en multitud de campings del norte de España. A mi padre no había forma de sacarlo del clima atlántico. Por mí como si nos íbamos al camping más cercano, lo importante era enganchar esa casa con ruedas al coche y llegar a un nuevo destino. En este proceso algo llamaba mucho mi atención, eran esos espejos retrovisores supletorios que poníamos en el coche, nunca se cayeron, pero en mi mente era la opción más viable.

Al hacer memoria de estos veranos también puedo observar la evolución que sufrimos mi hermano y yo. En un principio, cuando llegábamos a un camping, mis padres eran los únicos responsables de instalar todo lo que sería nuestro hogar en los siguientes días. La tarea de mi hermano y la mía consistía en ir a buscar a otros niños con los que divertirnos. Seguramente era más sociable que ahora. Pero según crecíamos, nos gustaba ayudar en la instalación, sentirnos mayores y eficientes.

En la obra 'Las bicicletas son para el verano', de Fernando Fernán Gómez, las bicicletas pueden tener un doble significado. En este caso, el símil hace referencia exclusivamente a la parte positiva, a que la caravana para mí, y estoy segura que también para mi hermano, significaba juego, diversión, libertad y autonomía y, por supuesto, unión. La casa familiar no era, ni es, el palacio de Buckingham pero, obviamente, era más grande que una caravana. Allí había que organizarse, tener paciencia y respeto porque se comparten muchos momentos muy juntos.

Pese a compartir un espacio pequeño no recuerdo grandes broncas, quizá también porque, como se dice en 'El amor en los tiempos del cólera', «la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos». Lo que yo recuerdo es sincronización, unión, relajación y libertad. Casi vivíamos en la calle, normalmente en campings muy cercanos a la playa, lugares que podían cambiar al día siguiente simplemente con agarrar la caravana al coche. Uno de mis momentos favoritos era cuando caía la noche, la tranquilidad se apoderaba del lugar, nos preparábamos para irnos a la cama y podías dar las buenas noches a toda tu familia a la vez.

Esa primera caravana que mis padres compraron se quedó pequeña y nadie quería unas vacaciones distintas. Así que la pequeña roulotte fue sustituida por una más grande, una en la que incluso podíamos tener invitados. Jamás olvidaré los cuentos de miedo que mi abuela se dedicaba a contarnos a mi hermano y a mí un verano que nos acompañó. Digo que nos los contaba a mi hermano y a mí, pero supongo que mis padres también los escucharían, no creo que la cortina que separaba estancias impidiese el paso del sonido.

Los veranos en caravana eran sencillos, con muchas improvisaciones y sorpresas, pero con relajación. No conozco mayor tranquilidad que la de leer en la parcela con una pequeña luz antes de meterte a dormir completamente relajado. Esos veranos han marcado mi forma de concebir un viaje. En la actualidad sigo reservando unos días para pasarlos de vacaciones en algún camping, ya no hay caravana pero se está fraguando un proyecto de autocaravana que me tiene completamente emocionada. «Sabe Dios cuándo habrá otro verano».