Imagen del torneo de 1956.
Imagen del torneo de 1956. / Imágenes cedidas por el Archivo Provincial de Valladolid

Cuando Franco limitó el Toro de la Vega

  • De 1966 a 1969 el torneo se convirtió en un encierro sin alanceamiento del morlaco

«Es odioso e inolvidable ver al torillo cerca de un árbol solitario, en el camino polvoriento, echando humo, sangre, bramando, mártir de un capricho (…). Su agonía es motivo de burlas. Se le pincha cada vez con más villanía, con más barbarie. Se le insulta. (…). En el hierro de una lanza, un desvergonzado cabalga llevando como trofeo aquellas vísceras de nombre masculino que solo los toros ya pueden ostentar sin vergüenza».

Así describía el festejo tordesillano por excelencia, hace justamente cien años, uno de los escritores antitaurinos más célebres de nuestro país; se llamaba Eugenio Noel y su inquina hacia este tipo de espectáculos era de sobra conocida. No por casualidad, su libro ‘Las capeas’, publicado como decimos en 1915 y dedicado al pintor Zuloaga, se abría con un capítulo dedicado a «El Toro de la Vega de Tordesillas». Un alegato antitaurino en toda regla.

Pocas voces, sin embargo, se alzaban entonces contra lo que en Tordesillas y en otras muchas localidades de España era considerada «una tradición ancestral» y una costumbre «arqueológica», cuando no, simplemente, como «el clásico espectáculo del lanceamiento del ‘Toro de Vega’».

Y eso que ya en noviembre de 1900 y febrero de 1908, por ejemplo, el Ministerio de la Gobernación había publicado sendas Reales Órdenes instando a alcaldes y gobernadores civiles a prohibir este tipo de festejos: «La costumbre arraigada en muchas localidades de organizar capeas o corridas de toros en calles y plazas públicas sin las precauciones necesarias para evitar desgracias personales exige V. S. adopte las medidas indispensables a fin de que no consienta en adelante esos peligrosos espectáculos», señalaba la de 1908, mientras que la Real Orden de 1900 se refería a tales costumbres como «incultas diversiones».

Muchas autoridades, sin embargo, hicieron caso omiso de las disposiciones del Ministerio. Fue a mediados de los años 50 del pasado siglo cuando el Toro de la Vega rebasó las estrechas fronteras provinciales para acaparar la atención de diversos colectivos nacionales. Buena culpa de ello tuvo el NO-DO franquista, que el 27 de septiembre de 1954 dedicó poco más de un minuto del noticiario a la tradición tordesillana, sin ocultar, en la parte final, el alanceamiento del animal.

Impacto negativo

Claro que peor impacto en la opinión pública tuvieron las imágenes de 1956 y 1957, ediciones multitudinarias en las que en la persecución del toro no faltaron, en cantidad desmesurada, jeeps, tractores, remolques y vehículos de motor, lo que imprimió brutalidad al evento. La reacción no se hizo esperar, incluso traspasó las fronteras nacionales.

En efecto, el 10 de septiembre de 1958, Dolores Marsans-Comas, consejera –y más tarde vicepresidenta– de la World Federation for the Protection of Animals, escribía al gobernador civil de Valladolid, Antonio Ruiz-Ocaña Remiro, rogándole la supresión del espectáculo de ese año; al no conseguirlo –el Toro de la Vega se celebró el día 16– le reiteró por carta su rechazo a «uno de los muchos espectáculos crueles que resultan impropios de la civilización de nuestro siglo y contribuyen a alimentar en el mundo la leyenda de la crueldad de los españoles».

Lo cierto es que hasta el mismo gobernador vallisoletano reconocía la razón que amparaba a tales quejas, según se desprende de la carta que el 28 de septiembre envió al director general de Política Interior, Manuel Chacón Secos: «Examinado el problema para el futuro, no he de ocultarte que habría que hacer la suspensión del espectáculo (del Toro de la Vega), con cierto tacto pues se trata de una tradición de siglos».

A partir de ese momento, Marsans-Comas y el conde de Bailén, Carlos Arcos y Cuadra, que además era ministro plenipotenciario y jefe de Información del Ministerio de Asuntos Exteriores, redoblaron esfuerzos en contra del festejo tordesillano. Un hito importante en este sentido fue la creación, en mayo de 1960, de la Asociación contra la Crueldad en los Espectáculos (ACCE), con sede en Madrid, presidida por Arcos y entre cuyos fundadores figuraban, aparte de Marsans, personalidades como la princesa de Hohenlohe, Carlos Luis de Cuenca (decano de la Facultad de Veterinaria), fray Julio Elorza (superior y delegado general de San Francisco el Grande) y el escritor Antonio de Obregón.

Además de proponer que las corridas de toros fueran convertidas en «un espectáculo incruento», la Asociación instaba a suprimir «espectáculos cruentos» como las peleas de gallos y las de carneros, las capeas, «las pruebas de bueyes en que se les hostiga con aguijones», el Toro de Vega, el Toro de Fuego y la «Fiesta de los Gansos».

Campaña mediática

El activismo de la ACCE se hizo notar muy pronto: en 1961, por ejemplo, el conde de Bailén publicaba en la revista ‘Pregón’ un artículo, titulado expresivamente ‘Espectáculos crueles’, en el que esgrimía enseñanzas pontificias contra «todo deseo de matar animales sin motivo justificado, toda crueldad inútil, toda dureza innoble hacia ellos»; y ese mismo año se presentó en las Semanas Internacionales del Toro de Lidia, celebradas en Salamanca, para solicitar la supresión del Toro de la Vega.

Los defensores del festejo tordesillano no se quedaron parados. El más destacado de todos ellos, Eusebio González Herrera, se apresuró a exponer sus razones en la prensa a través de artículos como «Un festejo tradicional: el Toro de la Vega, de Tordesillas, está vinculado a la Historia. Encarna lo más viril de Castilla, junto a la bravura del genio hispano», publicado en el diario ‘Libertad’. Para González Herrera, los lanceros de Tordesillas eran «gladiadores helénicos», el alanceamiento semejaba un «aguafuerte goyesco» y el espectáculo en sí constituía el «molino de viento del Quijote de la eterna Castilla». Según González Herrera, el de Tordesillas era «un festejo que encarna la bravura del genio hispano, fiesta en que la fiera está en igualdad de condiciones que el hombre y donde no existe otro martirio que el de la pelea, de poder a poder, y que solo dura unos instantes».Aún más: como respuesta directa a lo publicado por el conde de Bailén, este mismo escritor dejó claro en El Norte de Castilla que «el animal sufre un noventa por ciento menos que en cualquier plaza de toros, en donde a veces los pinchazos pasan de veinte descabellos en esas tardes en que a la espada no le acompaña la suerte».

Con todo, la Asociación no reparó en medios y en diciembre de 1963, tras una intensa campaña de presión, logró del Ministerio de la Gobernación la publicación de una Real Orden que prohibía la crueldad en los festejos populares, advirtiendo sobre «los denominados ‘Toro de la Vega’, Toro de Fuego’, ‘Fiesta de los Gansos’, etc., que por ser causa de innecesario sufrimiento para los animales objeto de ellos, desdicen de nuestro nivel cultural y ofrecen, por tanto, un pretexto para que se organicen campañas de descrédito contra España».

Además de disponer la supresión de dichas fiestas «en un futuro», la circular recomendaba emprender «una inteligente campaña encaminada a persuadir a los vecinos del lugar respecto de que la desaparición de la fiesta viene exigida por razones de civilidad e interés nacional».

Pese a ello, el Toro de la Vega siguió celebrándose en las ediciones siguientes, dándose el caso, según la crónica publicada en ‘Libertad’, que en la de 1965 se sacó a un toro que, por falta de visión, hubo de ser sustituido por otro que nada más llegar a la calle de San Antolín corneó a un mozo; lo peor vino después: «El toro llegó hasta el puente y alcanzó los corrales sin pena ni gloria. En vista de ello, se ató al verdadero Toro de la Vega, el cual fue llevado desde el puente hasta el pueblo, fue soltado e inmediatamente lanceado, cuando la res se encontraba sin fuerza alguna».

Paciencia agotada

A raíz de ello, la paciencia del Ministerio de la Gobernación se agotó, por lo que instó al Ayuntamiento a suspender el festejo. Lo que ocurrió después lo relata de esta forma el Servicio de Información de la Guardia Civil de Valladolid, en nota fechada el 11 de septiembre de 1966:

«Al no conseguir la comisión de unos 30 individuos representando al Municipio, el Comercio, el Consejo Local de Falange Tradicionalista y de las JONS, etc., la autorización correspondiente del Excmo. Gobernador Civil, el día 8 salió una comisión integrada por el alcalde, dos concejales y un miembro del Consejo Local de FET y de las JONS, quienes en Madrid consiguieron del director general de Política Interior, señor Aramburu, influyese cerca del Gobernador Civil de esta provincia para que autorizara la celebración del festejo, lográndolo, si bien sujeto a una nueva modalidad y bastante restringido el modo de correrlo».

Denominada en el programa de aquel año simplemente como «Fiesta Tradicional», se celebró el 13 de septiembre y hubo de ser escoltada por fuerzas de la Policía Secreta, Policía Armada y Guardia Civil. Consistió en una suerte de encierro sin hostigamiento alguno que, por no tolerar la muerte del toro, decepcionó a los aficionados: «Un bravo festejo castrado, sin nervio, sin aliciente», se lamentaba González Herrera, mientras vecinos de Tordesillas se quejaban de esta manera a El Norte de Castilla:

«Ahora, mire usted, ya esto no es como antes. La prueba es que cada año viene menos gente. El toro, ahora, tiene la vida ganada de antemano. Y el Toro de la Vega es, o era, la lucha de un buen atleta por la vida. Dicen que no se puede matar porque el toro sufre mucho. ¿Y esas corridas en que se les pincha una y otra vez, se les pica, se les apuntilla? ¿Ahí qué pasa?». Así se mantuvo la fiesta, sin dar muerte al toro, hasta 1970, año en que el cambio de autoridades, la influencia de personalidades como Gregorio Marañón Moya, presidente de las salmantinas Semanas Internacionales del Toro de Lidia, las presiones de aficionados y la labor de las autoridades locales lograron recuperar el festejo según la modalidad «tradicional», es decir, acabando con la vida del astado. Según El Norte, aquel 18 de septiembre de 1970 fueron 14.000 las personas que presenciaron la persecución y muerte del toro de la Vega.