Los esclavos de Franco

El jesuita Pérez del Pulgar ideó en Valladolid el sistema de redención de penas por el trabajo, que empleó a presos en la construcción del viejo Estadio José Zorrilla, la reforma de la Academia de Caballería o la reconstrucción de la iglesia del Carmen

Los esclavos de Franco
ENRIQUE BERZAL

«En la primavera de 1938, en Valladolid, el padre charló un día con el hoy general del Cuerpo Jurídico don Máximo Cuervo. () Pensaba dolorosamente en la escisión moral de los españoles y le daba vueltas a ese problema imaginando tal vez soluciones posibles y soluciones aplicables. () El problema de la recuperación moral de los extraviados ideológicamente tenía por fuerza que imponerse a las mentes que pensaran en el porvenir nacional». Nicolás González Ruiz, biógrafo oficial del padre José Agustín Pérez del Pulgar, comenzaba así su relato sobre los auténticos orígenes del polémico sistema de Redención de Penas por el Trabajo.

Publicado en 1960, en él González Ruiz interpretaba la propuesta de Pérez del Pulgar como la simbiosis más acertada entre justicia social y caridad cristiana: «De éste propósito brotó la orden ministerial de 7 de octubre de 1938 por el que se creaba el Patronato de Redención de Penas por el Trabajo. () El sistema formulado () es desde luego humano, justo y además sumamente político para acelerar la liquidación de los delitos perpetrados en los años de guerra. Cada día de trabajo le vale al recluso por dos de cumplimiento de condena; pero además, con ese trabajo puede contribuir a la manutención de sus familiares». Como buen defensor del sistema punitivo y represivo del Régimen, el hagiógrafo de Pérez del Pulgar insistía en aquella parte del articulado que tanto repetía su biografiado: «Acometer la ingente labor de arrancar de los presos y de sus familiares el veneno de las ideas de odio y de antipatria sustituyéndolas por las de amor mutuo y solidaridad estrecha entre españoles».

Pérez del Pulgar, que había nacido en Madrid en 1875, llegó a esta ciudad meses después de iniciada la guerra civil. Había logrado zafarse de la persecución republicana permaneciendo un tiempo en la clandestinidad y refugiándose en la embajada de Bélgica. Nada más llegar puso en marcha el Instituto Católico de Artes e Industrias, antepasado directo de la Escuela de Ingeniería Industrial de la Universidad Pontificia de Comillas. No solo eso, sino que en estrecho contacto con la Junta Técnica del Estado trató de lograr el reconocimiento vaticano del nuevo régimen político y, en sintonía con Máximo Cuervo Radigales, futuro director general de Prisiones, ideó el sistema de Redención de Penas por el Trabajo, que inmediatamente haría suyo el general Franco.

Meses antes de su fallecimiento, ocurrido en noviembre de 1939, el jesuita dio a la imprenta el libro La solución que España da al problema de sus presos políticos, editado por la Librería Santarén y en el que, aparte de otorgar al Caudillo la paternidad casi exclusiva del sistema, comentaba con elogio las disposiciones legales que lo conformaban. De hecho, el jesuita lo ponía en consonancia con ese derecho al trabajo que decían defender tanto el partido único, Falange Española y Tradicionalista de las JONS, como el propio Franco, y lo presentaba como modelo privilegiado de moderación, caridad cristiana y justicia vindicativa.

Para Pérez del Pulgar, el mecanismo de Redención de Penas por el Trabajo contribuía a aminorar la condena a los presos «recuperables», hacía menos oneroso el mantenimiento del sistema penitenciario, fortalecía la recuperación del preso mediante la combinación de trabajo y adoctrinamiento religioso, moral y patriótico (de ahí el término «redención»), y establecía auténticas pautas de justicia al hacer «que los presos contribuyan con su trabajo a la reparación de los daños a que contribuyeron con su cooperación en la rebelión marxista», pues, como señalaba en otro pasaje, «no puede exigirse a la justicia social que haga tabla rasa de cuanto ha ocurrido».

Creado oficialmente el 7 de octubre de 1938, el precedente más inmediato del Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo era la Circular de 28 de mayo de 1937 «sobre trabajo remunerado de los prisioneros de guerra y presos por delitos comunes», en virtud de la cual los presos comenzaron a trabajar dentro y fuera de la prisión. La reducción de condena se haría a razón de un día por cada jornada de trabajo efectivo y buen comportamiento. El jornal era de 2 pesetas diarias para los peones, de las que 1,5 se destinarían para cubrir los gastos de manutención y otros 50 céntimos serían de libre disposición. Si el preso tenía familia en zona nacional, su mujer recibiría 2 pesetas y 1 más por cada hijo menor de 15 años, o mayor pero inútil para trabajar.

En teoría, el salario del preso no podía ser nunca inferior al de un trabajador libre, para evitar así conflictos de competencia. En obras públicas o entidades oficiales se establecían 4,5 pesetas de salario al día, mientras que en entidades privadas se remitía a las normas que al efecto hubiese dispuesto la Delegación de Industria. Los presos se distribuyeron así en Destacamentos Penales, Colonias Penitenciarias Militarizadas, Talleres Penitenciarios, Destinos dentro de las propias cárceles y Regiones Devastadas.

Explotación

Para las mujeres se disponía que en aquellas cárceles donde hubiera locales hábiles para trabajar, las condiciones serían similares a las de los hombres, si bien se estipulaba que «respecto de ellas, el subsidio familiar sólo se extenderá en su caso a aquellos hijos menores de quince años que carezcan de padre».

Buena parte de los estudios publicados demuestran que este sistema de trabajo penado se convirtió en un auténtico motor para la dictadura franquista, al utilizar gran número de mano de obra esclava barata con la que llevar a cao la reconstrucción de infraestructuras, municipios, fábricas, etc. Y es que la realidad que se vivía en aquellos cuerpos de trabajo penado, de la que apenas quedan huellas documentales pero sí testimonios escritos y orales, era muy distinta de la que presentaba la Orden de 7 de octubre de 1938.

En efecto, los testimonios recabados suelen coincidir en las pésimas condiciones de vida de los presos, quienes, mal alimentados y obligados a jornadas de trabajo extenuantes, solían ser vejados, maltratados y humillados a diario, y en muchos casos no cobraban el salario establecido con cualquier excusa.

En Valladolid, el Nuevo Estado franquista empleó mano de obra reclusa desde los primeros meses de la contienda, pues, como ha escrito Jesús María Palomares, están documentados los permisos de salida de presos gubernativos, bajo la estrecha vigilancia de la Guardia Civil, para actuar en las obras de la ribera de Gamboa, en las que participaron 75 reclusos para construir una guardería infantil (mayo-julio de 1938), y en obras diversas acometidas desde octubre de 1938, para las que se emplearon a diez presos procedentes del Campo de Concentración de la Santa Espina.

Lo mismo se hizo en la reforma municipal del antiguo Matadero y en «actividades patrióticas» como la recogida de chatarra. No menos curioso fue el empleo, en diciembre de 1936, de reclusos de Cocheras para efectuar urgentes reparaciones en las naves de esta improvisada cárcel, si bien uno de los lugares de trabajo con mayores y más impactantes connotaciones fue la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en el barrio de las Delicias, pues había sido destruida por un incendio el mismo día en que estalló la Guerra Civil. Como se culpó del mismo a militantes socialistas y de la Casa del Pueblo, el empleo de mano de obra presidiaria para su reconstrucción, a partir de octubre de 1937, se ajustaba a esa labor «reparadora» de la que hablaba Pérez del Pulgar.

Los trabajos duraron diez años; en febrero de 1941, El Norte de Castilla aprovechaba la inauguración de la «toma de aguas» del templo para elogiar el buen clima reinante entre la jerarquía eclesiástica y «los obreros, entre los que se cuenta buen número de reclusos». Uno de ellos había fallecido durante las obras, informaba el periódico, y el resto «pidió la continuidad para seguir disfrutando de los beneficios de la piadosa ley de Redención de Penas por el Trabajo».

Informes de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias y las Memorias del Patronato aportan más datos sobre los destacamentos penales vallisoletanos: los 47 reclusos que en 1941 trabajaron en la reconstrucción de la Academia de Caballería, obra que el Ministerio del Ejército encargó a I. Arribálaga, presentaban un comportamiento «bueno, cumpliendo a todo momento a satisfacción de la empresa», y una disciplina «ejemplar, siendo muy obedientes durante su permanencia en las obras»; incluso el Patronato reconocía que su rendimiento superaba en algunos casos «a los obreros libres de sus mismas especialidades, sobre todo los albañiles, que rinden un 20 por 100 más que aquellos en algunos casos».

Ropa para los reclusos

El Patronato de Redención de Penas por el Trabajo se dividía en Juntas Locales relacionadas con los lugares donde vivían los presos. Aparte de organizar actos patriótico-religiosos y lúdicos impulsó suscripciones caritativas que a veces desvelaban la penosa situación de los presos. Así, en las Navidades de 1940 organizó una «suscripción para remediar las más urgentes necesidades, de vestuario especialmente, de los reclusos de las cárceles. En un mes logró recaudar cantidades suficientes para comprar «147 jerseys, 112 pantalones, 62 pares de calcetines, 12 de guantes, 27 de zapatillas, 12 camisetas, 12 calzoncillos, 12 camisas color beis, 40 camisas rayadas, 4 pasamontañas, 4 gorras, 3 bufandas, 50 botes de mermelada, 49 pastillas de jabón de tocador, 5 estuches de afeitar, 5 billeteros y 13 botellas de vino y jerez»; objetos que fueron repartidos «entre los reclusos más necesitados» de la ciudad.

Otros 25 reclusos actuaron en las obras de las Escuelas de Cristo Rey, emprendidas en 1944 por el Patronato de Protección del Menor y cuyo cometido era hacerse cargo de la educación, cuando no de la custodia, de hijos de presidiarios y huérfanos de guerra. Con «presos políticos» también se llevó a efecto, en 1940, la construcción del antiguo Estadio Municipal de Fútbol José Zorrilla, otros fueron empleados en las obras del pantano y canales del río Riaza, seis más trabajaron en la Iglesia de los Franciscanos y diez lo hicieron en la ampliación, en 1943-1944, del Convento de las Religiosas Adoratrices, en la calle Renedo. Finalmente, otros documentos informan del trabajo de diez presos en el Patronato de Niños Desamparados, en la Plaza de San Nicolás, en 1941, de 30 más ese mismo año para labores agrícolas a las órdenes de Bernardo Negueruelo, y de mano de obra presidiaria en el Canal de Toro-Zamora entre 1949 y 1951.

 

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