Recuerdos con sabor a pueblo zamorano

A golpe de imágenes viajo por aquellos años en los que los veranos se pasaban en el pueblo, lleno de vida entonces. Éramos felices y el summun eran las fiestas

Sentada en el columpio del portal de los abuelos, con un cordero./
Sentada en el columpio del portal de los abuelos, con un cordero.
Patricia Carro
PATRICIA CARROBurgos

El cielo estrellado. El arrullo de las palomas a la hora de la siesta. Las flores del portal de la abuela. Pan de pueblo con nocilla. El frío del agua del Esla. Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Veranos de sensaciones, de primeras experiencias, de familia y amigos. Veranos de pueblo. En mi memoria, la infancia se manifiesta como un collage de recuerdos. A golpe de imágenes viajo por aquellos años en los que la vida se reducía a la escuela y jugar en la calle, sin mayores pretensiones. Y los veranos se pasaban en el pueblo, lleno de vida entonces, de reencuentros, carcajadas y diversión sin horas.

En Santa Eulalia -la de la comarca de Tábara, en Zamora-, el tiempo tenía un ritmo propio. Las agujas del reloj iban al ralentí pues los veranos eran eternos, aunque al cargar el coche de vuelta al asfalto nos quedase la sensación de haberlos dejado sin degustar. Las mañanas de juegos y muñecas en el portal, en el que los abuelos, recién jubilados, instalaron un columpio para su primera nieta se enlazaban con las comidas en familia, las largas sobremesas y las siestas en el sobrado.

Había quien (y no miro a nadie) prefería seguir jugando, trasteando con el agua o hablando a voz en grito. Siestas de juegos en la huelga, junto a uno de los dos arroyos que atraviesan el pueblo; de clases de guitarra en las que siempre acababa rompiendo alguna cuerda; o de paseos en moto como copiloto, atronando las horas de descanso. Siestas con las manos en remojo, siempre.

En ese collage de imágenes toman protagonismo las tardes en el río Esla, en la Peña Vaquera cuando todavía no se había embalsado el agua y nos podíamos bañar en la antigua presa, chapotear sobre las piedras y merendar tortilla de patatas a la sombra del monte zamorano. Y las noches al fresco, las conversaciones de los vecinos sentados a la puerta de las casas, recordando viejos tiempos mientras los niños jugábamos a las cartas a la luz de las farolas o al escondite, aprovechando la oscuridad y las callejuelas del pueblo.

La rutina -bendita rutina- se rompía de vez en cuando con una excursión al Lago de Sanabria, a las playas del norte, a Galicia o a Portugal; a Miranda do Douro, que se llenaba de visitantes en busca de ropa del hogar de calidad y a buen precio. Tarde a tarde se iban pasando los días y siempre esperábamos con emoción las fiestas de la Virgen en Tábara, los helados en la plaza del pueblo, las barracas y subir el día grande a la verbena, a esquivar al toro de fuego y ver los fuegos artificiales.

Éramos felices y la dicha alcanzaba el summum la semana de las fiestas, cita de obligado cumplimiento para los forasteros. A golpes se amontonan los recuerdos: el concurso de pintura, los juegos populares, la excursión en bicicleta, los campeonatos de cartas y parchís, las verbenas en la plaza, la merienda de hermandad, la paella en la huelga... Y las tardes de tormenta, que nos obligaban a ponernos pantalón largo, refugiarnos en casa y, en alguna ocasión, despedirnos de las verbenas.

Aún hoy, que podemos disfrutar de una semana cultural que ha sido la envidia de la comarca -y que cumple treinta años-, no puedo evitar emocionarme al recordar la niña que fui. Y las presencias de aquellos que ahora ya están ausentes, aunque siempre con una sonrisa en los labios. Bendito pueblo.