El Norte de Castilla

El arzobispo al que el PNV salvó del fusilamiento

El arzobispo al que el PNV salvó del fusilamiento
Gandásegui, en el centro, en 1934
  • El 18 de septiembre de 1936, El Norte de Castilla dio la noticia de que Remigio Gandásegui, prelado de Valladolid, estaba sano y salvo en San Sebastián; lo habían rescatado el sacerdote Alberto Onaindía y los nacionalistas vascos

Remigio Gandásegui y Gorrochátegui, arzobispo de Valladolid desde 1920, a punto estuvo de ser fusilado en Guipúzcoa por milicias anarquistas al mes siguiente de estallar la Guerra Civil. Es más, rumores infundados sobre su muerte violenta se propalaron por toda España y al otro lado de los Pirineos, llegando por supuesto hasta sus diocesanos, que no dudaron en darle por muerto. Si finalmente pudo salvar la vida, se debió a las gestiones de los nacionalistas vascos, liderados por el sacerdote Alberto Onaindía, que durante la contienda luchaban al lado de la República para preservar su estatuto de autonomía.

El episodio, ocurrido hace ahora 80 años y desvelado en 1987 por el historiador Fernando de Meer en un artículo publicado en 'Historia 16', se describe al completo, con pelos y señales, en un documento que puede consultarse en el Archivo General Militar de Ávila. Su autor, el citado Alberto Onaindía, fue el principal responsable de que Gandásegui salvara la vida. Se trata de una extensa carta enviada en octubre de 1936 a la Secretaría de Estado del Vaticano con objeto de salir al paso de los ataques que estaban recibiendo los nacionalistas vascos desde diversos medios católicos, alentados por la intensa labor propagandística del bando antirrepublicano. Lo hecho con el arzobispo vallisoletano, venía a sostener el autor, que desde septiembre de 1936 venía colaborando con el gobierno vasco, exoneraba al PNV de tamaña campaña de difamación.

Lo cierto es que la peripecia de Gandásegui, documentalmente probada, no deja de sorprender. El 19 de agosto de 1936 había sido detenido por milicias anarcosindicalistas en la clínica donostiarra de San Ignacio, donde había llegado un mes antes, concretamente el 17 de julio, en vísperas de la sublevación militar, para someterse a una operación de prostatitis. Conducido junto a su capellán, Valerio Caudevilla, al Colegio de Miracruz, donde los anarquistas habían establecido su centro, pudo ser liberado por el militante del PNV Andrés de Irujo, hermano del ministro de Justicia republicano Manuel de Irujo y en esos momentos comisario de Orden Público de Guipúzcoa. Días más tarde, gracias también a Irujo, los anarquistas pusieron en libertad al capellán.

Aunque la Junta de Defensa de Guipúzcoa los declaró rehenes, las gestiones de Alberto Onaindía dieron fruto y el 27 de agosto, acompañados por el jefe anarquista de la zona de Vizcaya y dos milicianos del PNV, fueron llevados a San Sebastián. El objetivo era trasladarles a Vizcaya, lugar de nacimiento del prelado (Gandásegui era natural de Galdácano), para lo cual se hicieron las gestiones necesarias cerca del gobernador de esa provincia, José Echavarría Novoa. Sin embargo, tensiones y desencuentros entre las Juntas guipuzcoana y vizcaína dieron al traste con el proyecto, y ni siquiera las propuestas de Onainda de canjear al arzobispo fueron tenidas en cuenta.

Lo peor ocurrió a partir del 2 de septiembre, cuando la Junta de Defensa de Guipúzcoa ordenó el traslado de Gandásegui, junto a otros prisioneros, al frente de guerra de Irún con la intención de lograr que los militares sublevados no bombardearan la población civil, como venían haciendo. Milagrosamente, Irujo logró simular la salida del prelado, que de esta forma pudo quedarse en la Clínica; y decimos milagrosamente porque, pocos días después, los republicanos asesinarían a seis presos en el frente de Guadalupe, por lo que inmediatamente se corrió la voz de que entre los fusilados se encontraba el arzobispo de Valladolid: “Así lo comunicaron Radio Milán por la Agencia Havas, Radio Sevilla, y la prensa francesa dio incluso detalles de la ejecución. Pocas eran las personas que sabían que vivía el Prelado sano y salvo en la Clínica de San Ignacio en S. Sebastián”, señala Onaindía en su informe. Fue precisamente el sacerdote vasco el que comunicó esta buena noticia a la Secretaría de Estado del Vaticano.

Urgía encontrar nuevas fórmulas para salvar a Gandásegui. “En un principio y por haberse ofrecido para ello unos muchachos nacionalistas se planeó sacarlo a viva fuerza de la Clínica y llevarlo a la frontera francesa diciendo públicamente que había sido muerto por los anarquistas y hacer perder de este modo su pista”, explica Onaindía. “Las Autoridades del PNV en persona quisieron sacarlo arrebatándolo en su propio coche oficial, pero llamó al que esto suscribe el Dr. Oreja, director de la Clínica, que no podía llevarse a cabo el proyecto ya que él respondía con su vida de la estancia en la Clínica del Sr. Arzobispo”.

Disfrazado

Finalmente, el 7 de septiembre de 1936 Onaindía redactó un falso decreto que, firmado por Irujo, ordenaba su traslado a Loyola, en nombre de la Junta de Defensa, con nombre fingido. Así se hizo al día siguiente, festividad, curiosamente, de la Virgen de San Lorenzo, patrona de Valladolid: “Salió disfrazado de San Sebastián con documento falsificado: acompañábale el hermano del comisario de Orden Público, D. Pedro María de Irujo, que conducía el coche y el que suscribe. El Sr. Arzobispo vestía traje azul, vestido de boina vasca, y para mayor disimulo en los siete controles mandados por comunistas, socialistas y anarquistas iba leyendo EL LIBERAL, periódico anticlerical de Bilbao”, relata el sacerdote.

El arzobispo al que el PNV salvó del fusilamiento

Primera página del documento de Alberto Onaindía. / Archivo General Militar

En Zarauz lo recibieron los diputados nacionalistas vascos Irujo e Irazusta, a quienes acompañaba el miembro del Tribunal de Garantías José Aguirre. Hasta el 15 de septiembre permaneció en el Convento de las MM. Damas Catequistas de esa localidad. La idea era entregarlo a los militares en la línea de fuego, por lo que Onaindía y el ex diputado del PNV Juan Careaga lo condujeron hasta “la línea neutra de Albiztur”. El jefe de la Plaza de Tolosa no tardó en dar el permiso pertinente para su traslado a San Sebastián: “A las dos de la mañana del 16 (…), acompañado por un Jefe militar nacionalista vasco y escolta de sus milicias (…), fue recibido por otro jefe militar en la línea neutra de Santutxo, en Albiztur, trasladándose sano y salvo a la Clínica de San Ignacio en San Sebastián, de donde se trasladó días más tarde a la capital de su Archidiócesis, de Valladolid”. Le acompañaba, naturalmente, el vicario Caudevilla.

Según Onaindía, “el Sr. Arzobispo redactó una carta dirigida al Sr. Secretario de Estado de Su Santidad resumiendo la labor humanitaria del PNV en casos y personas, sobre todo en la suya”. La noticia la publicó El Norte de Castilla en portada el 18 de septiembre de 1936: el arzobispo de Valladolid estaba sano y salvo en San Sebastián, “despejando definitivamente una incógnita que a todos los vallisoletanos nos ha afectado hondamente (…). Su reaparición en la diócesis, cuando muchos de sus diocesanos le han juzgado víctima de las hordas rojas, constituirá un acontecimiento magnífico”.

La llegada de Gandásegui a Valladolid se produjo el 25 de septiembre de 1936, viernes; según este periódico, el prelado conservaba “las huellas de su padecimiento en poder de los rojos durante los cincuenta y cinco días de cautiverio”. Tomada la ciudad por los sublevados al poco tiempo de esta-llar la Guerra Civil, ni que decir tiene que este rotativo no mentaba a quienes había logrado la liberación del prelado, el sacerdote Alberto Onaindía y las autoridades del PNV, enemigos acérrimos de las nuevas autoridades: “Solo el espíritu intrépido de nuestro venerable prelado y su deseo invencible de ponerse en comunicación con sus diocesanos ha podido ser causa de abandonar la Clínica de San Ignacio en que se había recluido después de su liberación, contra las prescripciones facultativas, y regresar a Valladolid extenuado aún”.

Los rumores sobre su salvación, sin embargo, no tardaron en difundirse, de modo que para despejar toda sospecha de connivencia política con los nacionalistas vascos, Gandásegui se apresuró a agasajar a las nuevas autoridades franquistas. Ya desde San Sebastián, sin perder un instante, escribió al general Saliquet, líder de la sublevación militar en Valladolid, felicitándole por su «campaña patriótica» e incluyéndole un cheque por valor de 5.000 pesetas, 4.000 para «nuestro glorioso Ejército», y el resto, para «los hospitales de sangre». Y en octubre, para dolor del propio Onaindía, que estaba al tanto de las noticias que le llegaban de su prelado, celebró la caída de San Sebastián en manos de las tropas franquistas.

Aun así, la Falange local no se fiaba de Gandásegui. Determinados testimonios relatan cómo militantes muy radicalizados llegaron a manifestarse frente al Palacio Arzobispal acusándole de traidor: su colega, Manuel de Castro Alonso, arzobispo de Burgos, relató al cardenal primado, Isidro Gomá, cómo “el regreso del Prelado a la capital de su diócesis ya le había malquistado algo con el pueblo, por cuando afirmó que debía su salvación a los ‘suyos’, que en este caso eran los nacionalistas vascos”.

Más expresivo es el informe enviado en mayo de 1937, recién fallecido el arzobispo, por el citado Gomá a la Secretaría de Estado del Vaticano: según aquel, que como primado de España lideraba la Iglesia y mantenía una intensa relación epistolar con el Vaticano, las circunstancias de la muerte de Gandásegui estaban directamente relacionadas con la peripecia de su liberación, pero sobre todo con la inquina que sus propios compañeros mostraban hacia Onaindía y demás sacerdotes nacionalistas vascos. Ocurrió, en efecto, después de que el Cabildo vallisoletano requiriese a Gandásegui para firmar un durísimo documento en el que se descalificaba públicamente al sacerdote que le había salvado la vida: “Éste se negó, y tuvo con los representantes del Cabildo una escena violenta. Efecto del disgusto recibido se dice fue el recrudecimiento de una vieja dolencia de la vejiga, que importó una intervención quirúrgica inmediata y en malas condiciones, y que le ha acarreado la muerte”.

En definitiva, concluía Gomá, “con motivo del episodio del Sr. Onaindía y de haber prohibido se agitara en la prensa el asunto que tenía con el Cabildo, se había formado contra el Prelado un estado violento de opinión adversa. Dios ha querido llamarle a Sí en un momento en que podría habérsele creado mayores dificultades en el régimen de la diócesis”. Remigio Gandásegui falleció en Valladolid el 16 de mayo de 1937, a los 66 años de edad y después de 22 de pontificado.