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La victoria electoral de Donald Trump es un giro radical de la primera democracia del mundo hacia el ensimismamiento, inspirado por el pesimismo y el miedo al futuro. Este candidato, hecho a sí mismo en un plató de televisión y gracias a una cuenta de twitter, ha sabido conectar con los perdedores de la globalización económica, una parte de la población poco visible en las dos costas del país y en las grandes ciudades.

La desigualdad económica ha aumentado en los últimos quince años. La recuperación tras la crisis y el pleno empleo actual no se sienten como peldaños hacia un futuro mejor entre los trabajadores y tampoco en la clase media. Las soluciones del magnate neoyorkino son simples, sentimentales y peligrosas –sabemos adonde nos llevan el proteccionismo, el nacionalismo y la búsqueda de enemigos externos. Pero lo de menos era ofrecer remedios. La partida se ganaba al escuchar los miedos, reconocerlos y darles voz, y traducirlos en una identidad monolítica que chocase con los más privilegiados y sus costumbres tolerantes y cosmopolitas.

El secreto era definir y convertir su causa en un movimiento contra las elites de Washington y los excesos de Wall Street. Ha hablado una América oculta y temerosa, vulnerable a las promesas de un “outsider”, un personaje estrafalario y brutal cuyo máximo valor era no ser un político y no conocer bien e incluso despreciar los entresijos y las complejidades de la gestión pública. Un dato muy relevante es que buena parte de los votantes que al final han inclinado la balanza hacia Trump votaron hace ocho años por Obama. El presidente saliente también encarnaba en 2008, a partir de valores muy distintos, el rechazo a al poder establecido y el deseo de lo nuevo. Ahora, tras un largo ciclo demócrata en la Casa Blanca el anhelo de cambio ha prevalecido,.

Trump ha sabido disfrazar su verdadera personalidad en las últimas semanas, ha leído más discursos y ha proferido menos insultos, hasta el punto de que se ha hecho pasar por republicano. Hillary Clinton ha sido una candidata poco atractiva, con un valioso perfil profesional y no sentimental, incapaz de empatizar con esta mayoría silenciosa. Ha arrastrado además el lastre de la gestión de su fundación familiar, plagada de conflictos, y el uso indebido de correos privados durante su paso por la secretaría de Estado. Para los altavoces mediáticos de Trump, ambos asuntos simbolizaban lo peor de las actuales elites políticas y económicas, al situarse por encima de las reglas y demostrar una ambición desmedida por el dinero y el poder. El sistema constitucional norteamericano está basado en una verdadera separación de poderes y en el día a día el legislativo es más poderoso que la presidencia. Asimismo, el respeto al Estado de Derecho y las libertades individuales están garantizados por un Tribunal Supremo de gran autoridad. Conviene recordarlo, porque la presidencia de Donald Trump puede poner a prueba la solidez y los fundamentos de la primera democracia del mundo.