A navajazos por odio a la suegra

Cayetano Díez Pérez era un militar sin antecedentes y con buena fama, pero incapaz de aceptar la demanda de divorcio de su mujer. Una tarde la esperó en el portal con la intención de poder recuperarla; tras una fuerte discusión, los nervios se apoderaron de él y acabó matando a su esposa a navajazos

Paseo de las Moreras./Cacho
Paseo de las Moreras. / Cacho
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Los gritos alertaron a la escasa concurrencia que paseaba por la ciudad aquella noche del 26 de junio de 1862. Un joven, acompañado de dos cabos del Regimiento número 39, trataban de dar caza a un hombre que huía por el centro navaja en mano.

Lo perdieron cerca del arco de Santiago. El huido, Cayetano Díez Pérez, era un militar sin antecedentes y con fama por su buen hacer en el Ejército. Acababa de matar a puñaladas a su mujer, la joven Petra Tovar López, de apenas 23 años.

Una disputa en el portal número 5 de la calle Comedias había terminado como el rosario de la aurora: con una criada herida y con Petra en el suelo, víctima de diez cuchilladas, mientras su madre, Gregoria López, con lesiones menos graves, se desgañitaba de sufrimiento.

Las tres acababan de llegar tras un paseo de dos horas por Las Moreras; eran cerca de las diez de la noche cuando, nada más entrar en la vivienda, apareció el marido de Petra.

Les separaba una demanda de divorcio y una suegra, doña Gregoria, implacable con el ex militar. Ambos discutieron. Cayetano pretendía recuperar a su esposa de manera definitiva. Pero enseguida se vio incapaz de lograrlo por las buenas. Así que cortó por lo trágico. «Si no es conmigo, con nadie», debió de pensar. Y la emprendió a navajazos con Petra.

La criada, Hilaria Davia, hizo cuanto pudo por frenar las acometidas, pero lo único que consiguió fue llevarse un tajo en la mano. Sus gritos sobresaltaron al joven licenciado Francisco Goñi, que pasaba por allí. Cuando Hilaria le explicó lo sucedido, Goñi corrió en persecución del asesino.

Atrapado

Lo atraparían poco después, en una taberna cercana. El encargado de su defensa, Eduardo Pineda, poco pudo hacer para sortear la pena capital. En la vista, celebrada el 2 de diciembre en la Sala Segunda de la Audiencia, Pineda se batió el cobre para tratar de dar una explicación convincente y demostrar la inocencia de su cliente.

«La Reina decidióconmutar la penacapital por la cadenaperpetua por losbuenos antecedentesdel reo y su descatadoservicio en el Ejército»

Le calificó de hombre «tierno de cariño, ciego de pasión», abocado a un desamor forzado, mientras hablaba de Petra Tobar como de mujer con «deslices a cientos».

En su intento por comprender la actitud de Cayetano, apuntó el avieso proceder de su suegra como causa determinante de lo sucedido. A doña Gregoria, en efecto, culpó de haber puesto palos en las ruedas del matrimonio desde un primer momento; de haber instigado, por mero odio contra el militar, la separación de la pareja y la misma demanda de divorcio.

Remarcaba el letrado que Petra no dejó en ningún momento de recibir el sueldo íntegro de Cayetano y que, víctima de la tiranía impuesta por su madre, en el fondo sentía imperiosas ganas de verle. Por eso no se resistió a quedar a escondidas. Las citas clandestinas, aseguraba Pineda, se prodigaban a espaldas de la suegra, un día tras otro, hasta aquel infausto 24 de junio en que todo se torció.

Fue entonces, siempre según Pineda, cuando Cayetano decidió acudir al número 5 de la calle Comedias, a eso de las dos y media de la tarde, con objeto de convencer a Gregoria para que Petra volviera a su lado. Pero no lo consiguió.

Lejos de arredrarse, el despechado marido volvió horas después y aguardó en el portal hasta que ambas, acompañadas por su criada, regresaron del paseo por Las Moreras, ya al anochecer. Una acalorada discusión y una nueva negativa desataron la vesania definitiva del ex militar. Con diez puñaladas mortales a su joven esposa, quiso zanjar la cuestión.

Lo cierto es que no debió de ser muy convincente el letrado defensor, que en vano se afanaba en desestimar los testimonios de Gregoria, Hilaria y Goñi; y es que el juez, siguiendo la tesis del fiscal, Lope Martínez Sobejano, hizo caso omiso de sus razones, reproducidas fielmente por EL NORTE DE CASTILLA, y condenó a Cayetano Díez a la pena capital por parricidio.

Esta habría de cumplirse el 19 de diciembre de 1862; de hecho, ya el día anterior la prensa notificaba que Cayetano Díez se hallaba en capilla, rodeado de sacerdotes, preparándose para morir a las once de la mañana del día siguiente.

Estaba todo listo, el reo ya tenía asumido su final y numeroso público aguardaba el desenlace cuando, de pronto, al filo del plazo definitivo, la suerte sonrió al parricida: Su Majestad la Reina había decidido indultarle y conmutar la pena capital por la de cadena perpetua. Así apareció publicado en un decreto fechado el mismo 19 de diciembre de 1862.

Pesaron en dicha decisión los buenos antecedentes del condenado, el hecho de que jamás hubiera sido procesado y sus excelentes servicios en el Ejército, distinguiéndose en varias acciones de guerra.