Un altar de luces en oro y azabache

Compañeros, novilleros y aficionados al mundo del toro peregrinan al asador de su tío en Sepúlveda, un santuario en memoria de Víctor Barrio, torero segoviano corneado mortalmente en la plaza de Teruel

El primer traje de luces de Víctor Barrio preside la barra del bar, con un ramo de flores a los pies. /
El primer traje de luces de Víctor Barrio preside la barra del bar, con un ramo de flores a los pies.
CÉSAR BLANCO ELIPE

Hay un ventanuco discreto en la fachada de Casa Román. En ese recoveco se sentaba durante horas Víctor Barrio cuando regresaba de un tentadero o de entrenar en el campo. Era uno de sus refugios en la villa de Sepúlveda. La de veces que el torero segoviano acomodaba su espigado cuerpo en este quicio y se confesaba con su tío, Tete, que estaba al otro lado. Hablaban de toros, de sensaciones, emociones, de promesas, de faenas, de sueños y de alguna que otra pesadilla. Allí, apostado en ese ventanuco de este figón castellano, el diestro le fiaba a su sangre los pálpitos.

Ese santuario en el que pasaba horas con los suyos Víctor Barrio huele a la leña quemada en el horno donde se doran los tiernos corderos lechales que conquistan los paladares en estas tierras escarpadas que miran a poderosos riscos y verdes vaguadas. Los muros de piedra de Casa Román refrescan al visitante. Las vigas entrecruzadas en el techo y las columnas de madera levemente acariciadas por una ténue y cálida iluminación recrean la dosis justa de diseño rústico. Barrio encontraba en este restaurante familiar el reposo del guerrero, la escucha atenta y los consejos de los que le querían y le siguen queriendo. No ya como torero, que también, sino como persona. «¡Era un tío muy grande!», exclama su tío.

Su mirada entristecida, a veces vidriosa por alguna lágrima que asoma peroque se resiste a caer, recorre el bar, escudriña los muros de la taberna castellana, de ese asador donde el vino también es una cultura, y revive la historia de su sobrino: desde sus inicios tardíos en el mundo del toro hasta su desgraciado final. En cada esquina late con fuerza la memoria del matador segoviano, su forja profesional y personal. Desde el ventanuco en el que se sentaba el diestro apenas se atisba, pero esa leyenda se agiganta una vez pasado el umbral del figón.

Al fondo, un cuadro preside la estancia rodeado de recortes de periódicos, dibujos y fotos antiguas en blanco y negro. El retrato recuerda uno de los muchos momentos felices que el torero vivió en la arena, haciendo y dsifrutando con su oficio, jugándose la vida delante de un toro. El lienzo refleja a un Barrio triunfador saliendo a hombros por primera vez de su querido coso de la capital segoviana. Siempre defendió que la fiesta volviera al ruedo de la carretera de La Granja.

El año pasado, tras ebcaramarse a pulso en los puestos más altos del escalafón taurino, en buena parte gracias al triunfo que consiguió en la temprana feria de Valdemorillo, el diestro bromeaba con que fuera él el salvador de la plaza de toros de Segovia. Aquel éxito en el ciclo de la localidad madrileña colocó su nombre en dos carteles de Las Ventas, pero la mala suerte le frustró el sueño de la puerta grande en San Isidro.

Triunfos prometedores

Aunque anhelaba esa trade de gloria, le dolía y le daba «pena» que el bicentenario coso segoviano languideciera poco a poco sin toros y con una afición nómada que tenía que coger carretera y manta para poder ver lidias de cierta categoría.

Tras cuatro años sin carteles de relumbrón, el año pasado San Pedro volvió a los tendidos del coso de la capital para verle a él, en una tarde en la que volvió a salir a hombros junto con sus compañeros de terna, Miguel Abellán y El Fandi.

La memoria de Víctor Barrio torero vive en Casa Román. Junto a aquel cuadro, el recorrido visual de Tete por el santuario improvisado de adoración a su sobrino repara en una cabeza de un toro. «Es el primero al que cortó una oreja en Las Ventas», explica el tío. Fue el 13 de junio de 2010. Aún era novillero y fue el día de su presentación. El familiar presume de sobrino cuando se le pregunta si en vida obtuvo el reconocimiento que merecía. «Fue el primero del escalafón en los novilleros, y es más, llegó a tener la mejor media de orejas cortadas si se sumaban novilleros, matadores de a pie y rejoneadores», responde pensando en la figura que podría haber llegado a ser si no le hubiera partido el corazón 'Lorenzo', el morlaco que le arrebató la vida en Teruel.

«Estaba en una época de madurez, con sus doce o quince corridas al año y esperando el momento del triunfo definitivo que le aupara a figura». Para Tete y los suyos, Víctor ya lo era como persona. En Sepúlveda, la pena se aferra como el toro a las tablas. Todos tienen buenas palabras para el joven de 29 años que ejerciendo su oficio murió el fatídico 9 de julio en Teruel. «Tenía toda una vida por delante», suspiran

¿Lo de los insultos en las redes? «Lo mejor es no entrar al trapo, que es lo que quieren para darse más publicidad», comenta un compañero de barrio en una de las peñas que animan las fiestas en la villa. «La vida tiene que seguir y así lo quiere también la familia», comenta el alcalde de Sepúlveda, Ramón López. Lo mismo apuntan Julián, Ángel, Javier y Pablo. Los cuatro, de diferentes generaciones, elogian a su vecino. «Era uno más».

Que la justicia actúe

No recuerdan tantas manifestaciones de cariño como las que se vivieron en la despedida del lunes pasado. «Conté catorce o quince toreros», dice Ángel. Insisten en que «la familia ha sido la pimera en tratar de recobrar la normalidad cuanto antes», pero antes dejan claro que desean que la justicia caiga con todo su peso sobre los autores de las vejaciones y los insultos que hayan pasado la línea roja de la legalidad.

En Casa Román también intentan pasar la página más dolorosa. Ayer izaron la verja y reabrieron sus puertas después de guardar cinco días de duelo, que se antoja corto. El trago es más amargo cuando allí donde mires hay una foto, un dibujo, una caricatura, una estampita, una dedicatoria, un recorte que mantiene viva la memoria de Víctor Barrio.

Tete ha decidido bajar a la barra del bar del rincón del restaurante donde solía estar un busto vestido con la primera chaquetilla, el primer chaleco, la camisa y el corbatín del primer traje de luces que tuvo su sobrino. Se lo compró a Uceda Leal, añade. Un traje en azabache y oro del que cuelga un crespón de una de las hombreras. «Víctor me lo regaló», ensalza el valor emocional que ahora ha adquirido aquel detalle. Recuerda a su sobrino sentado en una esquina de la barra, bebiendo un zumo de piña porque no tomaba alcohol. Ahora su leyenda colma ese primer traje de luces que preside la barra y a cuyos pies alguien ha colocado un ramo de flores.

El peregrinaje de quienes sabían del arraigo sepulvedano de Víctor Barrio (nacido en Grajera) ha empezado sin quererlo, «solo por el afecto que todos le tenían». Tete comenta que «han venido novilleros que fueron compañeros suyos, subalternos, gente del toro y algunos aficionados que cogen el desvío de la A-1 y que se acercan a Sepúlveda para honrarle». «Algunos se colocan delante del traje y hablan con él». Otros le piden a Tete que les cuente anécdotas e historias de su sobrino.

Por ejemplo ­relata el hostelero, los jóvenes novilleros Carlos Ochoa y Dani Menes. Un día llegaron al bar y le rogaron a Tete que compartiera con ellos alguna historia del torero y compañero al que admiraban. Se sentaron y durante dos horas y dos botellas de vino decorcharon los mejores recuerdos de Víctor Barrio.