Entre los restos de la tragedia

Regino Toquero es uno de los supervivientes de la explosión del polvorín del Pinar de Antequera que causó 116 muertes en 1940

Regino Toquero señala una noticia sobre el accidente, publicada en El Norte. /
Regino Toquero señala una noticia sobre el accidente, publicada en El Norte.
MARINA CASTAÑOvalladolid

A gritos de «¡está ardiendo el polvorín, está ardiendo el polvorín!», Toquero salió corriendo de su casa junto a su hermana. «Realmente nos dimos cuenta de que eso iba a explotar de un momento a otro, veíamos salir mucho humo de los respiraderos», relata.

Regino Toquero fue testigo, con tan solo 15 años, de la explosión del Polvorín del Pinar de Antequera en 1940. Toquero nació entre almacenes de munición, el 16 de mayo de 1925, porque su padre era celador de todas las instalaciones militares. En concreto, doce depósitos subterráneos y otro ubicado en la superficie; a tan solo 400 metros de su vivienda. Allí solo residían militares o trabajadores que pertenecían al Ejército. «En esa zona no vivía población civil, solo se encontraba la casa de un guarda forestal que pertenecía al Ayuntamiento y que todavía existe», comenta el testigo.

Todos estos almacenes estaban construidos de piedra de granito y eso sirvió de munición en el estallido. «Todo volaba por los aires, cascotes y piedras». Los hechos sucedieron alrededor de las dos y media de la tarde del 21 de septiembre de 1940, la madre de Toquero había bajado al hospital militar porque el padre de la familia se encontraba allí hospitalizado. Así que él y su hermana se encontraban en casa junto a la señora que les servía.

Onda expansiva

Desde Infantería tocaron a retirada y todo el mundo huyó de allí. «El Cuerpo de Infantería se marchó, solo se quedaron los artilleros. Varios camiones de militares del Parque de Artillería se desplazaron al polvorín incendiado para intentar apagarlo, que son los que murieron junto a los bomberos». Toquero salió corriendo con su hermana hacia la carretera de Rueda para encontrarse con su madre, que estaba a punto de llegar. Los tres huyeron corriendo campo a través, hasta llegar a la Cañada de Puente Duero. «Y en ese momento se produjo la explosión, nos tiramos al suelo en los canalillos que había en el campo para esperar a que pasara todo. Gracias a Dios no nos dio ninguna piedra», explica. El impacto de la onda expansiva de la explosión fue muy fuerte, «a varios kilómetros había un canal y una de las piedras que volaron rompió un árbol contiguo al mismo», dice el testigo. Toquero piensa que el estallido se produjo porque los bomberos introdujeron las mangueras en los respiraderos y así obstruyeron la respiración. Aún así, el testigo añade a su relato que «probablemente hubiera explotado igual».

Un accidente tan grave dejó unas consecuencias devastadoras. «El campo estaba lleno de cenizas y de los polvorines salía una seta muy densa de humo, muy parecida a la bomba atómica de Hiroshima. Me costaba respirar, amargaba la trilita y notaba un picor en la garganta. Por el suelo iba encontrando trozos de tela rotos y sucios y bajo ellos, trozos de carne humana; estaban totalmente calcinados», recuerda emocionado. Las horas siguientes a la detonación no trajeron la calma. La casa estaba destrozada, Regino se encontró su hogar con el techo destruido y las puertas dañadas, aunque las paredes se conservaron.

La explosión dejó un cráter de 80 metros de diámetro y 23 de profundidad, «cabía la plaza de toros», comenta. A los lados se formaron montoneras de arena. Durante muchos días, prisioneros de guerra iban al lugar del accidente a recuperar los restos y las ambulancias militares bajaban y subían continuamente hasta que dejaron de encontrarse miembros amputados. ReginoToquero menciona también que una víctima quedó encajada en un pino.

Recuerdo vivo

Esa imagen tampoco se le borra de la cabeza. A su edad, Toquero no olvida ningún detalle de lo ocurrido ese día. De hecho, hasta hace poco conservaba una hombrera de uno de los bomberos fallecidos. La misma noche de la tragedia, la pasaron en su casa, aunque se encontraba en ruinas. Los días siguientes fueron muy ajetreados porque continuaban las amenazas de que otros polvorines estallaran. «Estos materiales explotan por simpatía», afirma. Finalmente, su familia se trasladó a Valladolid capital porque la casa quedó inhabitable.

Respecto a las causas del accidente, el testigo apoya la teoría que se publicó en El Norte en su día. En ese momento se asfaltaba una carretera que daba entrada a los almacenes. Según las informaciones, la explosión se produjo como consecuencia de un incendio exterior, en concreto, de un bidón de alquitrán o gasolina. «Si Javier Municio dice en su libro que fue por causas internas a través de su investigación; pues quizá sea verdad», declara el testigo. Realmente, la gente no era consciente de la magnitud de lo sucedido. La censura que imperaba en la posguerra minimizó las consecuencias de la tragedia. «Nosotros creíamos que habían muerto cuarenta o cincuenta personas, no las 116 que se registraron», reconoce Toquero.

 

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