Los caballos son para las bodas

Varias empresas de Valladolid ofrecen la posibilidad de llevar a los novios a su enlace nupcial en calesas, una actividad frenada por la crisis

Lorenzo de la Fuente prepara un carruaje en La Cistérniga /
Lorenzo de la Fuente prepara un carruaje en La Cistérniga
VIDAL ARRANZ

No puede decirse que se trate de una actividad en alza (de hecho se ha visto reducida por la crisis), pero sí es una actividad de innegable éxito. Desplazarse hasta la iglesia donde se celebrará la boda, o hasta el banquete nupcial, más tarde, en un carruaje de caballos es una sorpresa que nunca falla. «Ninguna novia se ha negado a subirse al carro», explica Lorenzo de la Fuente, uno de los más activos en la organización de este tipo de eventos. Eso sí, reconoce que más de una, al verlo no ha podido evitar llorar.

Y es que los caballos son, o pueden ser, un signo de distinción, o, como mínimo, una inesperada sorpresa. Su imagen evoca épocas pretéritas en los que era inconcebible que una pareja comenzara una vida en común sin pasar por la sacristía. También, un tiempo en el que la diferencia entre hombres y mujeres no estaba tan sometida a cuestión como ahora, y en el que los novios sabían lo que debían hacer y lo que se esperaba de ellos. Una sociedad aquella, no tan lejana por otra parte, en la que los animales, y no sólo las mascotas, formaban parte de la vida cotidiana de las personas; no como ahora, que ya no se ven ni en los zoos.

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Quizás por todo ello, los carruajes nupciales tienen éxito, sobre todo, en las zonas rurales, donde, además, hay más espacio para que los animales puedan desenvolverse. Pero no sólo en ellas. Uno de los últimos servicios se ha prestado en Valladolid. La carroza fue a recoger a la novia a Parquesol y desde allí la trasladó a la iglesia en la que se celebraba la ceremonia. Con todo, alguna diferencia hay entre los pueblos y la ciudad: en la capital hay que pagar una tasa municipal, mientras que en los núcleos rurales no. «Se supone que pagas porque la carroza es escoltada por dos policías municipales que evitan conflictos de tráfico, pero eso yo no lo he visto nunca hasta ahora», admite Lorenzo de la Fuente.

El servicio casi nunca es contratado por los propios novios. Lo habitual es que sea un regalo de los familiares más cercanos -habitualmente los hermanos de él- y que, en el mejor de los casos, los protagonistas sean informados el mismo día de la ceremonia. «Ellos algo sospechan, pero ni se imaginan lo que les hemos preparado», aseguraba Elena Luengo sobre la boda de su hermano Jesús, que iba a celebrarse días después en Laguna de Duero. «A mi marido le gusta dar sorpresas, y los dos somos aficionados a los caballos, así que nos pareció una buena idea. A ellos también les gustan, aunque no sepan montar».

Rentabilizar los picaderos

José Antonio Corral, que contrató un carruaje para una boda en Valladolid, reconoce que descubrió que existía esa posibilidad como invitado a otras ceremonias y que la idea le gustó. «En Cogeces, por ejemplo, no se había visto nunca nada igual, y cuando la carroza apareció los invitados nos quedamos alucinados. Es algo diferente y que queda muy bien, especialmente si todo es discurre en el mismo pueblo».

La de las bodas es una opción más con la que algunos dueños de picaderos de caballos intentan rentabilizar un negocio que tiene mucho de afición y que en los últimos años no pasa por su mejor momento. En el caso de Lorenzo de la Fuente todo comenzó hace 12 años, cuando decidió comprar los primeros carruajes para su picadero. Hoy tiene 7 unidades, aunque habitualmente usa sólo dos o tres.

Para el dueño de un picadero adquirir enganches es toda una aventura. No es algo tan sencillo como atar los animales al carro y empezar a caminar. En absoluto. Los caballos deben ser educados previamente en un proceso que se prolonga durante seis meses. Sólo después de tan exhaustivo aprendizaje los caballos están en disposición de ser guiados por el cochero y obedecerle sólo con unos leves golpes e indicaciones de su fusta.

También Javier Álvarez, de la empresa El Duque, realiza bodas de vez en cuando, pero no es su opción principal. «Nos dedicamos a espectáculos con caballos y ésta es sólo una de las actividades». En su caso pesan mucho más las excursiones ecuestres, las tareas de doma, escuela equina, y, sobre todo, la participación en representaciones teatralizadas de tipo histórico. «Tenemos cuadrigas romanas y también carrozas medievales como las que se ven en las películas», explica. Ese tipo de carrozas les sirvió durante una época para participar en bodas medievales en colaboración con una empresa. Y recientemente ha estado en Portugal participando en un campamento medieval de esos que concentran a miles de personas y permiten mantener vivo el negocio. «Las bodas de particulares ya casi no las hacemos, porque no compensan. Se cobra poco y dan mucho trabajo».

Jornadas de cinco horas

De la Fuente está de acuerdo en que las bodas exigen muchas horas de dedicación. Por una tarifa que ronda los 600-700 euros, dependiendo de las circunstancias de cada caso, el propietario tiene que desplazarse hasta el lugar para analizar dónde puede aparcar el carro para esperar a la novia, o al novio, según el caso, y el mejor modo de llegar a su destino. Pero, además, el día de la celebración, el trabajo les ocupa no menos de 5 horas, entre ir, volver y atender a los novios. «O incluso más, dependiendo del fotógrafo de la boda, que algunos se tiran dos horas haciendo fotos», se queja. Y en esas fotos, lógicamente, los caballos y el carruaje pasan a ser un elemento esencial. No es infrecuente que los novios se desplacen en su berlina, o jardinera, hasta el Campo Grande en busca del mejor escenario para sus recuerdos del día.

«Lo normal es que el carruaje se encargue para llevar a la novia al altar», explica Lorenzo de la Fuente. Pero recuerda un caso especial en el que le contrataron para llevar al novio «porque ella iba a ir con un carruaje propio que ya tenía la familia». Sea como fuere se trata de una experiencia especial, hoy al alcance de muy pocos, lo que lo convierte en un recurso adecuado para ese tipo de celebraciones que, en principio, ocurren una vez en la vida.

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