Las vocaciones religiosas se estabilizan tras una fuerte caída por la secularización

Jóvenes en el Seminario de Valladolid. /A. Mingueza
Jóvenes en el Seminario de Valladolid. / A. Mingueza

Medio centenar de personas han pasado por el Seminario de Valladolid en los últimos cinco años

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

Medio centenar de personas han pasado por el Seminario de Valladolid en el último lustro. Todos ellos escucharon en su interior una llamada que muy pocos oyen, y a la que no todos atienden, y que los llevó a adoptar una de las decisiones menos de moda en nuestro tiempo: convertirse en sacerdotes. Una llamada, la de Dios, que no tiene timbre, pero que resuena en el interior. Y que casi ninguno acogió inicialmente de buen grado, aunque, al fin, se rindieron a ella, como se rinde uno a esas situaciones inesperadas que le incomodan, pero en las que termina descubriendo, escondida, una imprevista felicidad.

Podía pensarse que se trata de personas extrañas, aves raras en vías de extinción, pero detrás de cada vocación hay una historia distinta; algunas de ellas francamente sorprendentes. La que más, quizás, la del actual director espiritual del Seminario, José Manuel González, de 67 años, que se hizo seminarista con 58 tras una vida entera dedicada a la enseñanza de Filosofía en institutos y a cuidar de su madre enferma. «Lo mío no fue una vocación tardía sino una respuesta retardada», bromea. Pero su caso prueba que Dios, cuando quiere, puede ser muy insistente.

«Los objetivos finales son la fama, el dinero, la independencia..., pero eso no le basta al hombre»

«Algo muy intenso pasa en el interior de la persona cuando toma una decisión como esta a tan avanzada edad», explica el actual rector, Fernando Bogonez. «Pese a la secularización innegable, y a la desorientación de nuestro mundo, el espíritu se abre paso». El rector reconoce que a finales del siglo pasado se produjo una reducción importante de las vocaciones, que han caído a algo menos de la mitad de lo que era habitual, también en parte a causa de la caída de la natalidad. Pero en el último lustro la situación se ha estabilizado en torno a la decena de aspirantes cada año. La parte positiva es que los que llegan lo hacen ya con las ideas muy claras, pues en ese periodo solo dos aspirantes han concluido su discernimiento con la renuncia.

Otras dos vocaciones tardías destacan entre la hornada de candidatos que ocupan actualmente las enormes instalaciones del Seminario, en parte reconvertidas en Colegio Mayor. El colombiano Luis Arturo Vallejo tiene 55 años y llegó a Valladolid hace siete para responder a una voz interior que escuchó muchos años atrás, pero que tuvo que acallar, tras la muerte de su padre, para hacerse cargo de su madre, sus hermanas y las empresas de la familia, con apenas 17 años. «La guerrilla nos amenazó de secuestro. Aunque no llegaron a cumplir su amenaza, sí mataron a algunos de nuestros trabajadores y esquilmaron nuestra ganadería, lo que nos colocó en una situación muy difícil». Solo cuando sus hermanas acabaron sus carreras, y se vio liberado de su carga como cabeza de familia, volvió a resonar la vieja pregunta, que le trajo al fin hasta Valladolid. «Me costó mucho dejar a mi familia y hasta el último momento busqué a algún sacerdote que me eximiera», admite. Hoy no tiene duda de que su decisión ha sido la acertada.

Programa de radio

Más peculiar aún, si cabe, es el caso de Jorge Polo, de 46 años, dedicado fundamentalmente al negocio de la joyería y al comercio. «Nunca había pensado en ser sacerdote, pero un día escuché por casualidad un programa de captación de vocaciones de Radio María y me dejó conmocionado». En su caso la señal fue percibida como una congelación del tiempo. «Todo se detuvo. Sentía que me estallaba el corazón, con una mezcla de risa y llanto. No me lo podía creer, porque nunca había sido una persona ejemplar, y había estado muy alejado de la Iglesia. Mi vida había sido muy del mundo». Hoy, en cambio, cree que no puede hacer nada mejor que llevar la palabra de Dios a una sociedad «que le tiene demasiado olvidado». «Veo a mucha gente muy perdida, sin alma. Los objetivos finales son la fama, la independencia, el dinero… pero eso no le basta al hombre».

Pocas veces la señal adquiere una dimensión tan tangible como en el caso de Luis Segura, de 22 años, nacido en Palma de Mallorca. Unos ejercicios espirituales sembraron la duda en su interior y acudió a un templo en busca de respuestas. Una mujer que no conocía de nada, y que llevaba un carrito de la compra, se le acercó tímidamente. «Perdona que te moleste», me dijo, «pero es que el Señor me ha pedido que te diga que sigas su camino». Y le dio a leer un texto de San Marcos. «Fue una experiencia brutal. Casi me pongo a llorar allí mismo. Y solo puedo decir que desde entonces soy plenamente feliz; no tengo dudas». Segura concibe su vocación como un servicio a los más necesitados, «sobre todo a los pobres de espíritu, que hoy son los más abundantes».

La vida de los seminaristas tiene un tono marcadamente familiar. Cada uno cuenta con una pequeña habitación con cama, mesa, estanterías y armario, pero dispone, además, de todas las instalaciones del edificio, que no son pocas, incluidas salas de estudio, comedores, salón de actos y capillas. El día comienza a las 7.30 de la mañana con la lectura de las laudes y una misa, y el resto del tiempo está pautado por una serie de rezos que salpican la jornada, como el ángelus, al medio día, o las vísperas. «Si tú guardas el orden, el orden puede acabar guardándote a ti», asegura el rector Fernando Bogonez. «La vida desestructurada que llevamos actualmente ayuda a que seamos más fácilmente manipulables, porque estamos siempre descolocados y no sabemos nunca lo que tenemos que hacer». Con todo, la vida en el internado deja muchos espacios de apertura. «Intentamos educar para la libertad y la responsabilidad», explica el rector.

Las mañanas se dedican al estudio personal y las tardes a las clases (Filosofía los dos primeros años y Teología los tres siguientes) en el Centro Teológico de los Agustinos. Allí los seminaristas coinciden con otros religiosos de países como Tanzania, Venezuela o Filipinas. De vez en cuando surgen actividades especiales, como los talleres de Mónica Campos, la coordinadora del Centro de Orientación Familiar (COF) del Arzobispado, que ayuda a los futuros sacerdotes a gestionar sus emociones y sus afectos. «La mitad de los conflictos que vivimos en las relaciones humanas tienen que ver con que no sabemos decir las cosas», les explica Mónica. «Y la mitad de los problemas de los sacerdotes en sus parroquias tienen que ver con la dificultad para diferenciar lo negociable de lo innegociable».

Escándalos

Los escándalos de pederastia que han golpeado en los últimos años a la Iglesia preocupan en el Seminario, aunque el rector recuerda que los abusos cometidos por religiosos en España son una muy pequeña parte del total de casos. «Lo que no quita para que nosotros los vivamos como una mácula grande», aclara. Para seminaristas como Alberto Rodríguez, de 19 años, el temor es que el miedo al qué dirán pueda condicionar su forma de actuar. «A mí me gusta acariciar a los niños en la cabeza y me preocupa que los temores humanos hagan que me reprima. Que deje de hacer cosas buenas por miedo». Para Mario Martín, de 22 años, «el pecado está en la condición del hombre», pero la Iglesia «tiene que explicar, prevenir, actuar, pedir perdón y rezar».

El celibato no parece ser algo que preocupe especialmente a los aspirantes a sacerdote de Valladolid. Al menos por ahora. «Otros aspectos, como la vida en comunidad, o la obediencia a la Iglesia, cuestan más que el celibato», admite Martín, que descubrió su vocación gracias a la Semana Santa y a su condición de cofrade. «Un franciscano me explicó cómo funciona la llamada: el Señor empieza tocando las campanas bajo, luego más fuerte y luego de forma estruendosa». Imagen que coincide con su experiencia.

Pero recibir una señal no basta. «Es necesario un discernimiento, hasta asegurarnos de que lo que hemos sentido no obedece a motivaciones o impulsos equivocados. Para eso está la vida del Seminario», explica Fernando Bogonez. «La clave para saber si hemos acertado es sentir que lo que hacemos nos da felicidad. Esa es la certeza final».

Conferencia de Mayor Oreja

La conferencia del ex eurodiputado Jaime Mayor Oreja es el acto principal de la Semana del Seminario, que se inició el pasado domingo 17 y continuará hasta el 23 de marzo. Mayor Oreja hablará sobre «El relativismo moral y la crisis de valores» el jueves 21, a las 19 horas, en el Salón de Actos del Seminario Mayor Diocesano (Tirso de Molina, 44). Los que acudan podrán disfrutar también de la exposición 'Esculturas para tocar', entre otras actividades programadas para esos días.