Dos videoclubes se resisten al tiempo en Valladolid

Miguel Garrido en su videoclub Sesión Continua, en la calle Lope de Rueda./Rodrigo Jiménez
Miguel Garrido en su videoclub Sesión Continua, en la calle Lope de Rueda. / Rodrigo Jiménez

La asociación del gremio, que presidía Miguel Garrido y que ya no existe, contaba con 64 locales en la ciudad

IRIS SÁNCHEZ SOBRADILLOValladolid

A las 11:30 de la mañana ya está abierto. Al mediodía, durante la hora de la comida, se encuentra cerrado y, después, el turno se retoma hasta las 21:00 horas de la noche. Así es la vida de quien gestiona un videoclub: un trabajo permanente durante los 365 días del año, de lunes a domingo y sin vacaciones.

Celso Díez (43 años, Valladolid) es el dueño de Coliseum, uno de los dos videoclubes que todavía sobreviven en Valladolid. Pese a ser un negocio del pasado, aún abre cada mañana para poder conversar con sus clientes que, durante 18 años, le han acompañado cada día en lo que es su pasión, el cine.

«Prefiero alquilar una película que verla por Internet. Él me puede aconsejar qué cinta puede ser entretenida o, bien, cuál no merece la pena. Lo mejor de todo es que siempre acierta», cuenta Paqui Moro, una de las clientas habituales de Coliseum.

El trato cercano y personalizado es uno de los ingredientes principales de los videoclubes, además de que el hecho de «poder ojear las cajas de las películas, tocarlas y pasarse horas rebuscando entre las estanterías» hace posible que los clientes disfruten aún más de la experiencia de alquilar un DVD.

El algoritmo que utilizan las plataformas de 'streaming' para conocer los gustos de cada usuario es frío en comparación a una persona de carne y hueso que, a través de una charla y su experiencia, trata de entender qué tipo de contenido busca.

«Los jóvenes no saben qué es un videoclub; nuestros clientes son de 35 años para arriba»

«La gente sigue viniendo porque, al igual que yo necesito el papel para leer, todavía existe un mínimo de la población que busca el formato físico porque les parece real, palpable», explica Miguel Garrido (59 años, Palencia), dueño del videoclub Sesión Continua y el último presidente de la Asociación de Videoclubes de Valladolid, que contaba con 64 locales y que, a día de hoy, ya no existe.

Batallas abiertas

Aunque en 2008 tuvieron que enfrentarse a la crisis económica, que afectó a todos los sectores, ellos no la notaron de la misma forma, pues un videoclub se relaciona con el «ocio barato y con la gente recluida en casa».

Sin embargo, seguir en pie no es nada fácil para este negocio ya que, cada año, se tiene que enfrentar a millones de descargas ilegales. Y, aunque en 2018 el número se ha visto reducido en un 3% según el Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo Digitales de La Coalición que se encarga de evitar la vulneración de los derechos de la propiedad intelectual en Internet, la llamativa cifra de 701 millones de descargas supone un gran problema para las tiendas y locales como la de Celso y Miguel que cada día tienen más batallas abiertas.

Hace dos décadas, uno de los aspectos más llamativos de los videoclubes era la posibilidad de visionar una película recien estrenada en el cine. Actualmente, las descargas ilegales ocasionan un descenso del número de clientes, pues transcurren «cuatro meses desde que llega la película al videoclub y, en ese tiempo, la gente ya la ha visto, la tiene trillada», pues está a su disposición en numerosas páginas web.

Las plataformas de contenidos audiovisuales, como es el caso de Netflix o HBO, suponen otro de los graves problemas para el sector. No obstante, «contra estos portales se puede luchar, pero contra el precio cero es imposible», explica Miguel Garrido.

Aunque, «no son tan peligrosas como se suele pensar, ya que nosotros nos centramos más en el cine. De hecho, tenemos películas de todos los géneros e, incluso, cine de autor. Estas aplicaciones están más enfocadas en las series, que hoy en día están teniendo un mayor protagonismo», destaca Celso.

Los usuarios que aún continúan yendo al videoclub se interesan sobre todo por las películas, les llama la atención ver los filmes en «buena calidad y cuentan con tecnología propicia para ello». A esto se le suma la añoranza por el pasado que hace que la clientela se encuentre en una franja de edad de «35 años para arriba, pues los jóvenes no saben qué es un videoclub», explica Celso.

Sobrevivir en la era digital

Alquilar una película en Coliseum durante 24 horas cuesta 2,20 euros, si es una novedad, mientras que si es una «película de fondo tan solo vale 1,80 euros». Los precios tienen que ser lo suficientemente competitivos como para poder seguir con ello. Lo importante es que, al menos, se puedan «cubrir los gastos básicos del local».

Asimismo, para poder hacer frente a estas adversidades también ofrecen productos como «golosinas y bebidas». Los videoclubes intentan sobrevivir a través de otro tipo de negocios como la papelería o la telefonía: «nosotros hemos sabido percibir las necesidades que tenía el barrio y adaptarnos a ellas. Hemos sustituido nuestros metros cuadrados destinados al cine por el mundo de la telefonía y la zona del kiosco. Ahora vivimos gracias a los tres refrescos que nos compran y la pantalla que nos mandan arreglar», dice Miguel.

Alquilar una película en Coliseum durante 24 horas cuesta 2,20 euros, si es una novedad, mientras que si es una «película de fondo tan solo vale 1,80 euros»

En los años noventa los videoclubes se encontraban en auge, pues comenzaron a proliferar cuando todavía existían las cintas de VHS. En los 2000 hubo un nuevo despegue gracias a los DVD.

En ese momento, Celso abrió Coliseum y, de esta forma, siguió con el negocio familiar que inició su hermana con el ya inexistente videoclub Distrito 13. El cartel de aquel local aún permanece en la esquina de la calle Zapadores del barrio de las Delicias, donde se encuentra el videoclub Coliseum, como testigo y legado de su pasado.

Sesión Continua también tuvo un predecesor en la misma zona de Rondilla donde se encuentra ahora, en la calle Lope de Rueda. Con un recorrido de 31 años Miguel admite que huye de lo digital porque él es «analógico». Reconoce que «al negocio le quedan dos o tres años más» y que «los clientes se van en brazos de la tecnología y ya no se recuperan». Con gran pesar lamenta «ser un enfermo terminal, sin cura».

A pesar de ser un vestigio del pasado, los videoclubes aún mantienen ese encanto que guardan las cosas viejas. Ahora la gente lo denomina 'vintage', la forma moderna de decir que se era feliz con las cosas de antes.