Valladolid
Vencer el miedo para sobrevivir a la violencia de género: «Mi madre me dice que he hecho lo que ella nunca pudo»Ana María, nombre ficticio, consiguió salir de la situación de maltrato hace cuatro años con el apoyo de Cruz Roja, gracias al «detonante» que fue sentir que sus hijos «podían estar en peligro»
La primera vez que Ana María -nombre ficticio para preservar su anonimato- asistió a terapia con la psicóloga del centro de emergencia para víctimas de ... violencia de género que Cruz Roja gestiona en Valladolid, le preguntó a la terapeuta si era cierto que ella estaba loca. De tanto que se lo había repetido su maltratador, llegó a creerlo. «Me dijo que no, que estaba en todas mis capacidades mentales y que lo que me pasaba era que venía de una situación muy fuerte». Sobre esas palabras comenzó a cimentar, hace ya cuatro años, una nueva vida que empezó el día en que se atrevió a atravesar las puertas de la comisaría de Delicias. Allí se le abrieron otras y salió acompañada por una asistenta social, que la llevó al recurso asistencial, el primer lugar en el que se sintió segura desde que llegó a Valladolid en 2015 procedente de un país de Europa del Este.
Su mirada refleja la luz de quien ha logrado sobrevivir a la violencia machista. Los ojos se le humedecen por momentos, pero la voz no le titubea y la sonrisa la acompaña durante toda la entrevista, incluso cuando narra la primera vez, y la última, que su exmarido, padre de sus dos hijos, le puso la mano encima. Hace un esfuerzo por revisitar lugares de un pasado que aún pesa y al que tiene claro que jamás va a regresar, por si otra mujer puede verse reflejada y decide seguir sus mismos pasos. Gracias a ello, hoy es otra: trabaja «acompañando la vulnerabilidad de otras personas», estudia Psicología y educa a sus dos hijos, dos niños de tres y cinco años, para que el día de mañana sean «buenas personas» y no repitan las conductas de su padre y de su abuelo, pues la madre de Ana María también sufre malos tratos en su país de origen, que, lamenta, «aún no protege a sus víctimas».
Embarazada de seis meses y con un bebé de un año y medio, encontró las fuerzas para huir de su maltratador al sentir por primera vez el miedo de que algo pudiera pasarles a sus hijos. «Yo era una persona totalmente anulada; ver que los niños podían estar en peligro fue el detonante», recuerda, sobre la vez que abandonó una casa a la que nunca más volvió para pedir ayuda, después de que la noche anterior él entrara en la habitación en la que ella dormía y la sacara a golpes de la cama: «Vino, me agarró del pelo y me tiró al suelo». Con el niño en brazos, desconsolado, volvió a tratar de agredirla y le reventó el teléfono contra el cabecero de la cama cuando intentó pedir ayuda a la hermana de su agresor, su único círculo en España, que la culpabilizó. Después la despojó de todo lo demás: «Me cogió las llaves del coche, el dinero, el pasaporte, todo. Me dijo que podía salir por la puerta pero sin el niño».
El infierno, sin embargo, había empezado mucho antes, en forma de silencios que eran castigos, desprecios, insultos. También dirigidos a su hijo: «Eres igual de tonto que tu madre». La agresión vino precedida por una discusión, una de tantas que se desataron tras la maternidad. Ana María, que se encargaba de la crianza, de las tareas de la casa y de atender el negocio que ambos habían montado tras llegar a España, decidió llevar al pequeño a la guardería, a lo que él se opuso. La tormenta se desató después de que el niño cayera enfermo. Fueron dos semanas en las que no paró de repetirle «que era mala madre» y de acusarla de querer «matar al niño». Su «pecado» fue decirle que al día siguiente volvería al jardín de infancia, por recomendación de las educadoras: «Me dijeron que perdería el periodo de adaptación y volvería a pasarlo mal».
«Mi matrona me hizo un test de abuso y di diez de diez. Tenía normalizada esa situación»
Esa noche el miedo le impidió dormir, pero no la paralizó. «Busqué un teléfono antiguo, saqué la tarjeta del roto y me lo guardé en el sujetador», recuerda. Al día siguiente pidió ayuda a sus vecinos para ponerlo en marcha y algo de dinero. «No era capaz de meter la tarjeta, me temblaban las manos. A una chica que tenía un bar le pedí 20 euros». Estuvo cinco horas esperando para entrar al centro de salud, donde su matrona, unas semanas atrás, la había citado con la trabajadora social, aunque aquella vez lo dejó pasar.
Las prisas por volver al trabajo y el ir cargada siempre con el mayor en brazos hicieron sospechar a la sanitaria: «Me hizo un test de abuso y violencia y di diez de diez. Tenía normalizada esa situación». Después, al saber que su agresor y su familia la estaban buscando, decidió acudir a la comisaría, donde la derivaron, tras activar el protocolo de violencia de género, a Cruz Roja, que solo durante este 2025 ha atendido a 131 mujeres mediante el programa de Atención Integral para Mujeres Víctimas de Violencia de Género, al que la Junta destina el 0,7% de lo recaudado en el IRPF.
«Lo doloroso y lo trágico lo he hecho florecer, estoy descubriendo que hay otra manera de vivir»
El miedo y el desamparo de sentirse sola en otro país con dos menores a cargo dio paso a la calidez que le aportaron los cuidados que recibió al llegar al primer recurso residencial, donde estuvo dos meses. Se emociona recordando la primera vez que les preguntaron si tenían hambre o cómo calmaron sus ataques de pánico ante situaciones que antes desataban la ira de su maltratador. «Yo no estaba acostumbrada a sentir seguridad, a que una persona se te acercara no para hacerte daño, sino para preocuparse por ti. Tuve muchísimo apoyo en todo», agradece. Durante un año pasó por varias casas de acogida en las que tuvo la oportunidad de volver a estudiar y encontrar un trabajo con el que pudo independizarse.
«Han pasado cuatro años, pero es ahora cuando estoy tomando conciencia de que soy libre. A partir de ese día lo fui, pero te queda la jaula mental», explica, sobre un presente marcado por los procesos judiciales que han alargado la sombra del pasado junto a su agresor. «De cara a las autoridades, él es un maltratador hacia mí, pero un padre para los niños y las dos figuras no están relacionadas. Ahí la ley falla un poco», lamenta, mientras recuerda la batalla para conseguir la patria potestad para decidir sobre la salud y la educación del más pequeño, que estuvo tres años «indocumentado». O las primeras visitas, en presencia de las trabajadoras sociales, que cesaron tras un informe en el que constataron la falta de habilidades para estar con los pequeños: «Les ponía vídeos y les preguntaba por mí y por si llevaba a otros hombres a casa».
Pese a lo duro de su relato, agradece lo vivido, porque le ha dado la oportunidad «de nacer otra vez». «Lo doloroso y lo trágico lo he hecho florecer. Estoy descubriendo que hay otra manera de vivir la vida», expresa orgullosa, sobre una transformación que ha llevado a cabo también en honor a su madre: «Ahora ella me dice que he hecho lo que ella nunca pudo».
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