Cuando Unamuno excolumgó a los liberales

Una conferencia en Valladolid del rector de la Universidad de Salamanca, en la que atacaba a la Iglesia y a los regionalismos, desencadenó la polémica en enero de 1909

Salón principal del Círculo Liberal donde Unamuno impartió su conferencia en enero de 1909./El Norte
Salón principal del Círculo Liberal donde Unamuno impartió su conferencia en enero de 1909. / El Norte
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Vino a Valladolid a provocar y lo consiguió. Unamuno no solo agitó conciencias, sino también las portadas de los periódicos nacionales. Ocurrió hace 110 años, concretamente a las nueve de la noche del 4 de enero de 1909. Minutos antes, Miguel de Unamuno había salido desde el Hotel Francia, en la calle Teresa Gil, donde se hospedaba desde el día anterior, para satisfacer con creces la invitación que le había cursado el Círculo Liberal de Valladolid. Los asistentes, «personas de todos los matices políticos y de todas las clases sociales» que abarrotaban el Casino, estaban avisados: el rector de Salamanca no había venido para hacer amigos. Y así fue.

No por casualidad, 'La esencia del liberalismo', como se titulaba la ponencia impartida, ha pasado a la historia del pensamiento unamuniano como exponente de ese «liberalismo socialista» con el que trataba de encontrar los auténticos valores de España y formar una idea de cuál habría de ser el «espíritu» de nuestro país en el mundo. Hacía tiempo que Unamuno había abandonado los guiños marxistas de juventud para adentrarse en propuestas profundamente liberales pero no exentas de aparentes contradicciones. Valladolid fue testigo privilegiado de ello, sobre todo cuando se explayó en la supuesta incompatibilidad entre catolicismo y liberalismo.

Comenzó a hablar a las nueve de la noche y no se anduvo con rodeos: rápidamente arremetió contra el liberalismo español y contra el propio Sagasta por querer «más el poder que la doctrina» y contraponer el individuo al Estado, dando pie así a un «anarquismo estéril» que, en su defensa del «dejad hacer, dejad pasar», se había vuelto destructivo y era el principal responsable del descrédito del Estado. El público del Casino, que prorrumpía en aplausos de vez en cuando, enmudeció cuando el filósofo y escritor recordó que «el liberalismo es socialista (…)», si bien no en un sentido «puramente económico, el del materialismo histórico, no. No se trata de cuestión de estómago, sino del hombre entero, no de reparto de riqueza, sino de cultura». A los viejos liberales les recordaba que «la verdadera liberad no es individual (…), es carga más que beneficio, deber más que derecho, y engendra responsabilidades (…). La libertad es colectiva y social, no individual».

Pero el plato fuerte llegó cuando Unamuno aseguró que el fin principal del Estado era «la cultura, la elevación del espíritu humano, su deificación», y que su misión era «realizar el reino de Dios en la tierra: la cultura». Excelso objetivo que exigía arrebatar el monopolio de la enseñanza a las familias y a la Iglesia católica: «A éste [al Estado] le compete la instrucción pública y obligatoria, correlativa al servicio militar obligatorio. No puede dejarse la enseñanza al padre. La educación familiar trae la decadencia de los pueblos: los padres entregan a sus esclavos. Si no enseña el Estado para la cultura, enseñará la Iglesia para la egoísta felicidad individual».

Aquel Unamuno de hace 110 años lo tenía claro, ser liberal y católico era una contradicción: «No cabe ser liberal y católico», decía, «católico y liberal es en España, más que en otra parte, un contrasentido». En el catolicismo institucionalizado veía una traba para la consecución de su propuesta liberal, de ahí su pretensión de «descatolizar a España» en el sentido de hacer que la religión católica dejara de ser un factor de la vida política: «Lo que nos urge hoy es que los confesadamente no católicos no queden, como de hecho quedan, fuera de la ley común, que la heterodoxia no sea ilegal. El gran triunfo del liberalismo español sería que un heterodoxo confeso entrara, y sin abdicar, en un Gobierno dinástico».

Como entendía el liberalismo no solo como un programa de reformas políticas, sociales y económicas, sino también como una teología dirigida al desarrollo de la conciencia en los españoles para que cada persona pudiera tener absoluta libertad espiritual, proponía una nueva reforma religiosa que pusiera al catolicismo al servicio de su propuesta liberal de «redención cultural».

Anticatalanismo

Pero no solo el catolicismo institucionalizado representaba un escollo para el liberalismo unamuniano, también lo era el regionalismo en sus diferentes vertientes, sobre todo en la catalana. «El liberalismo es centralizador», recordaba, mientras que el regionalismo, fomentado sobre todo por el clero, era tradicionalista y conservador y conllevaba «la muerte de la cultura, cuyo órgano es el Estado unitario y liberal frente a la Iglesia». Por eso tildaba de retrógrados y medievales los afanes regionalistas catalanes, llegando a decir que «en la Guerra de Sucesión, en Cataluña, los soldados de Felipe V eran los soldados de la libertad y la cultura, y Pau Claris un reaccionario».

El impacto que causaron sus palabras fue tremendo. Hubo periódicos conservadores y católicos, como 'El Adarve' y 'El Universo', que se alegraron de que el rector hubiera recordado, ante eximios liberales pucelanos, la máxima integrista de que «el liberalismo es pecado», e interpretaron su discurso como un alegato contra el llamado «bloque de izquierdas» que encabezaba Segismundo Moret en oposición al gobierno conservador de Antonio Maura. Otros, sin embargo, no fueron tan complacientes. 'El Porvenir', por ejemplo, tildó la conferencia de «tontería» y al ponente de «krausista y luterano», y 'El Restaurador', que significativamente se apellidaba «Diario de propaganda católico-social y de avisos», le presentaba como «vocero y representante genuino de todos los anticlericales de España», además de portavoz de una campaña dirigida «a robar la fe, a descatolizar a España».

También el tradicionalista 'El Correo Español' atacó duramente su propuesta de monopolio estatal de la enseñanza arguyendo que liberalismo y cultura son incompatibles, al tiempo que ridiculizaba a próceres liberales como Mendizábal, Espartero, Castelar o el propio Sagasta; para este periódico, la cultura no podía ser sino tradicionalista, pues «el medio indispensable para la cultura es la disciplina y la autoridad», mientas que el liberalismo era lo contrario a ambas. Más templado en sus juicios fue el 'Diario Regional', periódico católico de Valladolid para el que la conferencia consistió en un «variado mosaico en que se mezclaban afirmaciones de ortodoxia con otras abiertamente heréticas».

Pero tampoco El Norte de Castilla, abanderado de las propuestas liberales de su propietario, Santiago Alba, se resistió a cuestionar la máxima unamuniana que contraponía liberalismo y catolicismo, recordando que «en Inglaterra y en los Estados Unidos y en Alemania ha hecho progresos grandes el catolicismo, sin que haya dejado de hacer conquistas la libertad». En ello insistía también el director del rotativo, Antonio Royo-Villanova: «Somos muchos los católicos liberales y lo seguiremos siendo a pesar de todo, mientras no nos excomulguen».

 

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