La última voluntad del hombre bala: ser incinerado en Valladolid

Imagen promocinal del hombre bala./CIRCOYMAS
Imagen promocinal del hombre bala. / CIRCOYMAS

Enrique Muñoz, estrella del circo con raíces en el barrio Belén, falleció el pasado 2 de enero en Estados Unidos

V. M. V.VALLADOLID

Los carteles del circo lo anunciaban como ‘el hombre bala’ y decían que su nombre era John Taylor, un apelativo artístico que heredó de su padre y que tal vez sonaba mejor que Enrique Muñoz, su verdadera identidad. Enrique Muñoz Papadopoulo, integrante de una famosa estirpe circense (él era la cuarta generación), será mañana incinerado en el tanatorio El Salvador, después de que el pasado 2 de enero falleciera en Springfield, Missouri, Estados Unidos. El enorme papeleo que supone la repatriación del cadáver ha retrasado hasta ahora su retorno a Valladolid, en este último vuelo del hombre bala (de 7.264 kilómetros). Había viajado al otro lado del charco no por trabajo, sino para visitar a familiares y allí le encontró la muerte, después de jugarse tantas tardes la vida bajo la carpa de un circo. «Con ustedes, el legendario hombre bala». Así lo presentaba el maestro de ceremonias, cuando su espectáculo se convirtió en uno de los más aplaudidos del panorama circense internacional. Su hermano Luis (el Capitán Muñoz) y sus sobrinos siguieron el rastro de pólvora del cañón en el que se metía Enrique (o Henry, como también se hacía llamar) para salir disparado -gracias a un resorte de aire comprimido y piezas hidráulicas- como proyectil de carne y hueso, enfundado siempre «en un traje blanco impoluto», como recuerda Íñigo Fernández en Circoymás, un blog especializado en el mayor espectáculo del mundo.

Enrique Muñoz.
Enrique Muñoz.

«Cuando Henry se introducía en el cañón, los segundos parecían interminables, hasta que comenzaba la cuenta atrás. Después de un ruido de disparo ensordecedor, Henry salía literalmente volando desde la boca del cañón», rememora Fernández, «hasta aterrizar en una colchoneta hinchable». Podía alcanzar los quince metros de altura y los 25 de distancia. Enrique nació el 16 de diciembre de 1957 en Sarasota, Florida(EE UU) y debutó con 19 años en Council Bluffs, Arkansas, aunque durante los primeros meses se dedicó a la cuerda floja. Con más de 25 años de lanzamientos, reconocía en agosto de 2014 haber perdido la cuenta de cuántas veces había salido disparado de la boca de un cañón que viajó por más de treinta países. «Siempre hay algún percance en este tipo de números», contaba a Fernández en una entrevista para su blog. «Es un número de treinta segundos, pero todo tiene que estar al 100%. En Francia, en La Piste aux Etoiles, colocaron mal el ‘airbag’, aterricé mal y estuve un mes fuera de combate, con una lesión de rodilla. La última fue en Italia. Por un fallo eléctrico del circo estuve más de quince minutos eternos sin poder salir del interior del cañón. Siempre me hago alguna torcedura, porque aunque los vuelos del cañón sean de la misma distancia, nunca vuelo igual», explicaba. Contaba que podía alcanzar los 130 kilómetros por hora y que la clave era ponerse «recto justo antes de la cuenta atrás» y mantenerse activo con ejercicio físico, «buenos reflejos y confianza en la maquinaria». En su esquela, la familia quiso que apareciera el dibujo de un hombre bala en su «último viaje hacia el cielo».

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