Sor María Paulina cumple cien años, 75 de ellos en clausura
La hermana del convento carmelita de La Rondilla sopla su siglo de vida «con mucha emoción»; no falta a la cita de la misa diaria y reza por el exterior, «para que crezcan en el amor»
Un siglo de fe y oración con cerca de ocho décadas de compromiso vital con la vida religiosa y consagrada a Dios. María Paulina de ... la Inmaculada cumple los 100 años de vida entregada a Dios y al Carmelo en un ambiente tranquilo, de espiritualidad, de acogida a quienes las visitan… Un ejemplo de fidelidad en la mismísima casa fundada por la propia Santa Teresa de Jesús en 1598: el Convento de Santa Teresa. Un cenobio que estos días está de celebración ante el centenario de su hermana mayor con una salud encomiable donde la vitalidad va respetándola aún con sus achaques y movilidad cada vez más dificultosa, pero con una cabeza privilegiada. Y, como destacan sus hermanas de convento, con una sonrisa que nunca le falta, siempre con una buena palabra y un agradecimiento constante al don de su profesión religiosa y al Señor: «Doy gracias a Dios por tanto recibido de su misericordia y perdón».
Un agradecimiento constante fueron sus repetidas palabras durante su tierna celebración cumpleañera en el locutorio. A un lado de la reja una decena de invitados, familiares y amigos, mientras que, al otro lado, junto a la hermana, una nutrida representación de sus compañeras ataviadas con su hábito y escapulario de la Virgen del Carmen pero sobre todo ataviadas de contemplación, vida fraternal y carisma servicial como marca su espiritualidad. Una fiesta presidida por una tarta abizcochada para compartir que rezaba sobreimpreso «Solo Dios basta». Queda todo dicho y bendecido. Un mensaje compartido en porciones para todos los presentes bajo la atenta mirada de María Paulina, en una actitud de acogida, con mucha atención a todo lo que iba sucediendo a su alrededor y con mirada de infinita gratitud porque «ninguno vivimos para sí mismo sino para el Señor».
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Más de 75 años de profesión carmelita, de clausura en estas dependencias del barrio de la Rondilla Santa Teresa en lo que realmente significan algo así como un alegato a la paz y al bien común al sentirse inmerso uno en la construcción original creada por Santa Teresa de Jesús e incluso donde se conserva la celda que ocupaba en sus visitas al convento. Y precisamente de visitas han estado colmado las dependencias durante las últimas jornadas, si bien la monja cumpleañera ha preferido llevar una vida más discreta y austera, como siempre, entorno a la oración y la misa diaria, como comentaron las otras hermanas al destacar su fortaleza física aún con su debilidad centenaria y su profunda fe.
Fue un cumpleaños de recuerdos, de emociones vacilantes, pero donde la mirada hablaba por si sola en una visita con más boato que en otras ocasiones hasta el punto de que en el momento de los agradecimientos una hermana leyó, por hacer una lectura más ágil, una carta de sor Paulina. Unas letras muy personales con las que hizo un recorrido por su vida con continuos agradecimientos y exclamaciones: «¡Qué veloces pasaron los años de ilusiones, de gozos, de desengaños…!» aludiendo en este sentido a la bondad de Dios desde la propia creación y lamentando «la libertad humana que la ha degradado». Aún con todo, siempre entusiasmada: «¡El mundo es bueno!».
El camino a su particular perfección, la personal mística de esta religiosa nacida en tierras leonesas, pasa porque su vocación «surgió como misterio en oscuras rejas de un monasterio». A partir de aquí, disertó en su escrito de agradecimiento sobre «felicidad y libertad», la que siente que recibió en esta casa de Santa Teresa donde siempre ha vivido, «sin nostalgia y sin dudas que me causan pesar». «Con pequeñas renuncias quería a Dios agradecer, porque tan solo él sabe cuántos serán mis días», asintió la hermana con la cabeza, con su frágil cuerpo, sentada en una silla de ruedas, pero con ojos vidriosos, de entusiasmo y gratitud desde el otro lado de la reja de la clausura ante la atenta mirada de familiares también entusiastas por poder disfrutar de la salud y la paz de la monja.
Hermana carmelita de misa diaria, «nada más grande y más sublime para darle gracias, que me llena de felicidad», de comunión diaria, que en su cumpleaños hizo una excepción para bajar a la capilla grande desde el corredor de habitaciones por donde ha caminado, ha compartido y orado tantas horas, como explicaban sus hermanas, en el que la humildad espiritual de sor Paulina sobresalta incluso los oídos «porque mi posesión y herencia son mis manos vacías y un corazón hinchado de amor y ternura».
«¡Y os agradezco y por todos pido!» repitió en varias ocasiones para concluir haciéndose ver cómo es ella: «Mi corazón está desbordante de gratitud y pido al Señor que a todos les ayude en sus necesidades y crezcan en su amor». Agradecimientos que se extendieron incluso en la misma celebración de Acción de Gracias donde el sacerdote diocesano Luis Ángel Arranz felicitándola por la onomástica la ensalzó como «una vida entera entregada al Señor en fidelidad». «No se trata de cantidad de años -en relación a la edad de 100 y a los 75 de su profesión religiosa- sino de fidelidad», reiteró en una homilía de alegría donde hubo referencias también Santa Teresa como la ejemplarizante moradora de la casa.
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