Sevilla encandila a un Paseo de Zorrilla que corea 'Pucela'

Pablo Aguado, en hombros por la Puerta Grande./Alberto Mingueza
Pablo Aguado, en hombros por la Puerta Grande. / Alberto Mingueza

Pablo Aguado abre la Puerta Grande tras cortar dos orejas en la única corrida de toros de la feria de San Pedro Regalado

José F. Peláez
JOSÉ F. PELÁEZValladolid

Valladolid es de Primera. El gol de Guardiola en Vallecas se oyó en el coso del Paseo de Zorrilla y resonó en los tendidos para confirmar que la ciudad merece estar un año más en la élite del fútbol español. Desgraciadamente, es solo fútbol. En lo referente a toros, Valladolid es una plaza de segunda y, si se me permite, a punto de descender. Mientras sigamos regalando orejas como la del segundo de Manzanares –una vergüenza–, mientras sigamos soportando encierros como los que nos trae Matilla –un escándalo– y mientras sigamos aguantando y callando ante la extrema vulgaridad del conjunto –un disparate–, la salud de la tauromaquia en nuestra ciudad distará mucho de dar señales de vida, a pesar del lleno, del cartel, del lechazo previo y del ambientazo de después.

Porque lo traído por los Hermanos García Jiménez es una vergüenza. Una tomadura de pelo, una oda a la mediocridad, una nana pastoril sin fuerza ni casta ni transmisión y algo cercano a la estafa para el que paga por ver toros en su tierra. Pero vale, al fin y al cabo Valladolid no es Madrid; lo sabemos, contamos con ello y uno va a la plaza predispuesto al talante conciliador y derrotado de antemano por el previsible fuego de artificio.

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La gran pena es que se haya perdido la mínima exigencia, el amor propio y el respeto a uno mismo, porque, cuando eso sucede, cuando todo vale, lo más probable es que no valga nada. Cuando se pierde la dignidad, es la verdad lo que cae. Y sin verdad, los toros son una burla. Sin miedo, un jueguecito. Sin bravura, apenas un engaño. Y entonces ya podemos olvidarnos de discursitos incendiarios en el Congreso, porque los antitaurinos, a la larga, tendrán razón.

Morante ha cambiado su lidia, seguramente porque por fin tiene rival y ese es Aguado

Solo son unos animalillos afables e insignificantes que dan de todo menos miedo, quizá ternura, a veces compasión, y aires más de Pacma que de Lorca. La emoción surge cuando se conjugan miedo y belleza; arte y fuerza; vida y muerte. Pero esto ya es solo literatura. Los toros, hoy, solo conjugan –y no siempre– gin con tonic. Y un habano, si se tercia.

Morantistas

Los morantistas estamos ganados de antemano. No nos hace falta mucho para que la predisposición al arte y al asombro se vea satisfecha. Uno se levanta en torero, anda muy despacito por el pasillo de casa y sueña con una verónica interminable que acabe con todo. Y rara vez sucede, por eso cuando los duendes tocan a rebato es algo tan grande.

Arriba, Morante durante la faena. Pablo Aguado, a porta gayola. José María Manzanares, con la izquierda, en la última imagen. / A. Mingueza y H. Sastre

Aun así, Morante dio muestras sobradas de su clase estratosférica, de su capote apaulado, y sus lances de recibo al cuarto fueron sencillamente historia de la plaza. Esa armonía, ese compás… qué cadencia, qué categoría, qué riñones sin estridencias, qué encajado todo cuando la barbilla se hunde en el mentón. Y sus penitentes rotos en ese toreo añejo y eterno. El arte, como la tierra, de quien lo trabaja. El de La Puebla ha cambiado su lidia, seguramente porque por fin tiene rival y ese no es otro que Aguado, otro sevillano y ligado a la hermandad del Rocío de Triana. 'Casiná'. Si las muñecas de Morante deberían ser Patrimonio de la Humanidad, la tauromaquia eterna de Aguado no lo es menos. Elegante, clásica, de naturalidad asombrosa, con aires de Joselito, templada, por momentos mágica y tremendamente honesta. Venía sustituyendo a un lesionado Roca Rey tras abrir la Puerta del Príncipe y salimos ganando. Puede que el maestro aún esté verde. Es por todos sabido que no se puede ser sublime sin interrupción y aún ha de entender cuándo y con quién. Irse a Porta Gayola sin sentido es degradarse. Aún así, dos orejas merecidas ante rivales muy por debajo.

La faena de Manzanares pareció más un videojuego ansioso que un bello poema

Si algo hemos de agradecer a Aguado es que no se haya vuelto aún vulgar en los alardes. Uno no torea como es; uno torea como quiere llegar a ser y su toreo es encajado. Bello cuando el adorno es además recurso. La madurez no es otra cosa que solucionar los problemas sin aspavientos, arriesgar sin buscar el aplauso fácil, torear por derecho, no encogerse con Morante por delante sino todo lo contrario. La rivalidad es buena para todos. Vivan los celos.

Una cosa es torear y otra pegar pases, y la faena de Manzanares ya me la sé de memoria. Se la he visto veinte veces. Celebraría que algún día cargara la suerte, echara la 'patalante', se pusiera en el sitio y transmitiera algo, porque en realidad, su faena pareció más un videojuego ansioso a las dos de la mañana que un poema bello en la tarde aterciopelada. Una oreja populista fue el trofeo que algunos aún estamos intentando entender. Mientras Aguado abría la Puerta Grande, la plaza coreaba 'Pucela, Pucela'. En realidad, ya daba igual. Muchos nos habíamos quedado a vivir en la segunda chiquelina de Morante. Y ahí seguimos.