Roca Rey canoniza el toreo

Roca Rey torea al natural al último de la tarde. /Ramón Gómez
Roca Rey torea al natural al último de la tarde. / Ramón Gómez

El peruano cuaja una tarde soberbia, corta tres orejas y sale a hombros con Manzanares, que lidió el mejor astado de una desigual corrida de Garcigrande

Lorena Sancho Yuste
LORENA SANCHO YUSTE

Ahora que sobra el diesel, que la transición ecológica pasa por eliminar toxinas de temperatura excesiva, llega Roca Rey y entroniza el toreo al ralentí. Lo canoniza cual mecánico mediante logaritmos de un motor pausado, suave, inspirado. Clamoroso en cuanto a las formas, insultante en cuanto al sitio. De consumo ínfimo en el escueto trozo de albero que pisa para torear y de velocidad pausada en el diálogo marcado por pautas de veracidad. Andrés Roca Rey, 21 años, levanta el pie del acelerador en el ruedo y lo pisa fuera de él, en los visionarios que ven en su aniñado rostro una figura del toreo, en las estadísticas que le erigen en líder, en el trending topic del escalafón.

Apenas había asomado el amelocotonado de Garcigrande por la puerta de toriles cuando el jovencísimo diestro ya se había echado el capote a la espalda para recetar unas gaoneras como prólogo. Había ambición en su posterior galleo hacia el caballo y hambre de triunfo en las chicuelinas del quite. Y ahí siguió, en la boca de riego, para empezar con la muleta –susto incluido en un extraño del toro, que casi lo arrolla– con un recital por estatuarios y un pase cambiado a la espalda de infarto. Ligó y cuajó, de menos a más con un astado al que dejó crudo en el caballo, con derechazos de duración alcalina y dos redondos mirando al tendido en los que el toro acercó sus desafiantes pitones a los muslos de un impertérrito Roca Rey. Con las berdardinas finales crujieron los cimientos del coso y, con la estocada, casi fulminante, la prole entró en ebullición. Dos orejas arropadas por los gritos de 'torero, torero' entonados al son.

Con el sexto la cosa fue también de menos a más. Pudo al mansurrón de Garcigrande en una ardua pelea por sujetar al prófugo astado en su huida hacia tablas. Y fue ahí, en el 3, donde le enjaretó unas templadas series acompasadas por la voz y dominadas por el pitón derecho. Mató y cayó la oreja. Otra vez al ralentí, sin prisa.

La mecha de la gasolina la prendió Manzanares con el explosivo quinto. El castaño de Garcigrande, de nombre 'Amarrado', se ganó a pulso la ovación en el arrastre con una codicia cosida a las telas. Vio Manzanares su calidad de salida, con unas verónicas sobresalientes con las que caldeó el ambiente. El animal, de proporcionadas hechuras y a la postre el mejor presentado, puso en marcha sus dos velocidades; la de la embestida retardada y la de la explosividad con la que después se arrancaba. Fue Manzanares adaptándose a su ritmo con una, dos y hasta tres series soberbias por la derecha, cortas pero de una intensidad brutal. Probó el izquierdo, más corto, y regresó a la derecha en un cambio de mano dibujado a pincel. Mató recibiendo, arriba, y se desquitó del día anterior, cuando marró con la tizona.

Poco pudo hacer en cambio con el pegajoso segundo, protestado levemente de salida –tenía un pitón izquierdo sonrojante–, con el que abrevió el alicantino.

Los aceros le fallaron ayer a El Juli, que perdió la oreja del cuarto tras un pinchazo en una suerte suprema practicada casi en toriles, donde quiso el manso astado. En acompañarle en la embestida se dejó la voz el madrileño hasta casi desgañitarse, con una actuación poderosa, lidiadora, muy por encima del de Domingo Hernández. Se fue de vacío en éste y en el guapo primero, que tenía un genio molesto en la embestida y un derrote que soltaba sin avisar, así, de sopetón. Un híbrido de motor gripado. Todo estética en la carrocería.

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