De profesión, pastor

Eugenio y Luis, padre e hijo, con sus rebaños en Robladillo. / Rodrigo Ucero

Pablo Hervada y José Luis Rodríguez cuentan los entresijos de este oficio milenario

Laura Negro
LAURA NEGRO

Hay pocas estampas más bucólicas y evocadoras que un rebaño de ovejas en el campo. Estas reses lanares son consustanciales a nuestro paisaje y paisanaje rurales. Un pueblo es más pueblo si las ovejas hacen acto de presencia en sus calles y pastos con sus balidos y cencerros. Sin embargo, estas estampas lamentablemente son cada vez menos habituales. El de pastor, más que un oficio, es un estilo de vida que protege el ecosistema y que modela la fisonomía de nuestros pueblos, pero cuyo relevo generacional es complicado, por el sacrificio que requiere y porque su producto es cada vez menos rentable.

El Norte de Castilla ha compartido una jornada de trabajo con tres pastores de la provincia. Pablo, Eugenio y José Luis son profesionales del campo para los cuales sus animales lo son todo. Son ganaderos solitarios, filósofos de piel curtida, amantes de sus rebaños e iconografía pura del medio rural. Los tres coinciden en su visión de futuro. Son pesimistas y tienen claro que si el panorama no cambia, su oficio está en vías de extinción.

Pablo Hervada es uno de los cuatro pastores que todavía quedan en Torrelobatón. A sus 63 años, lleva 50 en este oficio. «Toda una vida», dice él. «Y muy contento», aclara antes de que se le pregunte. Aprendió y heredó el oficio de sus abuelos y de sus padres, que fueron pastores en Velliza. Con 23 años formó su propio rebaño en el municipio torreño. Su jornada arranca a las seis de la mañana para ordeñar y buscar buenos pastos. A pocos kilómetros del casco urbano, en los campos de cereal recién cosechado, le encontramos vigilante y en compañía de Jovi y Labores, sus fieles perros, que dan vueltas manteniendo al atajo unido. La estampa la completa Macario, su inseparable burro traído de Santander, portador del morral y del almuerzo y su infalible escolta ante el lobo.

Le quedan dos años para la jubilación y ve complicado el futuro del sector. «Eso es muy sacrificado. Son 365 días al año. Hace falta mucho amor al oficio para sacarlo adelante», dice. «Estoy hasta las cuatro de la tarde, y después de la siesta, otra vez a ordeñar. Esa es la rutina de todos los días. Lo mejor es lo mucho que disfruto con ello. Me encanta el campo. Lo peor… es la esclavitud. Un solo pastor para llevar un rebaño, es morirse en vida. Entre dos o tres, se lleva mucho mejor». Su queja es la de todos en el sector. El precio de la leche. «Yo no sé quién tendrá la culpa, si nosotros los pastores, que no sabemos hacerlo bien, o las cooperativas, las centrales lecheras o la propia burocracia de la administración. El caso es que nos están metiendo un palo tremendo. Hace décadas la leche valía más que ahora. Yo me hincho a ordeñar porque tengo ovejas muy buenas, pero como el precio está por los suelos, no es rentable. No le veo solución a corto plazo. Dicen que esto va a repuntar, pero yo no lo veo», lamenta con la cabeza gacha.

Su primera noche al raso la pasó a los 11 años y ahora dice que pasa más tiempo en la majada. «Ya nadie quiere este oficio. Torrelobatón era un pueblo ganadero por excelencia. Hace 40 años, cuando yo firmé el libro de registro, éramos 33 atajeros. Ahora solo quedamos cuatro. Una pena… una pena», repite. Para él la soledad del campo no es un problema. Nunca se aburre y se pasa las horas muertas escuchando la radio. «Yo soy más de campo que las amapolas. A los jóvenes no les pidas que se pasen 8 horas con las ovejas, que no te lo hacen», dice entre risas. Tiene 450 cabezas de raza assaf, de las cuales ordeña 290 y presume de conocer a todas. «Cuando ordeño enseguida me doy cuenta si me falta alguna. Eso es verídico», asegura. «El que es pastor de verdad, las conoce perfectamente», remata este torreño que con su cayado dirige con maestría su rebaño. «Para mí, mi trabajo es el todo», asiente.

Nos acercamos hasta Robladillo. Donde se escucha de nuevo la cadencia del sonido de los cencerros. Allí están Eugenio Rodríguez y su hijo José Luis, ambos pastores y este último, además, alcalde del municipio y presidente de la Junta Agropecuaria Local. Juntos manejan un rebaño de 700 cabezas de raza assaf. «Lo principal de este oficio es saber llevar el ganado en el campo y en casa. Hay que darle de comer, cuidarle y ordeñar. Requiere de muchas horas, pero el secreto para ser un buen pastor es quererlo ser. Este no es un trabajo para cualquiera», desafía el padre. «¿Que cuántos años llevo en esto? Tengo 78. Todos esos llevo», dice entre bromas Eugenio. «Empecé con mi primo y durante años estuve de obrero para otros pastores hasta que me hice con mi propio rebaño», cuenta este veterano. Su hijo también ha mamado el oficio. «He nacido entre el ganado. Esto se lleva en el corazón. Si no, no estaríamos aquí», apostilla José Luis. Les acompañan al páramo cinco de sus perros y sus burros Macarena y Perico, ambos muy bien enseñados. «Para mí este oficio es lo más grande», dice el padre. «Para mí lo mismo», añade su hijo. Ambos reconocen el sacrificio que conlleva esta forma de vida. «Tenemos muy asimilado que no podemos disfrutar de las fiestas y a veces te enfadas con todo y te dan ganas de dejarlo, pero luego das en pensarlo y quieres tanto a las ovejas que sigues adelante como puedes».

Adiós al ganado extensivo

A las 5 de la mañana los Rodríguez ya están ordeñando. Luego Eugenio sale al campo mientras José Luis se queda en la majada atendiendo al ganado estabulado. «Solo salen al campo las preñadas y las vacías, que no están en producción. En casa tenemos las lecheras y las parideras. Esas no las sacamos al campo, porque la agricultura hoy en día es muy agresiva. Se abusa de los herbicidas y apenas quedan rastrojos. Ahora los agricultores tienen mucha prisa con las tareas y nada más cosechar, ya están empacando. Yo creo que si están cobrando una PAC, se les debería obligar a que nos dejaran el campo para que las ovejas pasten durante la campaña de verano. Tenemos derecho a ello y no es demasiado pedir», reclama el pastor y alcalde.

Estos pastores de Robladillo se quejan de que su sector está más que sentenciado. «Es una ruina total», dicen. «No nos iremos, pero nos van a acabar echando. El precio de la leche, los pastos… hay que ser muy listo haciendo cuentas. Esto no da. No hay futuro. Si sube el precio de la cebada, debería subir también el de la leche y el de los corderos», se queja José Luis.

Su padre no se queda atrás y lamenta que «en Castilla y León no se hace nada por mantener el ganado en extensivo. Desde los sindicatos agrarios solo hablan de lo mal que está el campo para los agricultores, pero si está mal para ellos para los ganaderos está todavía peor. Las ovejas no van a faltar nunca, pero se gestionarán a través de grandes explotaciones de 5.000 o 7.000 cabezas. El campo quedará cerrado de aquí a muy poco tiempo», lamenta.