Ideas para combatir el alto paro del 48% entre las personas con enfermedad mental

Ángeles Díez y Pablo Sanz, en la sede de El Puente./ V. V.
Ángeles Díez y Pablo Sanz, en la sede de El Puente. / V. V.

La asociación El Puente Salud Mental promovió durante el año pasado la contratación de 183 personas: 25 de ellas con su propio negocio

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Pablo Sanz (Valladolid, 1973) sabe que, al terminar la entrevista de trabajo, por muy bien que le haya salido, la negativa se acompaña de un pensamiento no siempre dicho en voz alta. «Cuando explico que tengo una discapacidad, que estoy diagnosticado de una enfermedad mental, me consideran un loco. Lo he llegado a escuchar de mucha gente: loco. Y eso les basta para negarme un trabajo».

Testimonio

Es el portazo habitual que sufren muchas personas con problemas de salud mental. La tasa de paro se sitúa en torno al 48%. La de ocupación apenas llega al 15%. «Son personas cualificadas, productivas, con valores... pero que tienen muy complicado el acceso al mercado laboral, sobre todo en una empresa normalizada», explica Daniel Cembrero, responsable de Empleo en El Puente Salud Mental.La entidad favoreció el año pasado la inserción de 183 personas (el 30% más que en 2017) y ayudó a 25 emprendedores a montar su negocio.

Ángeles Díez (Esguevillas de Esgueva, 1964)es orientadora laboral en El Puente. Ella vivió en primera persona las dificultades para encontrar un empleo. Titulada en Magisterio, con 18 años comenzó a manifestar problemas derivados de crisis de ansiedad, que se mostraban en taquicardias, temblores, sudores fríos, también la pérdida de conciencia. «Con 28 años, las empecé a presentar con mayor crudeza. Tienes la sensación de que te vas a morir, cuando no es así claro. Es sintomatología». Tuvo que pedir tres bajas en su trabajo («de duración larga, entre uno y cuatro meses»). Y conoció las dificultades del mercado laboral, sobre todo, por falta de conocimiento sobre la enfermedad mental.

«El estigma está ahí. Los empleadores tienen miedo. Dicen: 'A ver si me la prepara'. Y no hay nada más lejos de la realidad. La clave está en trabajar las capacidades de cada persona, facilitar los apoyos necesarios para una inserción laboral plena». Y eso, inciden, no afecta a cuestiones económicas ni a mayor desembolso. «Tiene que ver con la adaptación de horarios o flexibilidad en los descansos, con facilidades para acudir al médico (porque a veces la atención psiquiátrica es más larga que una mera consulta)... Supone atender a cada persona según sus necesidades», indica Díez, quien recuerda que existe la figura de técnicos de apoyo, que asesoran y acompañan a los empleadores, con acciones de sensibilización y promoción en las empresas.

«La clave es hallar la normalización y acabar con el gran desconocimiento que existe sobre la enfermedad mental. Hay que terminar con el miedo y las ideas equivocadas». El estigma. «No solo el social, sino también el propio. El autoestigma hace que el propio sufrimiento emocional sea aún mayor. El nivel de autoexigencia es muy elevado, se es extremadamente eficiente. Y si no se maneja bien, puede llevar a que el trabajo se convierta en algo personal».

«A mí me pasaba. Antes salía del trabajo y me lo llevaba a casa. Estaba todo el día con el runrún», asegura Pablo Sanz, quien explica que lo suyo («lo mío», dice él) «viene de lejos». «De pequeño me abandonaron en una casa de acogida. Con 11 años yo fui consciente de que algo me pasaba. De lo muy pequeño hacía algo gigantesco.Recuerdo una vez que se me partió un rotring. A mi padre le había costado mucho dinero comprarlo y yo lo había roto. Viví esa nimiedad como si se hubiera caído el mundo», asegura.

Años después llegaría el diagnóstico:trastorno límite de la personalidad, que «posiblemente venía de mi madre de acogida». Se licenció en Historia. «He tenido picos de felicidad extrema y luego momentos donde todo eran sombras. Mi mente iba del negro al blanco en un suspiro». Ese vaivén tumultuoso está controlado con la medicación. Pablo ha trabajado como administrativo en una empresa de transporte, como verificador de datos en una telefónica, como controlador de mantenimiento, como mozo de almacén, en una lavandería industrial...

«De joven tuve problemas en el trabajo. No soportaba cuando el jefe o un compañero me levantaba la voz. Mi cabeza hacía 'brum', me decía que no debía tolerar esas faltas de respeto, que si yo era respetuoso con los demás, ellos también deberían serlo conmigo». Recuerda que hubo momentos tensos en el empleo. Pero que esa situación está bajo control con apoyo y medicación. «No quiero que la gente me vea como un bicho raro porque no lo soy». Ahora trabaja por turnos en Ilunion Outsourcing, una empresa auxiliar de Renault, empleo conseguido a través de ElPuente, entidad que, asegura, le ha ayudado: «Entré aquí pensando que era un caso extraño. Pensaba que por qué mi mente era tan estúpida para hacer un mundo donde no había en realidad problema. Aquí le dan un sentido a tu enfermedad.Trabajas con psicólogos, psiquiatras y orientadores, ves que hay mucha gente a tu alrededor que te ayuda y le explica un porqué a tu enfermedad», dice Pablo.

«Ahora me veo lo más normal del mundo. Somos personas plenamente cualificadas para cualquier trabajo.Tenemos una discapacidad por enfermedad mental. Pero desarrollo perfectamente mi trabajo y lo demuestro cada día.Si no saco mi tarjeta, la gente ni se entera ni lo detecta», dice Pablo.