Un poeta callejero cambia versos por donativos en Valladolid

Rafael Ángel Barbero muestra varios de los folios con poesías que entrega a cambio de donativos. /V. V.
Rafael Ángel Barbero muestra varios de los folios con poesías que entrega a cambio de donativos. / V. V.

Rafael recorre el centro con una carpetilla llena de poesías que ofrece a las personas con las que se cruza en sus paseos

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

«¿Quieres una poesía?», ofrece Rafael en la plaza de Santa Cruz al peatón acelerado que camina con prisa. «Te cambio mis versos por un donativo», insiste el poeta a todo aquel que le quiera escuchar. Una rima por un euro. Dos estrofas por la voluntad. Rafael Ángel Barbero López es un aficionado a la poesía que reparte sus folios manuscritos entre aquellos que se destienen ante su petición. «Yo soy un hombre riquísimo, el problema es que no tengo dinero en el banco. Mi riqueza está en lo que siento, en lo que escribo, en lo que comparto con los demás», asegura Rafael, hijo de emigrantes.

Sus padres salieron de Burgos (de Ruyales del Agua y Solarana) rumbo a Alemania para labrarse un futuro. Allí nació él. Allí se crió. Allí comenzó su pasión por la poesía callejera. «Fue una idea que ya se me ocurrió en Berlín, escribir poemas y entregárselos a las personas que paseaban por la calle», explica.

Valía en alemán, pero la mayor parte estaban escritas en español, ideadas junto a compañeros como Manuel Trillo y José Luis del Olmo. Cuenta Rafael que la familia regresó a Burgos en los primeros años de su juventud. Que terminó el Bachillerato en el seminario San José (ahora es habitual verlo por el entorno de este colegio en Valladolid). Que luego se vino a orillas del Pisuerga para cursar Filosofía y Letras. Y que la inspiración nunca le abandonó.

«La vendo en forma de hojas. He escrito artículos, relatos, colaboraciones para revistas… pero donde estoy mejor es en la poesía». «Yo escribo, trabajo, pienso, discurro y luego pongo todo eso en el papel», asegura, siempre con un sobre marrón en las manos y, en su interior, una resma de folios con sus creaciones. Las plasma con bolígrafo. «Sobre todo el negro, porque es el opuesto al blanco del papel y las palabras destacan más», asegura un poeta que dice hallar inspiración en cualquier recodo de la vida. También en la política. «Pero, sobre todo, me empapo del futuro, de la esperanza… y del café. No de la leche, porque la leche me ha hecho mucho daño». De hecho, tiene unos versos dedicados a la cuestión. «Una vaca es un montón de mierda, ya lo sabes», dice una de sus creaciones.

–¿Significa algo?

–Que soy intolerante a la lactosa.

Cuenta que la mayor parte de los clientes son parejas. Ellos suelen comprar palabras para ellas. «No doy hojas a nadie», escribe en otro de sus folios. «Entro y nadie me encuentra…», pone en otro. «A veces no está claro lo que significa. Son frases con varios sentidos, para que la gente piense», indica. Si se lo pides, firma al final de sus escritos. «Las sopas y las coplas. Tu impaciencia siempre está en el límite de la imbecilidad». Suele llevar encima entre 14 y 17 creaciones a diario. Si hay suerte, las cambia por otras nuevas para el día siguiente.

«Escribir me cuesta poco, pero vender mucho», dice antes de volver a meter todas las hojas en el sobre marrón y continuar su camino rumbo a la Circular.

«¿Quieres una poesía?», ofrece de nuevo Rafael cuando camina por la calle de la Merced.