El padre biológico de Sara sostiene ante el jurado que Davinia «es incapaz de hacer daño a sus hijas»

Un momento de la declaración del padre de Sara. /Efe-Pool
Un momento de la declaración del padre de Sara. / Efe-Pool

Marinel, que estaba en Rumanía cuando la Policía le llamó para notificarle la muerte de la niña, exculpa a su expareja, que se enfrenta a la prisión permanente revisable por asesinato

M. J. Pascual
M. J. PASCUALValladolid

«Yo no sospeché de Davinia porque he convivido con ella siete años y la conozco bien: nunca ha pegado a las niñas delante de mi, nunca le haría daño a sus hijas. Es lo que yo creo», ha respondido el padre biológico de la niña Sara a la pregunta directa que le realizó el magistrado Feliciano Trebolle sobre si creía que su exmujer había matado a la pequeña. El testigo, que ejerce además la acusación particular por el crimen de la niña, exculpa a su exmujer del asesinato y concentra toda la imputación en la última pareja de la militar, Roberto Hernández, que se sienta en el banquillo junto a ella como presunto autor material y que se enfrenta, también con ella, a la prisión permanente revisable. Ambos son los primeros reos vallisoletanos para quienes se pide tal condena desde que entró en vigor.

El desarrollo del juicio

Se ha escuchado más de un sollozo esta mañana en la Audiencia de Valladolid. Una de los jurados no sabía como parar las lágrimas al escuchar el relato que Marinel Feraru fue desgranando, en perfecto castellano, sobre los recuerdos del último mes con su única hija, fallecida a los cuatro años de edad el 3 de agosto de 2017 en el Clínico de Valladolid, supuestamente por lesiones, maltrato continuado, violación y el último golpe brutal del 28 de julio, cuatro días antes. El padre, que estuvo rodeado durante toda su declaración por tres guardias civiles en previsión de incidentes con los acusados, se emocionó al recordar la impactante llamada que el dfía de autos, en torno a las 12:15 de la mañana, recibió de la Policía Nacional. «Perdone que le moleste, pero tenemos que comunicarle que su hija ha fallecido», le dijeron. Marinel o Mario, como también le llaman sus allegados, estaba entonces en Rumanía y también en la fecha del 11 de julio, cuando los facultativos del hospital Campo Grande vieron lesiones en la cara y el cuerpo de la menor «no compatibles con juegos de niños» que les aconsejó llamar a la Policía y ratificar la denuncia en el juzgado al día siguiente.

Coartada

Por eso, porque se encontraba en su país de origen desde el 8 de julio y su coartada pudo ser comprobada a través del rastro que dejó el móvil por los países por los que había pasado hasta llegar a su país de origen, fue descartado por los investigadores como sospechoso, aunque al principio estuvo en el punto de mira porque su expareja Davinia Muñoz hizo recaer las sospechas contra él al declararse víctima de violencia de género. Pero luego ella se desdijo y no quiso ratificar la denuncia contra él.

Marinel siempre ha mantenido que Davinia no asesinó a su hija Sara y así se lo ha dicho hoy al jurado, sin que en ningún momento de su declaración la mujer que un día fue su pareja y con la que tuvo a su única hija le mirara directamente a los ojos, el rostro vuelto de lado, mirando hacia su abogado defensor. Ambos se conocieron en diciembre de 2010 a través de una red social y un mes después se fueron a vivir juntos. Primero en Burgos, donde la militar estaba destinada y residía con su hija mayor y donde tuvo a la pequeña Sara. Más tarde regresaron a Valladolid y vivieron una temporada en la calle Soto, pero las condiciones de insalubridad del piso les llevaron a buscar otro, así que se mudaron «en 2015 o 2016» a la vivienda de Cardenal Torquemada, en la Rondilla.

Ambos se ocupaban del cuidado de las niñas, aunque solía ser él quien realizaba las tareas y les acompañaba al colegio hasta que su madre regresaba del trabajo en el Palacio Real. La relación entre ambos terminó el 14 de mayo de 2017 «porque Davinia conoció a otro hombre», Roberto Hernández. Pero Marinel no se marchó de la casa hasta el 16 de junio. Estuvo entrando y saliendo porque no tenía otro domicilio ni trabajo, tal es así que cuando el 30 de mayo Davinia le dice que tenía que irse de allí porque quería pasar la noche con su nuevo novio en la vivienda, le tuvo que dar dinero para pagar un hostal. Después regresó para el cumpleaños de la niña, el 1 de junio. Luego estuvo en Madrid una semana «buscando trabajo» y después volvió a Valladolid y estuvo pernoctando en el domicilio familiar hasta el día 16 de ese mes. Después de esa fecha, ha indicado el testigo, acudió allí en un para de ocasiones para asearse y ver «a sus hijas» cuando Roberto no estaba, pues estuvo incluso pernoctando en el coche de Davinia. Tenía las llaves de la casa y del vehículo.

El «vampiro»

Del 23 al 28 de junio estuvo con las niñas en Pedrajas, en la casa de la familia de la madre. Fue allí cuando se dio cuenta por primera vez que Sara tenía «algún moratón pequeño» y le preguntó a la hija mayor, quien le contestó que se lo había hecho jugando al escondite en casa y que sin querer le dio con la puerta. La segunda vez que apreció otro moratón en el brazo de la niña, esta le contestó que «se lo había hecho el vamplro, como llamaba a Roberto». De vuelta a Valladolid ese 28 de junio, asegura que fue la primera vez que coincidió con Roberto Hernández, que estaba en casa, y que apenas hablaron. Sí ha reconocido el testigo que depués de la muerte de la niña los tíos de Pedrajas le habían comentado que Roberto «le tenía mucha manía a los rumanos, pero a mí no me dijo nunca eso a la cara».

Davinia le dio dinero para que se alojara en otra parte y finalmente, el 7 de julio se despidió de ellas en la estación de autobuses, un momento que recordó como «doloroso porque me despedía de mi hija». Aunque inicialmente pensaba marcharse a Reino Unido, donde se le ubicaba en principio por las manifestaciones que realizó la acusada sobre su paradero, Marinel ha aclarado que esa era su idea inicial, pero que su hermano le dijo que tenía una semana de vacaciones y que era mejor que se vieran en Rumanía y así visitaban a la madre a quien hacía mucho tiempo que no veían. Mientras estuvo allí, Davinia le mantuvo informado por teléfono tanto de la denuncia del hospital Campo Grande como del gran golpe del 28 de julio, el que la niña tenía en la sien y que, según le comentó la madre, «se dio en el ojo con la mesilla y que le estaban tratando con antibiótico, pero que la niña estaba bien, que le había bajado la inflamación». Esas llamadas las realizaba Davinia desde su trabajo y no desde el móvil, porque «la otra persona (por Roberto) tenía una aplicación por la que podía controlarle los whatsapp, eso me dijo ella»

Eso fue lo último que supo de su única hija cuando todavía estaba viva. El 3 de agosto la Policía le notificó el fallecimiento y al día siguiente regresó a España para enterrar a la pequeña en Pedrajas.

El golpe de efecto de la octava jornada del juicio por el crimen de la niña Sara lo protagonizó Davinia, casi al término de la declaración de Marinel, cuando se estaba refiriendo a la relación que mantenían ambas hermanas, «que discutían entre ellas por los juguetes o la tablet y algunas veces la mayor pellizcaba a la pequeña». Los tres sollozos de la acusada, hasta entonces impasible, fueron muy sonoros, e incluso se echó hacia delante para ponerse en el foco de visión del testigo. El presidente del jurado, sin inmutarse, le animó al padre a continuar. «La mayor quería mucho a Sara, demasiado», aseguró