Mujeres vallisoletanas animan a aprovechar el «tirón» del 8-M para avanzar en igualdad

Yolanda Martín, Soledad Lozano, Ana Isabel Martín, Raquel Medina, Marisol Morais, Ángela de Miguel y Patricia Fernández. /RAMÓN GÓMEZ
Yolanda Martín, Soledad Lozano, Ana Isabel Martín, Raquel Medina, Marisol Morais, Ángela de Miguel y Patricia Fernández. / RAMÓN GÓMEZ

Consideran fundamental promover este principio desde la escuela y reclaman una corresponsabilidad en las tareas familiares

J. Asua
J. ASUAVALLADOLID

Ahora hay que evitar que se produzca el efecto suflé. Que la imagen de decenas de miles de mujeres en las calles españolas, que ha acaparado las portadas de los medios de aquí y de fuera, se desinfle con el paso de los días, hasta que la reivindicación de igualdad quede átona y vuelva a ocupar las colas de los telediarios. O solo los abra para marcar otra muesca en la terrible estadística de la violencia machista. «Hay que aprovechar el tirón», anima Ana Isabel Martín, operaria de Michelin y secretaria de Igualdad y Juventud de UGT. La jornada del 8 de marzo de 2018 ha marcado «un antes y un después» y la sensación entre las siete mujeres que ha convocado El Norte de Castilla para valorar la resaca de la marea femenina y feminista es, con sus matices, de satisfacción.

Marisol Morais, activista de la Coordinadora de Mujeres, muestra, con una amplia sonrisa, su orgullo por el que califica de «día histórico». Tantos años de lucha han dado su fruto. «Nos han unido a todas en un solo grito», resume. A ese clamor se han sumado desde abuelas a nietas, desde mujeres con alta cualificación profesional a trabajadoras rasas. Payas y también gitanas. Como Soledad Lozano, quien junto con sus compañeras, ha dado un paso al frente para decir que ellas también están ahí. «Queremos ser visibles y mejorar la vida de nuestras hijas y de las suyas», subraya esta ama de casa. Porque para las mujeres de esta etnia el camino todavía es mucho más complicado. «Estamos sembrando para luego recoger», advierte. En esa labor ya solo hay una dirección.

Queda trecho. Y cada una apunta diferentes sendas. Todas complementarias. «Independencia económica», remacha Patricia Fernández, catedrática y directora de la Escuela de Ingenieros de Telecomunicaciones de la UVA. Porque esa autonomía «es la puerta a otras libertades, un soporte importante frente al machismo», subraya. A ella se lo inculcó su madre, hija de mayo del 68, una generación que peleó por la igualdad en tiempos convulsos, con techos que por entonces no eran de cristal, sino de cemento armado.

Y ahí entra la educación. Ángela de Miguel, presidenta de la patronal vallisoletana, incide en un aspecto clave. Las denominadas titulaciones ‘stem’, esas que registran las mejores salidas laborales –ciencias, ingenierías, tecnología...– y, por lo tanto, salarios más altos, son mayoritariamente masculinas, mientras que las preferencias femeninas se mantienen en ramas como la Educación o la Enfermería. «Hay que incentivar esas vocaciones entre las jóvenes», propone la abogada como una de las fórmulas para reducir la brecha salarial.

Patricia Fernández asiente. Lo sabe de primera mano, porque esa «segmentación» ya se ha producido antes de llegar a la Universidad, en el Bachillerato, y se fragua en niveles inferiores. Raquel Medina, profesora de instituto y miembro del sindicato de enseñanza Stecyl, lo corrobora. «El trabajo por la igualdad en la escuela es básico», apuntala. Para reforzar este y otros aspectos. Como el de la corresponsabilidad del trabajo en el ámbito doméstico, una asignatura pendiente. «A mi marido me está costando meterle en vereda, porque no se trata de recibir una ayuda del hombre, sino de un reparto de tareas a medias, es una lucha diaria, pero mis hijos lo ven y ya lo transmiten», apunta Medina, quien destaca que desde el pasado jueves el concepto del feminismo ha perdido su «estigma» para considerarse como un valor positivo.

Vayamos al diccionario de la Real Academia Española. «Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre». La definición es clara, pero como destaca Yolanda Martín, empleada de Zara y responsable de Mujer en Comisiones Obreras, desde siempre ha sufrido «zancadillas». La muestra de fuerza en la calle debe servir, a su juicio, para que la Administración no solo tome nota. «La inspección de trabajo debe vigilar que los planes de igualdad se cumplen en las empresas, hay que incluir cláusulas en los convenios en su favor y en los órganos de dirección de los organismos y empresas públicas debe haber paridad», enumera, entre otras medidas.

Aquí hay visiones diferentes. La máxima responsable de la Confederación Vallisoletana de Empresarios considera que la vía del decreto, de la legislación, aunque importante, no es la única. Duda de que las «imposiciones» sean efectivas y aboga por importar algunas fórmulas con buenos resultados. Apunta a modelos de corresponsabilidad como los de los Países Bajos, donde las reducciones de jornada entre padre y madre para el cuidado de los hijos son iguales, al tiempo que defiende un cambio de horario para paliar jornadas «maratonianas» que impiden una conciliación igualitaria. Ángela de Miguel subraya, en el caso de los cargos directivos, que desde la CEOE se está «poniendo en valor los buenos resultados de los equipos diversos en sus consejos de administración. «Mejoran sus resultados y su eficiencia; eso es lo que hay que hacer ver, sin imposiciones», dice.

Sobre la mesa se expone la lacra más cruda. La violencia contra las mujeres y el acoso sexual. ¿Movimientos de denuncia como el Me Too, en Hollywood, y sucesos como el de la manada en San Fermín han podido influir en la masiva respuesta del 8-M? «Con el de los jugadores de la Arandina ha sido la gota que ha colmado el vaso», argumenta Marisol Morais, muy crítica con la posición de los medios de comunicación, a los que acusa de poner en cuestión a las mujeres víctimas de estas agresiones y mantener un lenguaje sexista, que perpetua la desigualdad. Tercia Raquel Medina para destacar que las denuncias de ahora son fruto de las reivindicaciones de antes, de un movimiento feminista que ha trabajado con tesón para que la mujer pierda el miedo y alce la voz.

En las fotografías del 8-M se reconocen muchos rostros jóvenes y eso motiva a Ana Isabel Martín en la pelea. Ella ha crecido con un padre que, desde siempre, compartió con su mujer el trabajo doméstico. Lo tiene interiorizado. Pero ver en la calle a chicas estudiantes marcando el paso de la igualdad le anima más de cara al futuro. «Estoy esperanzada y convencida de, aunque más despacio de lo que nos gustaría, la igualdad real se va a lograr, vamos dejando un reguero, aunque son fundamentales las políticas públicas», acota, poniendo e el acento, entre otras, en la necesaria dotación económica del Pacto de Estado contra la Violencia.

Pero aún hay más. Vamos, que queda mucho por hacer, pero quizá sea la maternidad otro de los aspectos que se deben analizar de inmediato. La catedrática Patricia Fernández apunta a la necesidad de aplicar permisos paternales individuales e intransferibles para que el progenitor se ocupe del hijo el mismo tiempo que la madre. Por su parte, Raquel Medina reclama que se corrijan las penalizaciones que sufren las mujeres en las cotizaciones de la Seguridad Social. Son medidas que ayer estaban en la calle.

¿Y ahora qué? A no tirar la toalla. El impulso de 8 de marzo de 2018 lleva una inercia imparable, según opina la gran mayoría de las convocadas. Ángela de Miguel habla de una «lluvia fina» que ya cala; Yolanda Martín insiste en que ha llegado de la hora de las políticas públicas efectivas que den respuesta al clamor de las mujeres y Soledad Lozano confía en que la valentía de las gitanas que se desmarcan hoy tenga recompensa para las generaciones futuras.

Desde abajo, desde la educación es desde donde se asienta en valor de la igualdad y la corresponsabilidad, insisten. En el colegio y en casa. Son realistas. El objetivo no se va lograr mañana, pero la senda está abierta y no habrá pasos atrás. El jueves quedó claro en todo el país.

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