El frustrado parador de Fuensaldaña

El Ayuntamiento cedió a la Diputación de Valladolid en 1969 el histórico castillo para rehabilitarlo como albergue de turismo; ocho años y 50 millones de pesetas después, fue destinado a actividades culturales

El castillo a principios del siglo XX, con la torre del homenaje aún sin reparar./DIPUTACIÓN PROVINCIAL
El castillo a principios del siglo XX, con la torre del homenaje aún sin reparar. / DIPUTACIÓN PROVINCIAL
ENRIQUE BERZAL

Era una de las mayores aspiraciones de Miguel Morante Barriga, alcalde de Fuensaldaña desde 1951, pero también de la mayoría de los vecinos: contar con los fondos suficientes para rehabilitar su imponente castillo y afianzarlo como principal reclamo turístico. Así lo hizo saber el mismo Morante en amplios reportajes publicados por El Norte de Castilla en los que, entre otras cosas, confesaba habérselo ofrecido a la Sección Femenina para convertirlo en su sede, al tiempo que insistía en la cantidad de personas que visitaban el pueblo solo para contemplarlo: «No hay día que no pase algún turista y se detenga. Y muchos en el buen tiempo vienen ex profeso», aseguraba en noviembre de 1956.

Comenzado a edificar en el siglo XIII, el castillo de Fuensaldaña fue objeto de diversas modificaciones hasta su culminación en el siglo XV como residencia señorial de la familia de los Vivero. Bien entrado el siglo XX, era uno de los castillos de la provincia que mejor había conservado su imponente traza original. Mucho tuvo que ver en ello la Dirección General de Bellas Artes, que, además de ampliar el tejado y restaurar un salón que estaba prácticamente destrozado, invirtió dos millones de pesetas en recuperar la torre del homenaje, que hasta mediados de los años sesenta se encontraba «en defectuosísimas condiciones». Aun así, todavía a la altura de enero de 1969, la fortaleza precisaba de otras actuaciones importantes, sobre todo en el patio de armas.

De ahí la alegría de los miembros de la Corporación cuando, hace ahora 50 años, recibieron el ofrecimiento de la Diputación Provincial de acogerse a las subvenciones del Ministerio de Información y Turismo para acometer la reforma integral del castillo y convertirlo en parador nacional de turismo. No tuvieron que pensarlo mucho: el 12 de enero de 1969, el Ayuntamiento de Fuensaldaña daba el plácet a dicha cesión, a cambio de acometer las obras necesarias y, ya de paso, realizar la completa red de abastecimiento y agua para el pueblo.

Quince días más tarde, el pleno de la institución provincial, presidido por José Luis Mosquera, aceptaba «la donación del castillo de Fuensaldaña hecha por el Ayuntamiento de dicha villa para la reconstrucción del mismo e instalar en él, en colaboración con el Ministerio de Información y Turismo, un parador con servicio de restaurante y bar», informaba El Norte de Castilla, para el que dicho castillo, «uno de los más bonitos de la península», podía llegar a ser «un espléndido parador de turismo».

Derribadas en 1971 las casas y otras edificaciones que circundaban la fortaleza, pues afeaban considerablemente los accesos, aquel año se aprobó la concesión de 16,7 millones de pesetas –de los que siete procedían de un crédito del Banco Hipotecario– para iniciar las obras de restauración, dirigidas por el arquitecto madrileño Valverde. A principios de 1972, ya con Pío Gómez Sanz al frente del Consistorio, se comenzó a trabajar en la pavimentación de la zona que lo circundaba, y meses después se hizo pública la adjudicación de las obras de hostería-restaurante a la firma Huarte.

La adaptación del castillo a su nuevo cometido como parador nacional de turismo incluía, tal y como informaba el decano de la prensa, un edificio de dos plantas adosado a la muralla del patio de armas, ocupando también las estancias de la torre del homenaje, así como un amplio porche con columnas de piedra que daría acceso a las dependencias de la planta baja. En esta última se encontrarían los salones, el comedor, el bar con bodega y otros servicios de restauración, mientras que la planta alta contaría con dormitorios, siete habitaciones dobles con baño y los dormitorios para el servicio. Un acceso desde la planta alta permitiría llegar a la torre del homenaje, en cuyas salas superiores se instalarían cuatro dormitorios muy amplios, dejando las inferiores para biblioteca y salón-museo.

Las obras para la hospedería, iniciadas en junio de 1973, estaban prácticamente terminadas en octubre del año siguiente. Tan es así, que en abril de 1975, el ministro de Información y Turismo, León Herrera Esteban, que visitó el castillo aprovechando la clausura de la XX Semana Internacional de Cine, no dudó en alabar el resultado de las actuaciones. Hasta 1977, estas se centraron en la decoración, mobiliario y dotaciones de utillaje y enseres para la hostelería. Los ocho años de actuación en la fortaleza exigieron una inversión de algo más de 50,2 millones de pesetas, de los que 37 fueron para obra civil y el resto, para equipamientos.

Malas expectativas

Ya entonces, sin embargo, las expectativas de ver a Fuensaldaña dentro de la Red de Paradores del Estado se habían diluido bastante. Es más, en enero de 1977, la institución provincial reconocía que la explotación del negocio habría de ser privada, pues, tal y como informaba El Norte de Castilla en su edición del día 11, «el Ministerio de Información y Turismo no ha dado grandes esperanzas sobre la inclusión del castillo en la Red Nacional de Paradores».

Y llevaba razón: diez meses más tarde, la Diputación, presidida por Basilio Sáez, anunciaba que el castillo de Fuensaldaña no sería parador de turismo ni escuela nacional de Hostelería, como muchos en el gremio deseaban, sino «Residencia hotelera» con 40 habitaciones. Sin embargo, los meses pasaban y no había manera de encontrar una empresa privada que pudiera hacerse cargo del servicio, y tampoco la Diputación era capaz de asumirlo. Todavía en agosto de 1978 se especulaba con destinar el edificio a actividades de tipo «gastronómico y cultural (…), pero con menús y vinos estrictamente castellanos».

En la primavera de 1979, una vez celebradas las primeras elecciones municipales democráticas, la institución provincial presidida por el centrista Federico Sáez Vera tomó el acuerdo de destinar el castillo a actividades de carácter cultural, como exposiciones, encuentros, reuniones científicas y simposios. De hecho, solo en el año 1982, según datos del propio Sáez Vera, la fortaleza estuvo 224 días abierta para actos de este tipo.

Aunque el sueño edilicio de convertir el castillo en parador nacional de turismo se había desvanecido, el futuro inmediato le deparaba novedades inesperadas. Así, en julio de 1983, previo acuerdo con la institución provincial, el recién estrenado gobierno autonómico lo escogía como sede provisional de las Cortes de Castilla y León, función que desempeñó hasta junio de 2007. En la actualidad, el castillo de Fuensaldaña ha vuelto a ser remozado para erigirse, según palabras del presidente de la Diputación, Jesús Julio Carnero, en punto de partida y referencia de la ruta de los castillos en la provincia, lo que incluye un ambicioso proyecto museístico con espacios destinados a exposiciones permanentes y otras temporales sobre las fortalezas en Valladolid, España y el resto del mundo.