Una tradición secular que ya no da miedo

Un momento del recorrido de los cabezudos por la Plaza Mayor./Rodrigo Jiménez
Un momento del recorrido de los cabezudos por la Plaza Mayor. / Rodrigo Jiménez

Treinta porteadores se disfrazan de ocho gigantes y otros tantos cabezudos para desfilar y bailar al son de las dulzainas y hacerse amigos de mayores y pequeños

Jesús Domínguez
JESÚS DOMÍNGUEZValladolid

Un niño toca un tambor a las puertas del Ayuntamiento. Otro más tímido entra de la mano de su madre, que le dice «tranquilo, que no te hacen nada». Aún no han comenzado el ritual y los bailes, así que no, no harán nada. No lo harán en todo caso. La tradición, procedente de la Edad Media, ha cambiado, como cuenta Álvaro Vargas, uno de los gigantes. Entonces ellos y los cabezudos «se concibieron para dar miedo». Ahora la idea es «hacer un espectáculo más familiar» y que esos pequeños temerosos los sientan cercanos.

Unas fiestas no se conciben sin ellos, aunque a los más tímidos les pese. Aunque con los años el temor pasa, se deja invadir por la curiosidad hasta la normalidad. Y con los hijos el interés por ellos vuelve a aparecer; por eso tantos papás llevan a los suyos a verlos mientras están expuestas estas obras -los gigantes, septuagenarios- y para acompañarlos en sus danzas al son de las dulzainas castellanas. Cosas de estos nuevos tiempos: muchos inmortalizan su salida en dirección a la plaza del día con sus teléfonos móviles. Así ha cambiado la tradición, del recogimiento que se buscaba en su concepción a la exposición tan propia de estos días. Bendito problema, claro.

Los portadores de las imágenes.
Los portadores de las imágenes. / Rodrigo Jiménez

«Ilusiona ver esa expectación. Mucha gente coge el programa y lo primero que hace es buscar si ha cambiado algo de los gigantes y cabezudos, si hay alguna plaza nueva, si ha cambiado el horario o pueden ir… Tenemos nuestro público, muy fiel y agradecido», reconoce Álvaro Vargas, que cumple estas fiestas trece años portando uno de los ocho gigantes de que dispone el Ayuntamiento de Valladolid. «Es la segunda remesa, tienen más de 70 años. Representan los continentes: los moros a África, los chinos a Asia, los indios a América y los reyes a Europa, haciendo un guiño a los Reyes Católicos», explica sobre estas construcciones de madera, de unos 40 o 50 kilos de peso, dependiendo de la capa que vistan, y que solo superan los cuatro metros cuando cobran vida con uno de sus dos responsables (mientras uno va dentro, el otro le guía desde fuera y le releva cuando la fatiga aparece sobre los hombros).

Esa identificación es semejante en el caso de los cabezudos, histórica por el chino y el indio, así como por la niña y el niño, que se identifican con los maceros del Ayuntamiento. Los otros cuatro, la vieja, el torero, el pirata y el bandolero, se les sumaron en los años 80. Suelen ir portados por mujeres, aunque no solo; también los chicos pueden. De igual forma, también las chicas pueden llevar los gigantes -no sería la primera vez-, aunque debido a su peso no suele ser así. En total, en la actualidad, el grupo de porteadores lo componen unas 30 personas, 5 nuevas en las fiestas de este 2019 y otros 'históricos', que llevan un cuarto de siglo. Para Álvaro Vargas es su decimotercer año: «Es algo que al que le prueba le engancha. Es muy vistoso y una forma de participar en una tradición que en otros sitios como en Valencia, el País Vasco o Navarra, está muy valorada, con desfiles muy engolados e importantes. Entre nuestros porteadores hay incluso gente que ha hecho su propia réplica».

Representación de todos los continentes.
Representación de todos los continentes. / Rodrigo Jiménez

Las que pertenecen al Consistorio a veces asustan, pero no es la intención, sino al contrario. El tamaño de los gigantes, variable en función de la altura a la que se encuentran los bastidores que cargan el peso sobre los hombros de los portadores, pueden comprobarlo los niños más intrépidos cuando están expuestos. De igual forma, para espantar los temores se pueden poner las figuras que representan a los cabezudos. Y cuando estos bailan, lo hacen saludando a pequeños y mayores, buscando el compadreo y la amistad. Y al acabar el desfile ponen en liza la coreografía más bonita o complicada de las que conocen -porque sí, tiene sus complicaciones: prueben a bailar con una silla sobre los hombros-, que ponen a prueba las destrezas de nuevos y veteranos. «Lo que complica el baile no es solo el peso y la fuerza, sino el equilibrio y la visión que tenemos», dice Álvaro Vargas.