El secreto siempre está en los ojos

Pirot dibuja una caricatura. / Henar Sastre

'Caricaturas por sonrisas' busca un retrato personal desde otra perspectiva

LUCÍA CARRERA

Quién no se ha preguntado alguna vez cómo le ven los demás, si ese lunar en la frente o esa nariz respingona la percibe el resto del mundo como cada mañana refleja el espejo. Esta semana, desde ayer y hasta el día 7, la Acera de Recoletos es testigo de cómo siete caricaturistas, la mayoría de ellos de la Asociación Eclipse, se prestan, sin coste, a dibujar las caras de todo el que quiera verse desde otra perspectiva.

Ayer, primer día de este evento, se formaron colas de decenas de personas que amenizaban la espera con helados, botellas de agua o sandías. Los que más se animaban eran los pequeños de la casa, aunque también había algún mayor entusiasmado por ser retratado, como Miguel Ángel González, «vallisoletano de toda la vida», que explicó, entre risas: «Tengo una cara difícil y quiero ver qué hacen con ella».

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Cada caricaturista tiene un estilo diferente, algunos dibujan con rotuladores, otros con carboncillo, en blanco y negro o a color, hay caricaturas divertidas y, también, algún dibujante que se anima con el realismo puro, pero casi todos coinciden en lo mismo: el secreto está en los ojos del dibujado. Pirot, uno de los retratistas que estará estos días por la acera, asegura que «la mirada es lo que más información da de una persona», y es lo primero que tiene en cuenta antes de empezar a crear. Para él «lo importante es hacer sonreír con el resultado». Andy, por su parte, explicaba que «siempre hay algo que caracteriza a cada persona, enseguida veo qué es y sigo por ahí».

Es el sexto año que, durante la semana de ferias, se desarrolla esta iniciativa con el lema 'Caricaturas por sonrisas'. Aunque «da un poco de vértigo, ya que te expones a la crítica», como explicaba Carlos Retortillo, otro de los retratistas, se trata de «pasar un rato divertido y hacer feliz a los demás».

Todos parecían satisfechos con el resultado. Sofía Gento, una niña de ocho años, estaba contenta porque «me parezco», aunque «no mucho en los ojos». Y es que, al final, el secreto está en los ojos, pero también del que mira.

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