Esteban Beltrán: «En derechos humanos los milagros no existen»

Esteban Beltrán, presidente de Amnistía Internacional España. /L. TEJIDO-EFE
Esteban Beltrán, presidente de Amnistía Internacional España. / L. TEJIDO-EFE

El presidente de Amnistía Interancional España presenta en Valladolid su libro 'La jodida intensidad de vivir'

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

«Este libro nunca pensó ser un libro», desvela Esteban Beltrán, quien hasta ahora se había asomado a los titulares como presidente de Amnistía Internacional España. Ahora también lo hace como poeta, como escritor. Vaso Roto Ediciones publica 'La jodida intensidad de vivir', que este miércoles (19:00 horas) se presenta en la Librería Margen de Valladolid.

–¿Cuál fue el impulso que hizo que este libro llegara?

–Fue una época muy determinada de mi vida. Lo pensé como una forma de hacerme la ilusión de que me manejaba en el caos que tenía en ese momento. Momentos difíciles. Lo escribí y lo deposité en un cajón. Mi sorpresa fue que luego, por una serie de circunstancias, se convirtió en un libro.Pero nunca lo fue. Fue escrito de madrugada, sin más pretensión que entenderme a mi mismo y se ha convertido ahora en algo compartido.

–Hay versos, prosa...

–Este libro fue escrito mientras ocurrían las cosas. Hay una cierta evolución en el libro. Hay una parte muy torrencial al principio para hacerse cada vez más reflexiva. Los versos son más largos al princpio, más cortos al final. En el fondo, es la historia de una vida en tres años. Y hubo un año entero, del que también reflexiono en el libro, en que me descubrí como jardinero minimalista, intentando corregir el libro. Me pasé un año entero corrigiéndolo, con la idea de que menos es más, con la búsqueda de la autenticidad, intentando quitar toda hojarasca, toda palabra que sobrara, hasta encontrar el hueso de la emoción, del sentimiento, de la reflexión.

–Alguien que ha denunciado tanto las miserias de la sociedad, al final tropieza con las más íntimas.

–La autenticidad tiene eso.Si eres honesto en la escritura, descubres las grandezas y las miserias de todo ser humano. Hay un escritor uruguayo, Mario Levrero, que habla de que hay que escribir jugándose la vida interior. Es como yo lo siento.La literatura que me gusta y como intento escribir es así. No hay red. No hay escapatoria. Ve al fondo de ti mismo. Excava lo que tengas que excavar y encuentra lo que tengas que encontrar, sea grandioso o miserable.

–Eso es lo que conecta con el lector.

–Creo que sí. ¿Quién no ha vivido la muerte de alguien muy importante en su vida, la agonía de un ser querido, la esperanza, el olvido, la indignación? Son sentimientos muy fuertes que en el libro se permean. Por eso ya el título avisa:'La jodida intensidad de vivir'. No hay engaño. Quien se mete en el libro, no tiene escapatoria, se encuentra consigo mismo.

–¿Lo jodido es vivir o hacerlo con intensidad?

–Lo jodido es vivir. La intensidad es muy subjetiva. Siempre pienso en la película 'Paterson', que habla de un conductor de autobús, con una vida muy rutinaria, que escribe versos en las paradas. La intensidad no depende de la novedad, sino de la forma en la que uno vive. Vidas aparentemente rutinarias se convierten en volcanes. Depende de tu nivel de intensidad para conocerte y ser capaz de lidiar contigo mismo. Yo tengo una vida llena de viajes, de trabajar con verdugos y víctimas. Pero puede ser una vida de otro tipo y la cosa es jodida en cualquier caso. La muerte, el amor, la locura, el suicidio, el olvido o la esperanza forman parte de cualquier vida.

–Hay versos en el libro que parecen ir más allá de lo íntimo y enlazan con su vertiente pública. Se pregunta:«¿Por qué la esperanza es tan constante como la muerte?»

–Está la esperanza, en el fondo, de cambiar las cosas. La esperanza es el sentimiento que mueve a cualquier persona con la intención de cambiar su propia vida o la de los otros. La esperanza, si la unimos a la indignación, son dos gasolinas muy importantes para cambiar la vida.

–Luego dice: «La memoria, sin la gasolina de la rabia, no es más que un mausoleo de recuerdos».

–¡Claro! La memoria no es un lugar plácido. Todo lo que tiene que ver con verdad, justicia y reparación de crímenes internacionales, aquí o en Camboya. La memoria necesita tener verdad, justicia y reconocimiento. Si no, si tu abuelo sigue en las cunetas, si no logras conocer lo que ocurrió, eso alimenta tu rabia.Puedes tener 90 años y seguir con una rabia muy intensa si no se avanza en verdad, justicia y reparación. En España llevamos 40 años de retraso. Desde 1975, cuando muere Franco, hasta 2010 ha habido 45 comisiones de verdad en todo el mundo. Oficiales Yaquí, a medida que avanza la democracia, han avanzado también los obstáculos para las víctimas de la dictadura. Es una paradoja. Ahora tenemos más posibilidad de que avance, pero es una asignatura pendiente.

–Escribe en el libro: «Cada vez hay menos tiempo para la próxima vez».

–Esa es una reflexión sobre la edad. Y no tiene que ver solo con lo íntimo, sino también desde un punto de social. Por ejemlpo, las personas dependientes, que no tienen la posiblidad de tener cuidados de otras personas. Y tiene también que ver con esos defensores de derechos humanos que son amenazados varias veces y uno nunca sabe si la próxima vez ya no será una amenaza sio una consecuencia, por defender los derechos humanos en Ruisa o en Turquía.

–Más: «Los milagros a veces ocurren y arrinconan la miseria hasta reciclarla».

–Los milagros en el ámbito de derechos humanos no ocurren, requieren mucho trabajo. Los grandes avances de la humanidad en materia de derechos humanos, la reducción de la pena de muerte (casi 142 países la han abolido), los tribunales internacionales que juzgan a criminales de Estado en todo el mundo, la liberación de presos de conciencia, lograr que se regule el comercio de armas... No son milagros. Eso es un trabajo de una buena parte de la sociedad civil, igual que ocurrió con la abolición de la esclavitud. En el ámbito íntimo ocurren los milagros; en el de los derechos humanos, son producto de un esfuerzo sostenido.

–«Nos encaminamos hacia un futuro a la intemperie de nosotros mismos».

–Esto es algo muy preocupante. Siempre hubo un futuro incierto. Un futuro sometido a vaivenes de derechos humanos. Pero desde la Segunda Guerra Mundial nunca había habido gobiernos democráticos, por elección popular, que cuestionaran por primera vez el concepto de que todos seres humanos somos libres e iguales. Este concepto, que ya los nazis aplicaban a lo humano y lo infrahumano, el hecho de demonizar al otro, de pensar que el otro tiene menos derechos que tú aunque sea el mismo ser humano no se había planteado hasta hace unos años, con los gobiernos de Turquíña, de Hungría, de Filipinas. El cumplimiento de los derechos humanos hace sociedades más igualitarias. Todo eso está en riesgo.Sin derechos humanos tenemos un futuro a la intemperie. Seguro. Los países donde más respeto hay a los derechos humanos, los países nórdicos de Europa, son los países donde los derechos humanos se respetan más. El respeto de los derechos humanos otorga estabilidad.

–Amnistía Internacional cumple en este 2018 cuarenta años en España. ¿En qué aspectos se ha avanzado y cuáles están hoy amenazados?

–Obviamente en España estamos mejor que hace 40 años. Pero estamos peor que hace diez, salvo en lo que se refiere al País Vasco: cuando ETAdeja de matar, la gente deja de mirar debajo del coche, deja de estar pendiente de la nuca por si le pegan un tiro. Ese es un cambio muy importante. Pero hay un retroceso también en los últimos diez años.

–Por ejemplo.

–Hay una crisis económica que se prolonga. En el segundo trimestre de 2018 hubo un aumento del 33%de gente desahuciada por el alquiler. Hablamos de un sistema de salud que desde el año 2007 se ha deteriorado, con mucha más gente en listas de esperas interminables. El copago farmacéutico a pensionistas hace que muchos tengan que elegir entre comprar un medicamento o comer. Hemos visto cómo la liberta de expresión en los últimos tres o cuatro años se ha deteriorado. En los últimos dos años ha habido casi 73.000 sanciones por libertad de expresión. Hemos visto que el enaltecimiento del terrorismo se utiliza como una forma de reprimir esa libertad. Cuando ETA dejó de matar, había una persona condenada por enaltecimiento del terrorismo. Ahora estamos hablando de ochenta y tantas. Por lo tanto, lo que tiene que ver con libertad de expresión, vivienda, salud... vive un retroceso. Y obviamente, también todo lo relacionado con el peligro de demonizar a la inmigración y a los refugiados. Eso es lo más preocupante.

–Ante todo eso, ¿qué puede hacer la poesía?

–La poesía, poco. Admiro a los poetas sociales. A Fruela Fernández, a Blas de Otero, Gabriel Celaya... Yo tengo una vida doble. Un doctor Jeckyll que por las mañanas trabaja para identificar verdugos y en lo posible hacer un mundo mejor. Y tengo un mister Hyde por las noches con el que intento dominar mis fantasmas interiores. No logro conectar una poesía íntima con la vertiente social. Entiendo que hay una parte de la poesía que puede contribuir a esto. Pero hay una barrera que yo no logro superar.